La sombra usó la filosofía alemana para aparecer.
Introito
El suceso tiene una locación exacta y una hora. Si cambiamos la sustancia del acontecimiento —nunca de la mala fe—, lo haremos para dotar de claridad un evento de por sí oscuro. Nuestros biógrafos han querido ver en la historia un testimonio corrupto de publicaciones más experimentadas. Nosotros creemos, sin embargo, que les resta leer lo que todavía estamos por escribir, para formar un criterio más apegado a la verdad.
Contemplación
El recuerdo más vivo que tenemos de haber prestado atención a las sombras, exceptuando el imperecedero recuerdo de un teatro de sombras, en el Ágora de la Atenas Veracruzana, México, por aquellos años cuando yo no comenzaba a disponer aún del ahora malgastado uso de razón, es el de un libro del filólogo alemán Friedrich Nietzsche, El viajero y su sombra. Por aquellos primeros años del siglo corriente, instalado en el ático de una casa con un jardín frondoso, que todavía se mantiene en pie, aunque su aspecto dista del ornamento que exhibía entonces, apuré las páginas del libro, sin prestar atención al gramaje del papel, ni a los hierros dorados del lomo, perdiéndome en locaciones imaginarias, recogidas de las estampas de otros libros, con Münster, Bonn, Fráncfort, Rocken, Canterbury.
Debido a lo que más tarde conocería en el mundo de la traducción como el desplazamiento hermenéutico, de George Steiner, en aquel entonces latía un gusto natural por la identificación personal con los personajes de las historias. Antes del libro de F. Nietzsche, el mecanismo psicológico me había llevado a experimentar el miedo de Sandokán, la soledad de Mowgli, la ambición de Aladino; incluso, tiempo después, con la familia Karamázov, había sentido el significado de ocultar la verdad.
Con las páginas del poeta alemán, Nietzsche, sucedía algo diferente en el ático: si bien la locación copiaba estampas leídas en otros libros de Marlowe o Goethe —queremos decir, Fausto—, la aventura intelectual sucedía a nivel del espíritu: no existían aún palabras para referir lo apreciado, o sentido. A decir verdad, hoy día los recuerdos que conservo con mayor fidelidad impresos en las pupilas de los ojos del alma no son tanto las conversaciones y aforismos del caminante alemán, como las circunstancias que rodearon la lectura del libro, en aquel ático1. Años más tarde, en Salamanca, España, tuve ocasión de conversar con un estudiante alemán de Maestría en Filosofía T. Bischoff. Muy cultivado en el campo de la lingüística, mi amigo no tuvo inconveniente en hablarme sobre lo que representaba para él la idea del caminante y la oscuridad del alma, con base en el análisis de unas palabras específicas. Agregó conceptos de Así habló Zaratustra, y los comparó con otro autor —¿autora?— que he olvidado por completo. Yo cité Aurora y El origen de la tragedia, solo por no quedarme callado. Él entendió la situación.
Hoy puedo entender, tal vez, la línea de pensamiento que impide que ciertos libros caigan en manos de ciertas personas. Para las y los avezados en la materia, el acto de censura puede resumirse en la palabra clave Índice de libros prohibidos, de la Inquisición, que Cervantes Saavedra, M. (1605) estudió en su publicación El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, citada —incluso plagiada—, desde entonces hasta ahora2. Así, vemos al joven aquel en el ático, con guijarros y escarabajos en el bolsillo, abrir los ojos como platos ante la conversación del pensador alemán y su sombra. Lo que el lector no podía entender con su inteligencia en ciernes, los susurraban las copas de los árboles estremecidas por el viento.
Una sombra
El evento que detonó el recuerdo de esas imágenes tuvo lugar ayer viernes. Caminábamos a la parada del transporte universitario, para ir de un campus a otro. Iban a dar las 9 a. m. El día anterior, como si hubieran sido los efectos especiales de un bar fotogénico, o una ingeniería de las ficciones caballerescas del siglo XVI, había caído nieve el primero de enero de 2026. Caminábamos a la parada del autobús. Enfrente, venía caminando una joven, que podría haber sido nuestra hija. Se aproximó hasta que, antes de pasarnos, pisamos su sombra, a la altura de la cabeza. Escuchamos las copas de los árboles de aquella tarde cuando leímos a Nietzsche, la escuchamos a ella, sentida por nuestra falta de tacto.
