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Tras las perdices de Las Arribes
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Tras las perdices de Las Arribes

LAS ARRIBES
Actualizado 19/12/2021 18:18
Miguel Corral

A pesar del gran trabajo de Conan, la reina de la menor demostró una vez más su fortaleza e inteligencia e hizo que, además del 'bolo', nos lleváramos para casa unos momentos imborrables"

Traigo aquí otra de mis jornadas de caza a las perdices en Las Arribes para narrar lo que a pocos cazadores les gusta contar, pero que es la realidad de estos días para la mayoría de los aficionados a esta actividad. El momento actual por el que atraviesa la caza es el peor que he conocido después de 42 años practicando este deporte, y sí, deporte, deporte porque su práctica entraña ejercicio físico y, además, una competición constante con la naturaleza, tanto con el terreno como con los animales que tratas de dar caza. Así es al menos la caza que yo practico en Villarino de los Aires, mi pueblo.

Creo que fue Churchill el que dijo algo parecido a 'sangre, sudor y lágrimas', palabras que he pronunciado en más de una ocasión cuando de cobrar una perdiz en Las Arribes se trata, y en ocasiones, como la que voy a describir, ese esfuerzo no fue lo suficiente para lograr el objetivo. Dicho queda que este 2021 es el año que menos perdices he visto en lo que he pisado el campo, lo cual también me ha desilusionado y ha hecho que los ratos tras la reina de la menor hayan sido muy escasos, centrándome más en las obligaciones profesionales..., que en noviembre se me han multiplicado.

Encontrar un bando de seis perdices puede llevarte más de una hora, y si dispones de tres para cazar y una es para el viaje de ida y vuelta, la decisión de ir cazar o no se vuelve complicada, aunque siempre ayuda tener un perro como Conan, que este diciembre hará los dos años. A pesar de su corta edad y las pocas oportunidades que ha tenido para salir al campo, demuestra ser un fenómeno, pues no en vano tiene pasión por la caza, muestra firme y excelentes vientos, además de ser obediente e ir pendiente de mí, con lo cual no le puedo pedir más para tan corta edad. He tenido perros a los que les ha llevado cuatro años hacer lo que hizo este bretón al final de la temporada pasada, poner perdices y cobrarlas como si tuviera seis años. Por tanto, en estos momentos Conan es la razón que me empuja a acercarme a Villarino para ir de caza.

La jornada de caza

Era el segundo fin de semana de noviembre, después de Los Santos. Mañana de niebla en la meseta, por lo que decidí regresar a mi zona favorita de caza y que no es otra que los bancales que sujetan la tierra en las laderas del Tormes y el Duero, un día viñedos y que fueron arrancados en beneficio de los viticultores de la Ribera del Duero, que se hicieron con los derechos a golpe de talonario. Los 200 metros menos de altitud con respecto a la Jara o el Valliruelo, dos de las antiguas hojas de Villarino, se notan los días de niebla. Y acerté. Una vez llegado al Barrocal ya veía el Teso del Arenal.

Unos días antes en busca de alguna seta, al oscurecer, había visto junto al camino un pequeño bando de seis perdices, así que, como están las cosas, no había mucho que pensar. Como suele ser habitual los días de niebla, no había nada de viento, por lo que una vez salimos del coche en Las Cuestas cogimos la ladera del Duero hacia arriba por si acaso hubieran dormido un poco por encima de donde suelen parar, aunque mi experiencia me decía que estaban 300 metros más abajo, donde las he levantado en más de una ocasión.

Y no me equivocaba, pero como tantas otras veces en ese lugar solo pude escuchar el inquietante ¡brbrbrbrbr! de su aletear al levantar el vuelo, pero en esta ocasión tan sutil que hasta dudé de que se hubieran levantado del otro lado de la ladera, lo cual me lo confirmó Conan con su primera muestra del caliente en aquella mañana. Como no pude ver la dirección del vuelo, la intuición me guio de nuevo hasta el lugar al que hubieran podido dirigirse. Tampoco me equivoqué, diez minutos después volvieron a sorprenderme. Le había indicado a Conan que buscase un poco por encima de donde me encontraba y mientras permanecía pendiente de él escuché de nuevo el brbrbrbrbrbr a mis espaldas, me giré pero cuando quise verlas estaban a más de 120 metros, por lo que no disparé. Decidí salir lo más rápido que me permitieron las piernas para intentar levantarlas en el sitio donde posiblemente las encontraría, pues aunque observé la dirección no pude ver dónde se posaban porque pasaron otra de las cuerdas de la ladera.

Llamé a Conan y salimos corriendo. Una vez coronada la cuerda del otro lado, comencé a caminar semiagachado para evitar que me vieran antes de la cuenta. Conan comenzó a quedarse en muestra, una guía y otra muestra, así 30 metros hasta llegar a una zona de carrascos. El corazón se me salía del pecho, Conan temblaba y de pronto… brbrbrbrbrbrbrb. En medio metro de aire entre los carrascos vi al menos una perdiz, salí corriendo para dejar a un lado las matas e intentar disparar, pero ya estaban largas, solo una se había quedado más rezagada, por lo que, aunque fuera de lo que entendemos por un tiro normal, descargué los tres del Rémington con la Franchi. No hubo suerte.

Ahora se habían dirigido hacia un lugar mucho más cubierto de vegetación, casi inaccesible en algunos puntos, muy próximo a la orilla del Duero, en la zona que se conoce como la Faya del Pollo, así es que nos dirigimos hacia allí. De nuevo Conan dio con la zona en la que se habían posado, varias muestras del caliente, guías increíbles, pero las perdices ya no estaban. Así que para casa nos trajimos el 'bolo', pero también unos momentos imborrables tras la reina de la menor. Buena caza.

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