Los días del Libro, universales por sí mismos y convertidos en mercadillo de papel y efeméride, apenas alteran la rugosa piel de la prisa enemiga que los mata y confunde. Con sólo un somero vistazo a los lomos incautos de la biblioteca, que dicen menos que nada y anuncian una explosión de lo por saber, una acuarela inmensa de nombres y epitafios bordan y bordean un 23 de abril que merecería más que el exceso de escasez con que lo andamos, merecerían el más extenso poema épico a la razón, tal vez ya escrito hace cinco mil años. Y el poema a los héroes y a los santos, a los vencidos y a los olvidados. A tantos... Pero también a los inmortales: a Cervantes. Y a Alonso Quijano. No bastará, y en la esperanza de que tampoco sobre, transcribir aquí, cercana la celebración y cercano su olvido, mas también su alegría, este poema de otro inm,ortal, Jorge Luis Borges, escrito cual fuese el hidalgo mismo, mientras lo piensa el bardo en un sueño de Argel:
“NI SIQUIERA SOY POLVO
No quiero ser quien soy. La avara suerte
me ha deparado el siglo diecisiete,
el polvo y la rutina de Castilla,
las cosas repetidas, la mañana
que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
la plática del cura y del barbero,
la soledad que va dejando el tiempo
y una vaga sobrina analfabeta.
Soy hombre entrado en años. Una página
casual me reveló no usadas voces
que me buscaban, Amadís y Urganda.
Vendí mis tierras y compré los libros
que historian cabalmente las empresas:
el Grial, que recogió la sangre humana
que el Hijo derramó para salvarnos,
el ídolo de oro de Mahoma,
los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Seré mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo
y una lanza y los libros verdaderos
que a mi brazo prometen la victoria.
¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
no proyecta una cara en el espejo.
Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
que militó en los mares de Lepanto
y supo unos latines y algo de árabe...
Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:
mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.”
En Historia de la noche, 1977
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