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'Aerolitos'
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LA PROVINCIA DEL ALMA

'Aerolitos'

Actualizado 01/12/2023 07:58
José Luis Puerto

Levedad y agudeza. Ingenio, no más que el necesario, sin sobrecargarlo nunca, pues conduce al escrito fallido. Y, sobre todo, sorpresa y poesía. Son algunas de las claves del llamado aforismo, para entendernos.

Pero ha tenido grandes cultivadores y se le han dado muchos nombres. Novalis (uno de los que mejores los han escrito) los llamaba ‘polen’. Rozanov, ‘hojas caídas’; Baudelaire, ‘cohetes’; Nietzsche, sentencias y dardos’…; y Carlos Edmundo de Ory, ‘aerolitos’. Género que cultivaría con tal título o con el de ‘Nuevos aerolitos’ cuando editaba algún nuevo libro de esas breves sentencias que, más que morales, son poéticas y sorprendentes.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923 – Thézy-Glimont, Francia, 2010), el poeta que, en uno de sus aerolitos llegara a decir: “Hay que salvar a Dios a toda costa.” O, también, el que nos advirtiera: “A veces el alma sube a los ojos. Nunca los ojos bajan al alma.” Y tantos otros aforismos (aerolitos) para iluminar el mundo y también al ser humano.

Se exilió, voluntariamente, en Francia desde muy pronto, ya desde 1955, de un modo voluntario. Quiso existir en la distancia de estos reñideros, de este ruido y furia en que, de modo irresponsable, convertimos tantas veces a nuestro país.

Pero, antes, ya muy temprano, en 1942, crearía en Madrid, junto con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi, un raro y efímero movimiento de vanguardia –otro aerolito–, al que dieron el nombre de postismo (término sincopado de “post-surrealismo”).

Sin embargo, la poesía de Carlos Edmundo de Ory toma enseguida una deriva de un peculiar existencialismo, a través de una poesía que manifestara la realidad interna del hombre, expresada mediante un lenguaje que hiciera acceder al territorio del poema los misteriosos estados de la conciencia.

Lo conocimos personalmente en agosto de 1976, en Cádiz, su tierra, con motivo de la feria del libro, en el acto de presentación de un libro titulado ‘Cádiz: nueva poesía’, que él prologara. Vestido con un traje de algodón blanco crudo y acompañado por su compañera, una mujer rubia céltica, parecía un arcángel, un verdadero aerolito o piedra celeste, caída de no sé qué altura.

Después, tuvimos con él correspondencia. Y le dedicamos un número –con no pocos materiales que me enviara desde Francia, libros y plaquetes, acompañados de una carta hermosa– de la revista –‘La violondrina’– que editábamos en el instituto en que éramos docentes.

Este mismo año, como celebración del centenario de su nacimiento, Galaxia-Gutenberg ha editado Los reinos de allí. Poesía reunida 1940-2010, de Carlos Edmundo de Ory. Un buen homenaje y un buen rescate, para encontrarse con nuevos lectores.

Los poetas, verdaderos aerolitos, verdaderas piedras celestes, están ahí, para iluminarnos con su palabra, para darnos sentido a todos. Utilizan las palabras de la tribu (como dijera de modo lúcido José Ángel Valente), para que no nos extraviemos, para que nuestras brasas de humanidad y de fulgor no se apaguen y se conviertan en cenizas.

Porque la poesía es una palabra de larga distancia. Está fuera del tiempo, sobrepasa cualquier tiempo. De este modo lo expresaba Carlos Edmundo de Ory: “Si tanto miro relojes y almanaques, es porque estoy siempre fuera del tiempo.”

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