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Después de la pandemia

Después de la pandemia

OPINIóN
Actualizado 29/11/2021
Francisco López Celador

Contagiado por el puñetero covid-19, nuestro mundo padece una pandemia. En mayor o menor grado, nadie se está librando del contagio. En función del acierto a la hora de contrarrestar sus efectos, y de los medios de que dispone cada uno, unos países resultan más castigados que otros. En el nuestro, a pesar de palmarias dejaciones, en el aspecto sanitario no somos de los peores. La gravedad nos viene por el lado económico. Muchos de los llamados países del tercer mundo, por muy bien que organicen sus políticas, carecen de los recursos necesarios para llevarlas a buen puerto y su situación es grave. Un segundo grupo de naciones, dirigidas por políticos bien preparados, ven amortiguados los problemas sanitarios con medidas inteligentes, a la vez que, con los medios apropiados, consiguen salvar su economía. Por último, los hay que, por estar gobernados por políticos ineptos, y a pesar de contar con los medios necesarios, acaban sumando a los efectos del virus, los de una crisis económica. Ese es nuestro caso.

Según las definiciones de epidemia, pandemia y endemia, España está inmersa, sanitariamente en una pandemia, económicamente en una epidemia y, agrupadas ambas, podría perpetuarse peligrosamente en una endemia. Tenemos el virus, los políticos incompetentes y su claro deseo de perpetuarse en el poder. Como decía mi abuelo: blanco, "migao" y cucharas alrededor.

Nuestro problema es que hasta los ciegos están viendo las barbaridades que comete Sánchez a diario para no abandonar el gobierno, y nadie parece tomárselo en serio. La derecha, unas veces porque están más pendientes de atacarse mutuamente y de ver quién es más español que de colaborar unidos, y otras porque, para no ser calificados de retrógrados, intentan "levantar el pie" cuando afean su conducta, están equivocando su verdadero papel. Cualquier partido político que esté dispuesto a pactar con Sánchez, sin que este rectifique ninguno de sus atropellos antidemocráticos, estará traicionando la confianza de sus votantes. Además, el gobierno, como poder ejecutivo, ya ha renunciado a su obligación de garantizar el total cumplimiento de la ley. En contra de pretendidas justificaciones de "mal pagador", esta oposición no acaba de coger el toro por los cuernos, agotando todos los recursos que nuestro ordenamiento jurídico pone a su alcance. La sangría de votos que sufren los partidos suele ser consecuencia directa de los virajes contra natura que buscan un inservible buenismo a cambio de una ración de vanidad.

La izquierda, por su parte, fiel a sus principios, estará siempre dispuesta a tolerar cualquier conducta inapropiada de su gobierno, si con ello puede mantener alguna ventaja. Es curioso, por ejemplo, el fenómeno que puede observarse en el comportamiento de los dos grandes sindicatos, según sea el color del gobierno. Cuando gobierna la izquierda, las reivindicaciones de los trabajadores, si no son reclamadas por ellos mismos, pueden pasar desapercibidas, por muy sangrantes que sean y por mucho que haya aumentado el desempleo. Cuando ya se enciende la mecha -como ha sucedido en Cádiz-, acuden al aquelarre los cientos de liberados que nunca se han manchado las manos, incluido ese sindicato de estudiantes que nadie conoce en las aulas. Este tipo de protestas siempre han gozado de trato especial por parte de las autoridades y, con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, contarán con el apoyo explícito de algunos gobernantes. Acabaremos viendo cómo los manifestantes persiguen a las Fuerzas de Orden Público. Por el contrario, cuando la izquierda está en la oposición, a pesar de que haya mejorado la situación, movidos por los liberados ?cuyo puesto de trabajo no siempre se ve en peligro-, movilizarán a sus compañeros y a los sicarios antisistema que siempre acuden como los buitres a la carnaza.

Estamos asistiendo al momento en que Sánchez ha dejado de disimular y no se corta lo más mínimo para garantizar su permanencia en la Moncloa. Ni Constitución, ni Parlamento, ni Tribunales, ni Disposiciones Europeas podrán servir de freno a su ambición de poder. Se ha juntado el hambre con las ganas de comer. Sánchez necesita a quienes tampoco son partidarios de respetar esas Instituciones, y estos no encontrarán otro gobierno dispuesto a concederlos tantas prebendas.

Hablando de prebendas, hasta conseguir los votos necesarios para aprobar los PGE, hemos asistido a un rosario de concesiones económicas a partidos de ámbito autonómico que aumentan una injusta "asimetría" con el resto del territorio. Presupuestos que, según dice la ministra de ramo, han sido aprobados "en tiempo y forma". Le compro lo del tiempo, en cuanto a la forma, convendrá conmigo que no ha sido, ni mucho menos, la más edificante. No conformes con eso, y vista la absoluta dependencia de sus votos, se han cebado añadiendo a su alforja todas las viejas reivindicaciones nacionalistas que nunca fueron atendidas por inconstitucionales. Todos pensaron: ¡Esta es la nuestra! Así, se aceleran infraestructuras en contra de las previsiones ya establecidas, se prescinde de las Fuerzas de Seguridad en algunas Autonomías por el mero hecho de ser españolas, se mira para otro lado ante insultantes negativas a cumplir lo ordenado en la Constitución y las sentencias de Tribunales Estatales, se renuncia a legislar lo necesario para combatir adecuadamente esta pandemia, o para poder facilitar esa labor a las Autonomías. ¿Es que los españoles estamos condenados a figurar siempre en el pelotón de los torpes?

Si nadie quiere que mejore este desastre de nación, nuestro gobierno acabará siendo una epidemia, España perderá el tren de las naciones que se recuperan y nos convertiremos en un país endémico. Para estas enfermedades, la única vacuna eficaz es el voto. Quien quiera volver a subirse al tren del verdadero progreso y la verdadera democracia, ya sabe cómo sacar el billete; de lo contrario, no podrá quejarse.

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