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Miguel de Unamuno, ¿asesinado por orden de Franco?
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Miguel de Unamuno, ¿asesinado por orden de Franco?

Actualizado 05/07/2024 07:45
Ángel Lozano Heras

Una nueva investigación sobre la extraña muerte de Miguel de Unamuno en Salamanca, el 31 de diciembre de 1936, se narra en el libro de Carlos Sá Mayoral, que va ya por su tercera edición “Miguel de Unamuno: ¿muerte natural o crimen de Estado? Henry Miller y Francisco Franco en la desaparición del escritor”, de la “Editorial Cuadernos del Laberinto. Anaquel de Historia”. Este libro de Carlos Sá aporta trascendentales documentos inéditos sobre este asunto. Esta tercera edición se ha aparecido aumentada y corregida, este mes de junio, en la Feria del Libro de Madrid en el Parque del Retiro.

El autor de este libro acredita varios datos en expedientes de suma importancia para el caso: la carta enviada por don Miguel al escritor Henry Miller el 7 de diciembre de 1936 y el informe del jefe del SIM (Servicio de Información Militar) enviado al dictador Francisco Franco, que quizá pudo suponer la condena a muerte del escritor vasco. Este descubrimiento de Carlos Sá Mayoral, del informe de Salvador Múgica, jefe del SIM, a Franco y la carta de Unamuno, secuestrada, al escritor estadounidense Henry Miller (que vivía entonces en París) –y otros documentos–, nos ponen en el camino para descubrir las tretas de Franco para aniquilar secretamente a Unamuno.

Ya hace cuatro años el cineasta Manuel Menchón en su magnífica película-documental “Palabras para un fin del mundo” planteó la posibilidad de que Unamuno fuera asesinado. Y en 2021 amplió con más detalles las “oscuras y sospechosas circunstancias” que rodearon la muerte del pensador y exrector de la Universidad de Salamanca, en un libro con L. García Jambrina “La doble muerte de Unamuno” (Capitán Swing). Ocurre que estos dos autores en ningún caso apuntan hacia la jefatura del Estado en un crimen que, como mínimo, debiera contar con la aquiescencia de Francisco Franco.

Es muy de alabar y aplaudir que Carlos Sá Mayoral haya conseguido que toda la documentación manejada para la elaboración de este interesante libro se encuentre ahora en Instituciones Públicas (la Casa-Museo Unamuno de la Universidad de Salamanca, y el Archivo General Militar de Ávila), consciente de que la Historia debe estar en manos de todos.

Desde hace muchos años, muchos salmantinos ya conocían por sus familiares mayores, y se pudieron escuchar –yo al menos por boca de mis padres– versiones del fallecimiento de don Miguel por personas próximas a su familia, de que el autor de “Niebla” y otros muchas novelas y poesías, fue envenenado en su domicilio ¿Envenenado?¿Asesinado?

Es más que conocido que Unamuno en los últimos meses de su vida estaba encerrado-prisionero, más o menos, en su casa de la calle Bordadores, desde el 12 de octubre del 36. Eso sucedió como consecuencia de su intervención en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca contra el general felón Millán Astray ese 12 de octubre.

Ese día, aquel famoso discurso de Miguel de Unamuno (“Vencer no es convencer”), con el tremendo enfrentamiento entre el viejo profesor y Millán-Astray, generó su definitiva ruptura contra el Alzamiento Nacional. Y a partir de ahí, los militares rebeldes capitaneados por los generales Mola y Franco le repudiaron y le tenían cercado, vigilado y espiado; controlando sus cartas y visitas; sus artículos a la prensa censurados...

Amenazado por la Falange y los militares, según carta de Francisco Bravo, exjefe jefe provincial de Salamanca de Falange Española, a su hijo mayor Fernando Unamuno que vivía en Palencia “…Creo, Fernando, que debes irte a Salamanca y convencer a tu padre de que en tanto duren las circunstancias evite actuaciones públicas que alarmen o indignen a gentes que andamos metidos en la guerra … Sería doloroso que a tu padre, cuya contribución al movimiento nacional es tan significativa y magnífica, sobre todo para el Extranjero, pudiera sucederle algún incidente desagradable...”

Unamuno fue espectador impotente de los desastres de la guerra, y víctima, cuando empieza –pronto– un doloroso examen de conciencia por haber apoyado inicialmente ese golpe de Estado. Y es así que, a los dos meses del golpe de Estado, las cosas se le complicaron a Unamuno, acusado de traición a la patria, a Franco y a su Movimiento fascistoide. Esa apostasía solía llevar pena de muerte o un castigo de cárcel dura, muy dura y una multa desorbitada. Le aislaron socialmente, vigilándole en casa y cuando salía a pasear, controlando su teléfono y las cartas –sobre todo– las dirigidas al exterior. No le dejaban publicar en prensa, etc., etc. Ya, desde esa fecha, era repudiado –un apestado– por los militares y la derecha más rancia de Salamanca. A parte de los insultos de tertulianos del Casino de la misma tarde del 12 de octubre de 1936 -día del enfrentamiento público de don Miguel con el fascismo-, está la destitución al día siguiente como concejal y Alcalde Honorario del Ayuntamiento Salamanca, y días después, la destitución de rector vitalicio de la Universidad salmantina.

