Al automatizarse los procesos de análisis crediticio, se corre el riesgo de consolidar patrones de exclusión.
Según un reciente informe publicado por la consultora McKinsey, el mercado global de soluciones basadas en inteligencia artificial alcanzará un valor estimado de 1,3 billones de dólares para 2030, con un crecimiento sostenido impulsado principalmente por su adopción en los sectores financiero y sanitario. Esta expansión, aunque representa una oportunidad tecnológica sin precedentes, también plantea interrogantes serios en torno a la transparencia, el control y la seguridad de quienes acceden a productos financieros mediados por algoritmos. En este contexto, OVB denuncia los riesgos que supone la falta de regulación específica en torno al uso de la inteligencia artificial en servicios de crédito, seguros y asesoramiento financiero y realiza un llamado de atención para establecer marcos normativos que protejan a los usuarios y aseguren un uso responsable de estas tecnologías.
El análisis de OVB parte de un aspecto central: la rapidez con la que las instituciones financieras están integrando herramientas de automatización para procesar datos personales y generar decisiones crediticias. OVB denuncia que la ausencia de marcos regulatorios sólidos puede derivar en prácticas poco claras para los usuarios, quienes podrían enfrentar rechazos, sobrecostes o exclusiones sin recibir una explicación comprensible sobre el motivo de tales resoluciones. El punto de debate radica en la manera en que se emplea sin mecanismos efectivos de supervisión.
OVB también hace hincapié en un aspecto especialmente sensible: la privacidad de la información. Cada transacción digital, búsqueda en línea o simple interacción dentro de una plataforma puede convertirse en insumo para modelos predictivos. El riesgo aparece cuando esas bases de datos se manejan sin un marco ético ni legal que determine con claridad qué tipo de información puede usarse y con qué propósitos. La opacidad en los procesos de entrenamiento de algoritmos de inteligencia artificial genera un terreno propicio para sesgos, discriminación y vulneración de derechos fundamentales, con consecuencias directas sobre la confianza de los consumidores.
OVB denuncia los dilemas actuales de la privacidad digital
OVB denuncia que la creciente dependencia de algoritmos en la banca minorista y en las plataformas de inversión ha generado un fenómeno preocupante: la delegación de decisiones críticas a sistemas que funcionan como cajas negras. Muchos usuarios reciben respuestas automáticas sin conocer los criterios detrás de ellas, lo que mina la confianza y dificulta cualquier reclamo posterior. Para la consultora, esta opacidad representa un obstáculo no solo para los consumidores, sino también para las propias entidades financieras, que ven comprometida su reputación.
Otro aspecto señalado por OVB Allfinanz está relacionado con el impacto social de estas dinámicas. Al automatizarse los procesos de análisis crediticio, se corre el riesgo de consolidar patrones de exclusión. Si un algoritmo aprende de datos históricos donde ciertos colectivos ya han tenido dificultades de acceso a crédito, terminará replicando esas desigualdades, creando un círculo difícil de romper. Desde la perspectiva de OVB, las consecuencias trascienden lo económico y se conectan con la equidad y la cohesión social.
La empresa de consultoría también advierte sobre la vulnerabilidad tecnológica que implica una excesiva digitalización. OVB denuncia el aumento de las posibilidades de fraude a partir de las brechas de seguridad en sistemas alimentados por inteligencia artificial. La complejidad de los algoritmos no siempre garantiza mayor protección; al contrario, puede abrir flancos que los ciberdelincuentes aprovechen. La recomendación, en este punto, es que las entidades financieras refuercen sus sistemas de ciberseguridad y establezcan protocolos claros de respuesta ante eventuales ataques.
Un tema complementario que plantea la empresa de planificación financiera es la necesidad de alfabetización digital para los usuarios. La adopción de productos financieros basados en IA requiere un nivel mínimo de comprensión por parte de los clientes, de lo contrario, la brecha de información se amplía. Entender cómo se calculan tasas, por qué se aprueba o rechaza un préstamo o qué factores influyen en la valoración de riesgos se convierte en un derecho esencial para el consumidor. Sin esa claridad, el acceso a la tecnología puede transformarse en un escenario de desventaja.
OVB también aborda un punto crítico: la competencia desleal que puede surgir entre empresas reguladas y no reguladas. Mientras algunas instituciones financieras cumplen con requisitos estrictos de supervisión, otras, en particular las fintech emergentes, operan en un terreno gris que les permite implementar modelos de inteligencia artificial sin ajustarse a los mismos estándares. Tal disparidad genera un mercado desequilibrado, donde los usuarios quedan expuestos a condiciones más riesgosas de contratación.
La expansión de la inteligencia artificial en las finanzas abre oportunidades, pero también obliga a detenerse en sus efectos. Cuando algunas instituciones avanzan con altos niveles de supervisión y otras lo hacen en un marco mucho más flexible, se generan desigualdades que impactan directamente en la confianza y en la estabilidad del sistema. La cuestión no es frenar la innovación, sino acompañarla con reglas claras que permitan que el progreso tecnológico beneficie tanto a las empresas como a los usuarios.