En el reino natural, como ignoran quienes han leído a Frazer, Graves, de la Peña, ni Garibay Kintana, existe una correlación simbólica con referentes culturales de las civilizaciones. Solo por citar un caso, probablemente el más cercano a nosotros en China, podríamos traer a colación el dragón, tan temido en Occidente, más si tiene el hierro 666 en la frente; en tanto que ese mismo dragón, con el mismo dígito 666 colgado en un collar de oro, no representaría nada de lo que nosotros alejaríamos con el signo de la cruz y agua bendita, sino todo lo contrario: no cabe signo de mejores auspicios en Oriente, con un grano de sal en el caso presente debido a la cifra 666, que representa la gracia, lo festivo, la empatía. Pero más allá de las diferencias simbólicas acuñadas por las culturas, aquí abogamos por una trascendencia intelectual-espiritual, detonada por la percepción sensible de eventos de la naturaleza, como el referido: la sombra de la cabeza pisada al pasar al lado de otra persona.
Cuando caminamos por parajes como Nanjing, todavía con las hojas de otoño dispersas entre bolardos, pilones, calzadas, eras, tiestos, vemos que incluso una sola de esas hojas no puede resultar ajena a la existencia: con el viento, produce un crujido al arrastrarse por el suelo; vuela y, al caer, produce un sonido. Las y los niños la recogen para examinarla de cerca. Si esos objetos insignificantes, pensamos nosotros, cobran belleza, cuánto más, o cuánto menos, no cobrará alguna suerte de verdad el artificio que para bien o mal podremos construir con la máquina del intelecto, aparejada a la memoria y voluntad. La identificación del niño con las historias que lee no queda en un reino fantástico, ajeno a la realidad: esa imaginación nutrirá la ficción que el joven y adulto llevará a la realidad. Aquel niño en el ático ignoraba que éramos nosotros, en la columna salmantina, quienes poníamos los escarabajos y guijarros en su bolsillo.
Epílogo
Hoy hemos hablado de una sombra. También hemos visto a un niño en un ático leyendo a Nietzsche. Hemos pensado en las circunstancias que rodean a los eventos. En la literatura de reformadores intelectuales, como Manuel García Morente, esas circunstancias dejan una impronta indeleble: por ese motivo, se suele referir la hora exacta, el lugar preciso, donde ocurrió el hecho extraordinario. Allá en Salamanca, con Tellechea Idígoras (2000), en El pájaro extraño, vimos que tanto el soplo del viento como el silencio cobran vida y comunican un sentido no callado. La sombra usó la filosofía alemana para aparecer.
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1. Nota de un biógrafo del autor de la columna: la idea de referir con mayor énfasis las circunstancias en que ocurre la lectura, o la apreciación de una obra, en lugar de ahondar en el aspecto material o inmaterial del objeto artístico, Torres Rechy, J. A. (2025) la reflejó en una entrada de su blog de la cuenta pública de WeChat, sobre la película coreana Sleep. Los pasajeros a bordo del avión, sentados a su lado, seguían con la misma intensidad y fascinación la trama de la pantalla. Fingían no ver la película de su asiento, pero bastaba mirarlos con el rabillo del ojo para dejar constancia de su interés en el filme espiritual.
2. Nota de Torres Rechy: entre los detractores contemporáneos —aquí detracción no implica necesariamente rechazo—, citamos a Borges J. L. (1944), con «Pierre Menard, autor del Quijote», quien parece atribuir al azar el mérito retirado de la pluma de Cervantes; también podríamos citar a Cátedra, P. M. (2007), con el Sueño caballeresco, pero el argumento para sostener la nota a pie lo hemos olvidado.
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