El reiterado rito de escuchar a los Strauss en la bombonera del Musikverein me hace sentir nostalgia de zapatillas de punta y violines que gimen como gatos en celo. No tuve la oportunidad de estudiar música y la disfruto siempre admirada de la exquisita educación ceremoniosa de los intérpretes. Es la etiqueta del ejecutante, el protocolo del director que se posa frente a la orquesta, el gesto contenido, la pequeña broma que adorna el ritual. Un ritual que este año ha roto con estrépito un director de orquesta pelirrojo, riguroso y genial que se entrega a la música cambiando la corbata tiesa por un broche magnífico que reluce, azul y estafalario como esas uñas pintadas de grandes anillos. Atónitos, nos dejamos mecer por su entrega frente a unos músicos que no necesitan conductor y que siguen sin tener, en este concierto frente a los poderosos de la tierra y los espectadores de a pie, una mujer a cargo de la batuta. La mujer puede empuñar por fin el instrumento, pero no la dirección, aunque nos aproximamos a la realidad del momento: nuestro Yanick Nézet-Séguin tiene cincuenta años, es un jovenzuelo que no solo se presta a la broma con el galop del tren, sino que incluye una compositora negra y norteamericana de dulce swing, Florence Price y que ya lanzado, se baja del atril para dirigir al público volviendo loco al matemático cámara que asiste, como el resto del mundo, a la ruptura de la cuidadosa etiqueta. Esa que se acaba de morir del susto cuando este francocanadiense atrevido, que ha puesto a su marido entre los músicos, le besa en un hombro, dónde mejor besar a un violinista.
El mundo asomado a las redes o se rasga las vestiduras y las partituras o busca afanosamente a este artista privilegiado, atrevido, alegre, libre de toda atadura que nos ha hecho soñar con la libertad y la rosa de los Strauss, con el tren de la modernidad y la compositora liberada. Claro que la alegría nos dura poco, entre los muertos de la ignominia y la torpeza en un bar de la siempre tranquila Suiza y la fanfarria para mentira y orquesta con solista invitado, el entusiasmo por el gesto valiente y decidido de Nézet-Séguin desaparece de nuestra memoria. Su alegría desbordante, su rigor, su mano diestra aunque ante los ortodoxos, asquerosamente pintada, es un recuerdo del pasado. Ahora nos mira la vergüenza de un dignatario dueño del discurso más básico, agresivo, prepotente, plano y pobre que parece haber hecho un trato con el otro mastuerzo para repartirse la bolsa de chuches en el recreo. Y todo en el salón vergonzante de nuevo rico, como si la política fuera ahora cosa de recién llegados aficionados al dorado, a la mujer florero, a la ignorancia, al coro de descerebrados que le ríen la gracia del abuso.
Nos duró poco la alegría de la música, de la libertad, de la entrega, del amor al ritmo de la marcha que nos iguala a todos. El Danubio no es azul, como el Sena, atraviesa la ciudad, sucio de lodo, contaminado de todas nuestras vergüenzas. Azul el cielo que surcan las manos de este director de orquesta magistral que nos ha reconciliado con los tiempos de la barbarie, zafiro que sustituye la corbata del dignatario que, por mucho que le ponga su nombre a todo, pasará a la historia de la infamia, de la histeria, de la barbarie.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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