"La fraternidad no es simplemente una relación entre iguales, sino una responsabilidad infinita hacia el otro, que nos llama a la justicia y al respeto mutuo”
E. LEVINAS
"La verdadera fraternidad entre los hombres es la que se basa en el respeto mutuo y la comprensión."
ALBERT SCHWEITZER
La fraternidad ha sido un concepto clave en la historia del pensamiento político, aunque ha recibido menos atención teórica en comparación con la libertad y la igualdad. Desde la antigüedad, ha estado ligada a la familia y los lazos de sangre. Un ejemplo claro de esto se encuentra en Antígona, de Sófocles, donde el vínculo entre hermanos entra en conflicto con las leyes de la ciudad. Aun así, en ese entonces se consideraba que todos los seres humanos compartían un mismo ethos fundamental de fraternidad.
Con el tiempo, su significado evolucionó. De estar vinculada exclusivamente a la familia, pasó a ser un principio de organización social y política. A lo largo de la historia, la fraternidad ha funcionado como un mecanismo de unión y cohesión, pero también como un criterio de exclusión.
El concepto adquirió una dimensión política central durante la Revolución Francesa, formando parte del famoso lema "Libertad, Igualdad, Fraternidad". En ese contexto, dejó de asociarse con la familia de sangre y pasó a representar la unión de los ciudadanos en una gran comunidad patriótica. Sin embargo, esta idea de fraternidad tenía sus límites: las mujeres fueron relegadas al ámbito doméstico como madres y esposas, sin acceso real a la ciudadanía política.
En el siglo XIX, la fraternidad cobró fuerza en los movimientos obreros y socialistas, con un enfoque más inclusivo. Se convirtió en una herramienta clave en la lucha de clases y la organización de los trabajadores. Los sindicatos y cooperativas surgieron bajo este principio, promoviendo la ayuda mutua y la justicia social. Sin embargo, con el paso del tiempo, el concepto de "solidaridad" empezó a ganar terreno, desplazando a la fraternidad como eje de cohesión social.
Desde una perspectiva cristiana, la fraternidad se relaciona con la misericordia. Esta última permite la reconciliación, el perdón y la convivencia armónica. Stefan Zweig distingue entre una compasión superficial—que solo busca aliviar la incomodidad personal ante el sufrimiento ajeno—y una compasión profunda, que implica un verdadero compromiso con el otro. La verdadera misericordia no se limita a consolar, sino que actúa para cambiar las condiciones de vida de los más necesitados. En este sentido, la fraternidad no puede ser solo un ideal abstracto; requiere acciones concretas de acogida, comprensión y apoyo mutuo.
El filósofo Emmanuel Lévinas lleva esta idea aún más lejos. Para él, la fraternidad no es solo un vínculo entre iguales, sino una responsabilidad ética infinita hacia el otro. No se trata únicamente de pertenecer a un grupo, sino de asumir un compromiso de justicia y compasión con quienes nos rodean.
En el debate contemporáneo, algunos teóricos han propuesto sustituir la fraternidad por la solidaridad, argumentando que la primera puede tener connotaciones excluyentes. A diferencia de la fraternidad, la solidaridad no está ligada a una identidad de grupo, sino a la cooperación basada en la justicia social y el reconocimiento de la diversidad. Esta visión busca construir una comunidad política más abierta e inclusiva.
A pesar de estos cuestionamientos, la fraternidad sigue siendo un principio esencial para la justicia. El reconocimiento de los derechos individuales y colectivos, por sí solo, no basta; sin fraternidad, carece de la solidaridad necesaria para aplicarse de manera efectiva. La fraternidad implica un compromiso entre los ciudadanos, una responsabilidad compartida para que la justicia no sea solo una idea en los libros, sino una realidad en la vida cotidiana. Como señala Victoria Camps, la fraternidad no es un complemento de la justicia, sino una condición para que esta exista realmente. Para construir una sociedad justa, es necesario que la fraternidad sea un principio activo en la vida pública y en las instituciones. Solo así se puede garantizar un orden social basado en la equidad, la solidaridad y el respeto mutuo.
Reflexionar sobre la fraternidad sigue siendo relevante para entender las estructuras de poder y los ideales de justicia en nuestras sociedades. En un mundo marcado por la desigualdad, la discriminación y las crisis humanitarias, la solidaridad parece ser un concepto más adecuado para fomentar la cooperación y la equidad en un entorno diverso. Sin embargo, la fraternidad sigue siendo indispensable: requiere empatía—la capacidad de ponerse en el lugar del otro—, pero también un compromiso real de cuidar y apoyar a los demás. Solo a través de la acción y el compromiso ético podemos construir un futuro más justo y equitativo para todos.
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