Los militares sublevados contra la II República, comandados por los generales Franco y Mola, acorralaron al anciano profesor, después de su postura muy crítica contra ellos. Castigado y vigilado por «los hunos» y repudiado por «los hotros», en medio de un torbellino de violencia y represión y asesinatos, el viejo catedrático vive desde entonces un doloroso y solitario exilio interior en su casa de Salamanca.

Unamuno, ya desde noviembre –y sobre todo en diciembre–, estaba harto del falangismo (les tilda de inmunda falangería), y de las atrocidades cometidas por los militares rebeldes. Tanta tropelía y brutal represión no las soportaba.

El 7 de diciembre de 1936, Miguel de Unamuno, escribía su última carta conocida con destino al extranjero. Iba dirigida, ni más ni menos, al por entonces incipiente escritor norteamericano residente en París, Henry Miller. La carta nunca llegó a su destino. Con toda probabilidad, desde el 12 de octubre de ese mismo año, el Servicio de Información Militar (SIM) seguía de cerca los pasos de don Miguel, tras su famoso incidente con Millán Astray. Su correspondencia era intervenida. Precisamente esa misiva fue valedora de un informe que se remitió directamente al General en Jefe de los Ejércitos de Operaciones, pomposo cargo que recaía en el mismísimo jefe del Estado, Francisco Franco. Once días después de la emisión de dicho informe, Unamuno moría en misteriosas circunstancias en su residencia-prisión de Salamanca.

A lo largo de las páginas de este libro, el autor reconstruye los escenarios recorridos por don Miguel en su enfrentamiento con el fascismo. Añade elementos completamente novedosos y destaca otros poco divulgados en este contexto: la participación directa de José Antonio Primo de Rivera en al menos dos crímenes, la razón última del valiente discurso de Unamuno en la Universidad el primer día de la Hispanidad de la España franquista, un documento llamando al jefe del SIM ante Franco en Salamanca el mismo 12 de octubre del 36, una sorprendente y desconocida carta de Unamuno a Henry Miller —dándonos la oportunidad de explorar a través de ella una posible relación de amistad desconocida entre dos grandes de la literatura universal— y el terrible informe del jefe de los servicios de Información Militar enviado a Franco que muy probablemente supuso la condena a muerte de Unamuno.

El autor se ha pasado años entre archivos, librerías de antigüedades, mercadillos y círculos de coleccionistas, para recabar estas cartas y legajos y poner orden en la narración de lo acontecido.

Carlos Sá, asocia hechos, documentos y testimonios en una fluida narración repleta de fotografías y documentación inédita que hacen de este libro un referente obligado para quienes deseen ampliar su grado de conocimiento de este trascendental episodio unamuniano.

El libro cuestiona la versión oficial ´falangelizada´ de la muerte de Miguel de Unamuno, y revela documentos inéditos que rodean sus últimos días en Salamanca. En ese sentido, Carlos Sá expone, en la parte final, que Unamuno pudo ser asesinado por un complot del SIM (Servicio de Información Militar), siguiendo órdenes directas de Franco, y que el certificado médico de defunción, elaborado por un doctor represaliado, contiene elementos que ponen en duda la muerte “natural” de don Miguel.

Unamuno tuvo, en la tarde de añoviejo del 36, la extraña visita de un falangista para hablarle de un panfleto fascistoide ¿Eso, en una noche navideña tan familiar? ¿Y se cita con un falangista que apenas conoce, para charlar con él del falangismo y de Mussolini? Recordemos que Unamuno ya no los podía ni ver, a los falangistas, sobre todo a los de camisa azulona, correaje y pistola.

Aurelia, la asistenta de Unamuno en esas fechas, fue la que recibió al falangista Aragón y le llevó junto al profesor. Al cabo de unos minutos oyó –desde la cocina–, voces, golpes en la mesa y discusión fuerte… Después, al rato, escuchó de boca del falangista que salía gritando “Yo no lo he matado, yo no…”, con Unamuno ya muerto...

Varios testimonios orales de familiares de Aurelia insisten en que su madre –o tía– les comentó varias veces que a don Miguel le asesinaron. Y nos recuerdan la anécdota con su hijo Rafael Unamuno, médico oculista, en presencia de su hija Felisa, nada más llegar a casa: ...” Nos lo han matado D. Rafael; nos lo han matado”… ¡“Cállate Aurelia, calla, o nos matarán a todos”...! Insisten algunas declaraciones orales en que subieron dos personas al piso de Unamuno esa tarde del 31 de diciembre (¿el falangista Bartolomé Aragón y un agente del SIM?).

El epílogo de la obra de Carlos Sá sugiere que la carta de Unamuno a Miller y el informe sobre ella de Salvador Múgica dirigido a Franco pudieron provocar algunas muertes más en las que, nuevamente, puede estar implicado el jefe de aquel Estado golpista que acabó con el gobierno legítimo republicano de España.

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