Jueves, 03 de abril de 2025
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La ofensiva divina
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La ofensiva divina

Actualizado 22/02/2025 11:42

“La ciencia es una ecuación diferencial. La religión es una condición de frontera”. ALAN TURING.

Los imparables avances que la investigación científica ofrece al conocimiento humano y que, especialmente en el terreno de la Física están alumbrando certezas, teorías y descubrimientos de un incalculable valor para el conocimiento de la realidad de nuestro universo, y de los que la rama Cuántica de la Física, una especialización relativamente reciente y todavía altamente especulativa, especialmente en lo relacionado con la física de partículas y su conocimiento profundo, constituye un valiosísimo campo en la vanguardia de la Ciencia, se han convertido también en objetivo de los movimientos llamados negacionistas.

Además de la realidad de un negacionismo científico que actualmente engloba no solo lo absurdo de teorías inexistentes y realidades inventadas, sino la estupidez de sus defensores (antivacunas, terraplanistas, conspiranoicos o curanderistas de todo pelaje), esa ofensiva reaccionaria de tipo fascista se ha enfrentado a la Ciencia en una de sus puntas de lanza, la Física Cuántica, “interpretando” a su artera forma el conocimiento (y desconocimiento) aún parcial de ciertas realidades del comportamiento de las partículas elementales, el enunciado de teorías físicas y el mismo sendero de la investigación en Física y Astronomía, afirmando con datos falsos, publicaciones de simulada autoridad científica, charlatanería seudocientífica, teorías ficticias e investigaciones inexistentes, la presencia en el universo, y en el origen de la realidad física, de una inteligencia superior ordenadora de la realidad y sus leyes, es decir, afirmando la existencia de un dios omnipotente.

Desde la noche de los tiempos, el pensamiento humano ha inventado dioses para llenar los huecos de su estupor, y la historia de las religiones es un tablero de miedos, intereses, coartadas, ajustes y justificaciones para tratar de razonar aquello que nuestra (in)capacidad y nuestro entendimiento eran incapaces de abarcar. La ciencia, la cultura, la comunicación, el lenguaje, la filosofía y sobre todo la autocomprensión de nuestra naturaleza, ha ido aumentando a lo largo de la historia nuestra percepción del mundo o, al menos, nuestro interés por entenderlo, y hemos ido superando creencias absurdas y paralizantes para tomar conciencia de nuestra propia fuerza y, sobre todo, de nuestra innata capacidad de conocer.

La comunidad científica, que adolece todavía de graves carencias en cuanto a la difusión de su trabajo y que carece de vías adecuadas de comunicación pública y de información de sus investigaciones, se ve acosada, a veces arrinconada y casi siempre superada por la fuerza de las falsas respuestas fáciles a temas complejos de que se sirve la seudociencia y el negacionismo. El fanatismo, la irracionalidad y el seguidismo extienden, publican y agrandan abstrusas certezas, artificiales dudas y falsas afirmaciones seudocientíficas, y de ese fanatismo, esa ignorancia y ese vasallaje se sirve la reacción política y muy concretos intereses económicos, sociales y de poder, para la intoxicación y la manipulación de mentalidades, opiniones, aceptaciones, certezas y votos.

Es indignante que editoriales, periódicos, televisiones y políticos, sotanas, togas, uniformes y brazaletes, hoy quieran apelar en sus publicaciones, afirmaciones y verborrea a la existencia de un dios todopoderoso y, con ello, quieran engañar otra vez a la gente con el miedo, con el conformismo y la sumisión, retrotrayéndola a la boca abierta, es decir, despreciando su inteligencia. Tesoros de nuestra historia como el valor de Galileo o la tenacidad de Copérnico, la clarividencia de Darwin, el indesmayable norte de Marie Curie o las fórmulas de Einstein y las dudas de Schrödinger, han de constituirse como basamento de nuestras certezas y habrían de servirnos para un apoyo sin fisuras a la Ciencia y al método científico de investigación. La inteligencia de Hawking o el magisterio de Penrose, los claroscuros de Anne L’Huillier o la mirada de Katalin Karikó, se revelan como la límpida respuesta al oscurantismo, la amenaza y la sumisión que exigen el dios o los dioses a los que ignoran y a los que quieren ignorar. Dios no es una opinión, ni una certeza ni un referente. Dios solo existe en el radicalismo negacionista y el interés manipulador, y su idea responde siempre al beneficio de alguna renta mental, alguna ventaja social o algún poder terrenal.

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