El recuerdo del rector nos trae de nuevo la historia de este artista viajero que publicó un libro de fotografías salmantinas.
Una de las imágenes más icónicas de Miguel de Unamuno lo muestran sentado en el suelo en ese alto de la Flecha que el rector eligió porque era el lugar donde Fray Luis de León se refugiaba de las intrigas universitarias y que retrató en ese poema en el que tanto se identificaba “Oda a la vida retirada”. El río Tormes y sus aledaños, y el cielo y la tierra fueron el telón de fondo de un retrato mucho más unamuniano que el de los pasillos de la Universidad, donde también le fijó en nuestra memoria el gallego José Suárez.
¿Quién fue el artista que retrató el 28 de septiembre a Unamuno? La generosidad de Carlos Sá Mayoral nos devuelve al amigo de apenas treinta años que había estudiado en la universidad del que era rector el hombre de casi 70. El encargo del retrato era para celebrar esa fecha redonda y se le hizo a un amigo entrañable que paseaba con Unamuno, y al que leía con pasión. José Suárez había estudiado Derecho en Salamanca y ahora, la fotografiaba deteniéndose en los trabajos del campo, la incipiente industria y las masas monumentales de una ciudad que recorría al paso del rector.
Nacido en 1902 en Allariz, hijo de un procurador, José Suárez recibió de su padre una cámara como regalo por aprobar el bachillerato y sus primeras fotografías retrataron la vida y el paisaje de su pueblo gallego. Estudiante en Salamanca de Derecho, publicó en 1932 un libro con 50 fotografías de Salamanca que prologó el propio Unamuno a quien retrató por encargo de José Bergamín. Fue este el que acuñó la expresión “Unos ojos vivos que piensan” que sirve de título a las numerosas exposiciones que se han hecho de la obra del gallego, muestra que también se vio en Salamanca a comienzos del siglo XXI recordando este libro que debería ser reeditado por las instituciones. Y no solo por las fotografías, Suárez se vinculó a Salamanca por su trabajo en el Ayuntamiento y también por su matrimonio con Mary Santiago Mirat, a quien retrató en muchas ocasiones.
Desde sus inicios, Suárez mostró una sorprendente originalidad en su trabajo como fotógrafo. Su manejo del encuadre, de la disposición del retratado, en ocasiones mirando hacia el infinito, de perfil y no de frente, sus blancos y grises, sus paisajes y su geometría perfecta caracterizan sus imágenes. La fotografía comienza a ganar terreno y el funcionario municipal pide una excedencia en 1935 para vivir en Madrid donde trabará amistad con Pérez de Ayala, Alberti, Casona… Regresa a Galicia e inicia un trabajo sobre los pescadores que culminará en el exilio, porque se impone la marcha ante la guerra y su compromiso republicano. Parte José Suárez y se convierte en el retratista de los exiliados, así como en el fotógrafo viajero de importantísimas publicaciones. Nunca se detendrá, son muy reconocibles sus fotografías de los paisajes nevados –había sido de los primeros que esquiaron en la Peña de Francia y más tarde será llamado para promocionar Candanchú- y sobre todo, sus dos viajes a Japón donde asistirá incluso como fotógrafo a un rodaje de Akira Kurosawua. El regreso a España estará marcado de nuevo por sus retratos del paisanaje gallego, pero esa vuelta no será enteramente feliz. José Suárez deja la fotografía en los años 60 y vive una soledad buscada y triste. Cuando muere, encuentran en un bolsillo de su traje un texto en el que pide ser enterrado en un féretro de madera sin pintar allá donde le encuentre la parca, ocupando una fosa común. Pide asimismo, que algún amigo le recuerde escuchando el Requiém de Fauré, a él, quien que escribe “hice de la muerte mi mejor amiga”.
Unamuniano hasta el final, José Suárez, quien en vida fue reconocido como el gran fotógrafo y viajero que fue, eligió la soledad, esa soledad pensada y sentida, vivida y paseada por los paisajes de su infancia. El viajero que retrató a los trabajadores de la Patagonia, de Salvador de Bahía, de Japón, y a los pescadores de su tierra y que recorría trechos del camino entre Allariz y Salamanca a pie acompañado de su equipo de fotógrafo, muere en silencio. Había participado del movimiento de “La nueva objetividad” alemán y su trabajo tenía ecos de los documentalistas norteamericanos y los constructivistas rusos. Retrató la vida del trabajo en la tierra y la industria salmantina a la que se unió por el matrimonio con una Mirat. Suárez no era sólo un fotógrafo, sino todo un documentalista que trabajaba series con enorme eficacia. Sus retratos son una forma de analizar al sujeto una y otra vez, sus trabajos sobre las gentes humildes, una forma de dignificarlos y sus fotografías del paisaje nevado, un recuerdo de su amor por el esquí y por la soledad de las cumbres. Mezcla curiosa de solitario y fotógrafo de grupos humanos, amigos, familia, originalmente retratados con alegría y cariño, Suárez abandonó su tierra junto al pintor Manuel Colmeiro y nunca paró quieto: Argentina, los Andes, Brasil, Uruguay, Japón el reconocimiento y el prestigio por su trabajo no parecía bastarle. A su vuelta, recorre La Mancha retratando el paisaje de El Quijote por encargo de Pedro Laín Entralgo, fotografías de nuevo literarias, pero desoladoras. Intentará vivir en Mojácar, en Ibiza, pero la tristeza hace que regrese a Galicia. De nuevo retrata sus ferias, sus paisajes, sus puertos, sus gentes, pero lo hace sumido en la depresión, en la tristeza, en la falta de dinero y asideros. Vive en pensiones, deja la fotografía y encuentra la muerte, probablemente de forma voluntaria, la víspera de Reyes del 1974 en Guarda. En sus bolsillos, como en los de Machado, un texto escrito, una declaración de intenciones. Y sobre todo, la memoria de un trabajo ingente, original y precursor.
No podemos dejar pasar el aniversario de la muerte de Unamuno sin recordar a quien fue uno de sus amigos y espléndido retratista. Fijó en nuestra memoria José Suárez el rostro y la sorprendente postura de un hombre al que quería y admiraba. Es el recuerdo de Fray Luis el que marca este inusual retrato literario realizado por un hombre al que vencieron la guerra, el exilio y el odio. Ojos sabios que piensan y que nos fotografiaron tempranamente en un libro que debe ver la luz de nuevo, Salamanca tiene un compromiso con este pintor de nuestro tiempo que supo hacer del mundo su mochila y de Galicia, su inicio y su final. El de un hombre intensamente unamuniano. El de un artista, como nuestro escritor, único y dotado de genio: José Suárez, ojos sabios que piensan… y sienten.