Lo primero que me encuentro al regresar a nuestro país después de varias semanas de ausencia es que el señor Feijóo sigue empeñado en medrar políticamente de la forma más ruin, rastrera y cobarde que puede hacerse.
No sé si es él quien manipula a los suyos, o si son los suyos quienes lo manipulan a él, pero sí sé que cada vez anda más lejos de merecer lo que pretende. Y la última será difícil superarla. El PP había pedido por activa y por pasiva un debate en el Congreso sobre inmigración para castigar a la izquierda, un problema que trae de cabeza a los presidentes autonómicos, a los profesionales que tienen que atender a estas personas y a todos los españoles.
Nada más empezar Pedro Sánchez a anunciar medidas sobre fronteras y peticiones de asilo su discurso fue interrumpido por unos inesperados aplausos desde la bancada del PP y empezó el esperpéntico espectáculo que a todas luces llevaban preparado y que consistía en desgastar al Gobierno con su tema favorito: las víctimas de ETA. Es lamentable que la hermana de Miguel Ángel Blanco se prestara de principal juguete para que pudieran jugar a sus anchas, pero ni es el momento de juzgar su actitud, ni es el momento de entrar en estos detalles, a las víctimas de ETA, las que tanto nos dolieron, nos duelen y nos seguirán doliendo solo se las debe nombrar para pedirles perdón porque ninguna quiso ser moneda de cambio de nadie ni por nada. Por lo tanto lo mejor es pasar a los motivos del cambiazo.
Todo esto tiene que ver con la modificación de una ley para que los presos de ETA tengan el mismo límite de tiempo máximo en la cárcel que cualquier otro asesino o terrorista. En su día el PP votó a favor de esa reforma, inspirada en una directiva europea, y ahora se justifican diciendo que se equivocaron, que votaron por error, que no se dieron cuenta y eso que tienen 125 asesores en el Congreso para estas cosas y no se les cae la cara de vergüenza. Total, que les pasa con las leyes lo que a nosotros con las facturas de seguros, comisiones de bancos y la mayoría de servicios: las leemos y no las entendemos, las volvemos a leer y seguimos sin entenderlas, pero hay una diferencia abismal: nosotros las pagamos religiosamente y ellos siguen cobrando. ¡Y a vivir del cuento a costa de los españoles!
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