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Ramiro Tapia, el árbol donde anida el arte
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obituario

Ramiro Tapia, el árbol donde anida el arte

Actualizado 12/02/2024 11:05
Charo Alonso

El pintor salmantino ha fallecido a los 92 años tras una fecunda carrera artística.

Frente al edificio que la memoria popular salmantina siempre llamó “la casa de la madre”, junto al parque de la Alamedilla, cayó esta semana un árbol tan enorme y frondoso como los que poblaba de edificios y laberintos el pintor salmantino Ramiro Tapia. Y fue un árbol el que recreó el artista para celebrar las Ferias y Fiestas de un septiembre prodigioso para el cartel dedicado a la virgen chiquita el que nos aupó al alféizar de su ventana.

En silencio y con grandeza caen los inmensos árboles, nos dejan los más grandes hombres y el hueco se puebla de pájaros que extrañan el nido de su genio y su persona. Fue un árbol el que anunció la Feria y allá fuimos, la fotógrafa Carmen Borrego y yo a hablar con el artista cuyo nombre nos había indicado con su sorna característica el pintor Andrés Alén “¿Qué hacéis entrevistándome a mí? Id a ver a Ramiro Tapia que es el más grande de todos y tiene obra en el Museo Reina Sofía”.

La charla con Ramiro fue desde el inicio un prodigio, un privilegio absoluto. De una cultura infinita, de una gracia y un humor originalísimo y a la vez, de un férreo carácter cuando hablaba de su propia obra, el pintor salmantino parecía habitar un mundo propio entre sus cuadros de grandes proporciones, el universo complejo y cambiante de sus diversos cauces artísticos. Trabajador infatigable, el Taller desbordaba una obra que llenó las salas del DA2 y cubrió La Salina de color, torres, gigantas y hecatombes. Árbol que camina, cabello blanco y ojos de un azul tan profundo como el mar del Santander donde naciera casi de casualidad, Ramiro era una fuerza de la naturaleza. Atento a todo, convirtió a Fernando en su “asesor informático” y se sirvió de la tecnología para seguir indagando. Vivo y tenaz, pintó y dibujó hasta el final de su vida y nada me emocionó más que, en su último cumpleaños en otro septiembre prodigioso, verle recibir, de la mano de su amigo, el artista Eusebio Blanco, un cuaderno y un manojo de pinturas.

Desde su ventana asistía Ramiro a la ceremonia de la luz y del paso de los días enredado en las ramas del jardín de su memoria. Aquella que desplegaba frente a mí como un abanico de sus exquisitas abuelas. Primogénito de un químico que compartía proyectos fabriles con el hijo de Ramón y Cajal, su abuela paterna era una descendiente de ganaderos salmantinos que pintaba paisajes y animales y hacía copias exactas de cuadros del Prado bajo los que dormía el niño Tapia. Heredero del talento de la hermosa mujer que siempre imagino llevando al corral su caballete y su pincel de plumas, fue sin embargo su otra abuela, un auténtico personaje de novela, quien marcó su infancia. Rodeada en Madrid de artistas, aristócrata y rompedora, llenó, junto a la madre, al niño de música y de gentes diversas. Lector voraz de los libros traídos de Argentina e Inglaterra que alimentaron su imaginario con grabados magníficos que no se encontraban en España, el joven Tapia quiso estudiar arquitectura y aprendió de Durán de Cotes, maestro represaliado republicano, el arte del dibujo lineal. Sin embargo, su camino estaba en la libertad de la pintura y de la vanguardia, y muy pronto compartió estudio y amistad con los jóvenes artistas que despertaban del sueño de la posguerra.

Eran los tiempos de la primera exposición en Madrid de Picasso atacada por los Legionarios de Cristo y de las andanzas artísticas de un imprescindible Willy Walonigg que se llevaría a Ramiro Tapia a trabajar como Director Artístico al joven pintor que regresaba a la casa paterna –en palabras de su esposa, la también artista Amparo Núñez- en moto pasando frío y necesidad. Eran años de soledad, de trabajo constante, de proyectos, diseño, experimentación con nuevos materiales, falta de tiempo para la pintura… hasta que en 1970 Tapia se instala en el campo salmantino volviendo a las raíces de la abuela pintora. Su tiempo todo se convertirá en materia para el arte y se suceden las exposiciones, las muestras, las diferentes épocas, hallazgos todos que sorprenden a la crítica y al público. La fuerza de este pintor, de este creador de todos los lenguajes, es imparable.

Nunca he conocido a un artista tan consciente de su propia obra y con una visión tan orgánica de sus cambios y evoluciones. Oírle, siempre envuelto en la música que alimentaba sus fecundos días, era una lección constante. Ramiro pasaba las páginas de su memoria vital con exactitud y agradecimiento, y a la vez, era capaz de mantenerse al tanto de todo, dispuesto a ir más allá en su deseo de seguir creando. Cuando las fuerzas no daban para el gran formato, ahí estaban el rotulador y el fondo negro para continuar el animalario fantástico de su imaginario. Jamás quieto, árbol cuya savia seguía fluyendo hacia esas largas manos. Jamás rendido, dispuesto a pasar las páginas de la lectura a la par de Amapro. Torre del aire junto al río, la suya era una vida dedicada a la pintura que supo hacer compartida con todos los que le queríamos.

Apenas sorprendidos por la noticia pienso en Ramiro Tapia habitando sus árboles plenos de laberintos. Viendo sus cuadros hace bien poco, descubrí un insólito lagarto que apareció ante mí como su levantara una piedra. Me miró con su intensidad de saurio y pensé en el pintor, grande y de barba frondosa que vivía en el campo sin luz, acompañado de una mastina, dedicado a pintar al ritmo de las estaciones. Árbol que camina, se instaló en Salamanca dejando atrás un Madrid al que visitaba con aires de la dehesa, tomillo y piedra en los bolsillos de la zamarra de pastor. El lagarto quieto era el tiempo de campo del artista capitalino, del joven viajero, del anciano en la casa sosegada. Un cuadro pequeño que contenía toda la maestría de un maestro y el genio de un hombre incomparable. Grande como un árbol. Árbol que nunca cae porque sigue alzándose, épico, hacia el cielo, ramas llenas de cuadros, hombre pleno de genio. Admirable siempre, queridísimo, Ramiro, al que tanto quiero.

El funeral será este lunes a las 16:00 horas en la Iglesia de las Carmelitas, en la plaza del mismo nombre, y el entierro en Ledesma.

Charo Alonso.

Fotografía: Carmen Borrego.