, 14 de julio de 2024
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Contra los bulos, bula
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Contra los bulos, bula

Actualizado 07/07/2024 22:37
Francisco López Celador

Un problema de salud me ha mantenido un mes separado de esta ventana por la que me asomo cada semana. Superado el incidente, vuelvo a manifestar mi personal y modesta opinión sobre la situación actual.

Durante la ausencia, varios los acontecimientos han abierto las portadas de prensa, radio y tv. Si un extranjero, que domine nuestro idioma, lee o escucha los noticiarios, acabará con dolor de cabeza antes de saber con certeza dónde está la verdad. Los españoles somos enemigos de los términos medios; sólo conocemos el blanco y el negro. Hay que estar ciegos y sordos para no darse cuenta de que estamos en un país de desinformados; unos porque no prestan atención y otros porque sólo les funciona una de las orejas. Desgraciadamente, España acaba pareciéndose a la Salamanca del XV; estamos inmersos en otra guerra de dos bandos, hasta ahora incruenta, pero no por ello deja de ser violenta y deplorable.

La degeneración del socialismo español comenzó con la entrada en escena del desaborido Zapatero. La bifurcación del espacio político ha ocasionado el resurgimiento de rencillas ya olvidadas, no ya en los rancios términos de derechas e izquierdas, sino entre partidarios de la España que se consensuó con el régimen del 78 y los que quieren acabar con él. La llegada de Sánchez ha convertido en socavón el surco que separaba los dos bandos. Según la doctrina del sanchismo, a partir de ahora, los españoles se dividen en extrema derecha y progresistas. Sólo él es el fiel de la balanza y el adalid del progreso. Al menos, eso es lo que proclaman a diario los medios de comunicación que viven de y para el gobierno. Aseguran que ha llegado para salvar la democracia, mientras el español de a pie comprueba cómo la destruye. Cuando uno lee noticias de la prensa extranjera, hay muy pocos espacios en los que la política de este gobierno, a la vista de las estadísticas que aportan medios con prestigio reconocido, aparezca en los lugares punteros; por desgracia abunda más bien lo contrario.

España avanza, más rápido de lo que parece, hacia un ente territorial distinto a todos los que le rodean. Oficialmente somos una monarquía parlamentaria dentro de un Estado social y democrático de Derecho. Ahora, sería más acertado decir que el estado está dejando de ser social – lo nuestro es un progresismo sanchista-; lo de democrático está pasando a mejor vida. Por último, los partidos que apoyan a Sánchez –incluido el suyo propio- nunca han abandonado su pretensión de señalar a Felipe VI el último crucero que hizo su bisabuelo. Como si la Segunda República hubiera sido el ejemplo a seguir. El tema es serio y lo suficientemente grave como para no ser considerado una fantasía.

Para los confiados, bueno sería que repararan en la cantidad de medidas que ha tomado Sánchez, después de haberlo negado. Los bien pensados creían que nadie sería tan osado como para saltarse a la torera el espíritu –y alguna ley- de la Constitución. La verdad es que no tardó mucho en demostrar que su meta era, simple y llanamente, eternizarse en La Moncloa. Nada le ha parado los pies. Ha encontrado la fórmula que nunca falla: todos los inmorales tienen un precio, y Sánchez dispone de barra libre.

Cuando la situación de la calle comienza a preocupar al gobierno, cuando los casos de corrupción asoman a pesar del manto que sobre ellos tienden algunos medios de comunicación, cuando esa corrupción llega al propio hogar, se encienden todas las alarmas y se pone en marcha la maquinaria estatal. Ministerios, subsecretarías, direcciones generales, parlamentarios y titulares de nómina oficial reciben la Orden del Día para pregonar la consigna recibida. Siguiendo el ejemplo de su jefe, la copian literalmente y no cambian ni un número, ni una coma, aunque el texto sea infumable, falso y ridículo. Hay que martillear a la audiencia asegurando que las acusaciones de la oposición son bulos. Es una orden y, además, el jefe tiene bula. De momento, la hermana del Rey acudió al juzgado como cualquier ciudadano citado; la esposa de Sánchez ha sacado la bula antes de abrir la boca.

En el gravísimo ataque que está sufriendo nuestra Justicia se han rebasado todos los límites. Cualquier de los intelectuales extranjeros que se declaran verdaderos demócratas –no importa su ideal político- nunca admitirían los excesos de este gobierno. Aquí, sin embargo, todos los que militan en las filas de este particular socialismo, que llenan su boca de progresismo y democracia, antes de perder su nómina son capaces de asegurar que el amo del cortijo es el nuevo Robin Hood de La Moncloa. El resto de partidos acompañantes han encontrado una mina y no pararán hasta agotarla.

En cierta ocasión, asistí a la inauguración de una nueva prisión y comenté a mi vecino de asiento lo mucho que me habían sorprendido favorablemente las condiciones de habitabilidad y recreo de que disponían los presos. Para rematar la información, supe que la cantidad que devengaba diariamente un interno para alimentación era bastante superior que la asignada para un soldado. El acompañante me contestó: “El soldado no tiene capacidad para fijarse su bienestar en el cuartel, pero el político debe tener previsto el suyo, por si acaso”. Ahora entiendo más el empeño en sacar adelante la Ley de la Amnistía.

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