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Blandamente cultos
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Blandamente cultos

Actualizado 02/01/2026 08:00

“…que lo que fue en tu edad dorada / oro, lirio, clavel, cristal luciente / no sólo en plata o vïola troncada / se vuelva, mas tú y ello, juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. LUIS DE GÓNGORA.

En los últimos años, el panorama cultural se ha ido llenando de obras que se presentan como valientes, rompedoras o profundamente contemporáneas, pero que, en realidad, apenas trascienden el perímetro emocional de quien las firma. Publicaciones, exposiciones, instalaciones y eventos de todo tipo se articulan en torno a experiencias personalísimas, a veces incluso confesionales, que no aspiran a dialogar con nadie más allá del propio autor y de, quizá, su círculo.

Buena parte de la cultura “actual” ha sustituido la ambición intelectual por el testimonio íntimo; la imaginación por el desahogo; la propuesta por el relato de una vivencia que no se proyecta, no interpela y no incomoda a nadie fuera de su propio espejo. No hay voluntad de forma, ni de pensamiento, ni de confrontación con el mundo, sino una insistencia casi obsesiva con el yo: mi herida, mi identidad, mi proceso, mi dolor, mi memoria…

El arte nace de la experiencia pero no se agota en ella. La experiencia es materia prima, no producto terminado. Requiere elaboración, distancia, inteligencia, riesgo formal y una voluntad clara de ir más allá de uno mismo, de comunicar, de dialogar o de discutir, pero nunca de mostrarse pasiva y tomar al espectador como algo inexistente. Lo que así se ofrece no es cultura viva, sino una suerte de diario íntimo ampliado, legitimado por el espacio expositivo –el nombre de la galería, del museo, del teatro o del premio es lo único que sustenta (?) el valor de la obra- y blindado por un discurso teórico que suele ser más denso que la propia obra.

Más preocupante que la existencia de estas manifestaciones, es que copan los espacios públicos y los presupuestos oficiales. Museos, centros culturales, editoriales subvencionadas, ayudas a la producción cinematográfica hiperpublicitada y programaciones institucionales, repiten una y otra vez el mismo esquema: obras que no dialogan con el espectador, que no plantean preguntas, que no arriesgan estética ni conceptualmente, pero que encajan a la perfección en el relato político del momento: piezas inofensivas, previsibles, fácilmente etiquetables y, sobre todo, obedientes.

La colonización política de los espacios culturales ya no se disimula. La cultura institucional ha dejado de ser un territorio de exploración para convertirse en una herramienta publicitaria. Programaciones enteras responden a equilibrios ideológicos, utilidades institucionales y homenajes interesados, más que a criterios artísticos. Exposiciones, ciclos, películas, premios y publicaciones parecen diseñados para confirmar una visión del mundo previamente establecida, no para ponerla en cuestión. El arte deja de ser un lugar de conflicto simbólico y se transforma en un decorado para el discurso oficial.

Esta instrumentalización empobrece la cultura y la vuelve sospechosa. El creador deja de ser un explorador o un agitador para convertirse en un proveedor de contenidos ad hoc, a la medida. Se premia la obediencia estética y conceptual y se penaliza la disidencia.. No hay nada más conservador que una vanguardia convertida en norma, ni nada más reaccionario que una transgresión oficializada.

La cultura está siendo sistemáticamente desplazada por un sucedáneo profundamente conformista. La cultura que importa, la que hace crecer y pensar, no nace de la comodidad ni del aplauso institucional. Nace del conflicto, del error, del pensamiento incómodo y de la imaginación sin red. Nace de quienes no encajan, de quienes no pertenecen a ningún “nosotros” rentable.

Defender la cultura viva necesita exigir criterios, exigir que los espacios públicos no se conviertan en amigables concesiones privadas para el mercadeo, sino que vuelvan a ser lugares de búsqueda, de oportunidad, talleres de transgresión. Que los presupuestos apoyen la excelencia, el talento, el riesgo y la inteligencia, y no la repetición de fórmulas ideológicamente seguras. Que la experiencia personal vuelva a ser punto de partida y no coartada final. Una cultura que solo se mira a sí misma acaba por no ver nada. Una cultura colonizada por la política y sometida al dios mercado, deja de ser cultura para convertirse en propaganda, en taquilla, en mitin...

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