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Viejas historias de ciudades viejas
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Viejas historias de ciudades viejas

OPINIóN
Actualizado 13/12/2021

Viejas historias de ciudades viejas | Imagen 1Yo crecí en una ciudad de provincias sin saber qué era exactamente ser «de provincias»; para mis ojos infantiles, la única diferencia evidente era entre el campo y la ciudad. Mi universo, que en aquel entonces me parecía grande, estaba poblado de fines de semana entre encinas, de bellotas recogidas al paso y de matanzas colgadas esperando el momento de comérselas. También de tardes de cine en un teatro al que entraba gratis y por el que deambulaba con total libertad; y de una primera caña con patatas bravas a los catorce años que me pareció el colmo de la transgresión y de la que guardo aún el regusto en la boca, cosa que no han conseguido otras muchas cosas exóticas probadas con posteridad.

En aquella ciudad, los grises corrían detrás de unos estudiantes que iban poco a clase y mucho a manifestarse, quizás azuzados también por sus insignes maestros. Y eso que ir a clase significaba encontrarte en las aulas con los padres de la Constitución, con Tierno Galván, con Gloría Begué, con Tomás y Valiente o con Chencho García Velasco, que era comunista y se sabía y, a pesar de eso, su mujer fue mi profesora de francés en un colegio de monjas; el colmo de la tolerancia y de esa concordia que poco a poco hemos ido perdiendo. Estudiantes de toda España venían a la facultad de filología salmantina porque no había otro lugar donde poder oír a tanto sabio junto: Alberto Navarro, Eugenio Bustos, Antonio Llorente o Victor García de la Concha; que recogían el testigo de otros ilustres sabios anteriores como Unamuno, Torres Villarroel, Fray Luis de León, Francisco Salinas o Nebrija. En esta ciudad coincidieron Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa, recogida y circunspecta la primera y más tuno que estudiante el segundo; y los hermanos Martín Patino, protagonistas de una España que pasaba de la caspa a las mechas de colores sin concesiones. Recuerdo a Tere en casa de mis ancianas tías (no tan ancianas entonces) a quien yo escuchaba fascinada relatando las cosas de su hermano Basilio, el cineasta, cuando resulta que el que estaba cambiando España de la mano de Tarancón era José Luis, el Jesuita, que me fascinaba menos, porque yo, ya entonces era muy devota del cine y poco de la Iglesia.

Vaya, que en aquella Salamanca pasaban cosas, que dos periódicos impresos y rivales narraban sin descanso, donde escribían ilustres cronistas como Enrique de Sena, Ignacio Francia o Nicolás Dorado de las Heras (sus Crónicas del guarda mayor las leíamos hasta los que no cazábamos). De aquellos periódicos provincianos pero serios, uno desapareció y el otro utiliza una curiosa manera de entrecomillar los titulares que me pregunto si es modernidad o descuido, entre otras muchas cosas que no entiendo de él. También es verdad que las cosas que pasan son menos interesantes y que para anunciar los vaivenes de la Nochevieja universitaria (de infausta creación y deseable defunción), reclamar más trenes con Madrid y dar cada día las cifras de los contagios COVID no hay que quebrarse mucho la cabeza ni desplegar un gran ingenio columnista.

Después de un periplo por varias ciudades europeas, algunas de insultante belleza como París o Florencia, llegué a Bruselas, no la más bonita de todas ellas, seguro, pero también una ciudad donde pasaban cosas. Capital cosmopolita, abierta y plurilingüe, donde nadie era extraño y de donde los moradores de paso se marchaban llorando y añorando todo lo visto y vivido. Hervidero de periodistas de pura sangre y de políticos con ganas de cambiar el mundo que una se cruzaba, muchos de ellos sin escolta, en bares, restaurantes, paradas de metro y hasta en el supermercado. País de bolsillo en el que el nacionalismo aún no moldeaba el devenir cotidiano, el verde le ganaba la partida al asfalto y el tren te llevaba a todas partes. En aquellos años de mi llegada le dimos forma al Euro, atajamos crisis de nombre folclórico como "las vacas locas", cayó el Muro de Berlín, salieron los estudiantes a comerse Europa en nombre de ERASMUS y por fin pudimos viajar desde Lisboa hasta Estocolmo solo enseñando el DNI. También pasaban cosas todo el rato y casi todas eran buenas, salvando algún episodio truculento que quedó para la crónica negra.

La suma de los días ha seguido añadiendo, implacable, tiempo de descuento a mis años y canas a mi cabeza; y a mí me da la sensación de que pasan menos cosas y las que pasan, o están peor contadas o son bastante menos interesantes; sin que de esto le podamos echar la culpa al Coronavirus, por una vez. Soy vieja ya para mudarme al Sudeste asiático, al Brasil o a la India, que parece que es ahora donde se corta la pana y la vida sucede a la velocidad de la luz; o a lo mejor soy vieja? Simplemente eso.

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