, 27 de noviembre de 2022
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OPINIóN
Actualizado 06/08/2022 09:40
Tomás González Blázquez

Art. 39. El titular del libro exigirá que en él extiendan todas las certificaciones pertinentes inmediatamente de la inscripción. El Encargado del Registro velará, especialmente, por el cumplimiento de esta obligación.

En la cubierta interna de nuestro Libro de Familia se recoge esta prescripción, y otras, del Reglamento del Registro Civil. Aquello, a decir verdad, ya se estaba quedando obsoleto, porque el ejemplar que nos fue entregado por el Ministerio de Justicia allá por septiembre de 2012, cuando comunicamos a la autoridad civil la celebración de nuestro matrimonio canónico, todavía no recogía el cambio legal aprobado en julio de 2011. Habría que gastar el excedente de la Imprenta Nacional del Boletín Oficial del Estado, por mucho que la portada, en la que salen las palabras Familia y España, con escudo incluido, provoque urticaria en ciertas pieles con alborotados poros.

El preámbulo de la ley 20/2011, a modo de exposición de motivos, argumenta que un Registro Civil coherente con la Constitución ha de asumir que las personas –iguales en dignidad y derechos- son su única razón de ser, no sólo desde una perspectiva individual y subjetiva sino también en su dimensión objetiva, como miembros de una comunidad políticamente organizada. La primacía de lo individual terminaba por tanto con un documento que, desde 1915, venía identificando a las familias españolas, seguramente mucho más afines a sus parientes, padres e hijos tanto varones como mujeres, que a esa “comunidad políticamente organizada”. Los libros de familia terminaban así su andadura. Celebrarían el centenario en proceso de liquidación por cierre, a través de la disposición transitoria tercera: A partir de la fecha de entrada en vigor de la presente Ley no se expedirán Libros de Familia. Esa fecha era, ha sido, el 30 de abril de 2021. Casi una década se daba la Administración para dotarse de los recursos materiales que amparasen su acordado procedimiento.

Cuando el día 2 obtuve cita en el Registro Civil, bien temprano, entre los documentos requeridos para inscribir el nacimiento de mi hija pequeña llevaba nuestro libro de familia, expedido en 2012 y actualizado en 2014 y 2017 al inscribir a sus hermanos. Sí, es verdad que podría haber exhibido un certificado de matrimonio, y de los otros nacimientos, pero en el libro se condensaba toda nuestra pequeña historia familiar, los hechos propios con sus tomos y sus páginas, sus sellos y firmas, que habían de ser conocidos por esa “comunidad políticamente organizada”. Tenía para mí que, formalizada la gestión, bien podrían cumplimentar, por dar continuidad a ese resumen, la página 6 del libro, destinada al hijo/a 3. Pero no, salió como entró, vacía. Con la diferencia de que al salir del edificio ya no tuve que despojarme del cinturón como a la entrada. Corbata no llevaba.

Antes de que tuviera ocasión de rogarle que lo hiciera, la amable funcionaria me aclaró que “no actualizamos libros de familia”, mientras ya doblaba cuidadosamente en cuatro partes las dos hojas de la inscripción del nacimiento con sus firmas y sellos, tomos y páginas, y, con esmero, las grapaba en la parte posterior del libro, precisamente sobre el artículo 39 del viejo reglamento. Luego he sabido de otros mostradores en los que, acaso interpretando más vagamente las normas, sí se han actualizado libros de familia después del 30 de abril de 2021. Los titulares lo agradecerán, por aquello de conservar todos los asientos registrales en un mismo formato, menos dado al deterioro que las dobleces y las grapas, y, sobre todo, por seguir compartiendo el mismo espacio todos los miembros de la familia en pie de igualdad, aunque se trate de un sencillo fascículo encabezado por el hermoso escudo de España.

Sin que haya sido rellenada la página 6 de nuestro libro, un libro que desde hace más de un año ya no se entrega a los nuevos esposos y nuevos padres, somos familia numerosa. Ojalá que, más que eso, lo seamos generosa. Con nuestras firmas de afecto, nuestros sellos de respeto, nuestras páginas de memoria y nuestros tomos de amor.

En la fotografía, propia, nuestro Libro de Familia esperaba así a la última inquilina, la grapada.

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