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Ya no queremos ser...
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Ya no queremos ser...

OPINIóN
Actualizado 08/11/2021
Miguel Mayoral

Bertrand Rusell afirmaba que la buena vida está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento. Las dos cosas suponen esfuerzo. Hay que ser muy consciente y generoso para repartir el bien a los que nos rodean. La gratitud es la memoria del corazón.

Algunos recordamos que en nuestra tierna infancia todo el mundo nos preguntaba qué quieres ser de mayor. Nos poníamos de esta forma retos que algunos conseguían a lo largo de los años más pronto o más tarde. Al menos si no conseguíamos el máximo, todos aspirábamos a un mínimo que era ser padre o madre.

Hoy en día la gente ya no quiere ser ni elegante, ni inteligente, ni responsable, ni licenciado, ni doctor, ni siquiera líder, ni padre, ni madre, ni nada. Parece que tan sólo se quiere seducir partiendo del esfuerzo cero o del engaño. Seducir no es otra cosa que apoderarse de alguien de confundirlo con medios hábiles e insinuantes. Tener seguidores. Ser popular ante el populacho como si la popularidad fuera algo eterno o se comiera toda la vida de eso o se pudiera fundar un futuro o una familia.

La acción de seducir lleva el placer añadido de dejarse seducir. Aparentar sucumbir al placer equivale a alcanzar la felicidad. La seducción por la seducción mata el aburrimiento, y la esclavitud de la realidad. Es como el comprar por comprar. La seducción del estado del bienestar consiste en la falsa asunción de toda responsabilidad que le delegan los propios ciudadanos. Tener deberes o responsabilidades es una carga demasiada pesada, para quienes creen haber nacido con derechos. Para algunos hasta es un orgullo pasearse por la calle haciendo el mamarracho, el irreverente, proclamando toda su soez y su degradación, mientras el Estado vela para que el ciudadano sea libre de luchar por su propio placer. Asume incluso toda la responsabilidad para que todos podamos ser irresponsables. De ahí que cada día tengamos más conversos a una nueva religión que llegan de todas partes a nuestro país. El resultado de esta actitud se ha repetido históricamente y conduce a la destrucción de la sociedad y al fracaso.

A día de hoy un programa verdaderamente político es aquel en que el poder asume todas las responsabilidades o competencias, incluso la idea de lo que está bien o mal, o quién es el enemigo a batir, o sea a los que no piensan de la misma forma, convirtiendo a la política en un vacuo espectáculo de odio y venganza. La ideología como instrumento está dando paso a la imagen y a la apariencia como armas inequívocamente veraces. Hemos asistido y asistimos a títulos, másteres, doctorados, que adornan curriculum vitae comprados en cualquier supermercado universitario, para gente de la clase política que aspira o aspiraba después a una puerta giratoria o un puesto en la administración. La consecuencia es que para igualarnos parece que ahora se quiere salvar a las masas de su aversión a la responsabilidad y al estudio y se ha conseguido aprobar los estudios con suspensos cosa impensable para la mayoría de los que pasamos por las aulas. No es raro que esta forma de consecución de un futuro haya seducido a más de uno a lo largo de la historia. Pero al final el camino se demuestra andando. Como decimos en Castilla el paño bueno se guarda en arcas viejas, o que es lo mismo que afirmar que la sabiduría se consigue con la edad y podríamos añadir que el bienestar, la tranquilidad y la riqueza.

La política espectáculo o aparente enmascara los problemas de fondo, sustituye los programas por el encanto, la imagen, el buenismo o infantilismo, incluso la soez a la que cada día estamos más acostumbrados y entorpece la verdadera capacidad de razonamiento y juicio, en provecho de las reacciones emocionales y de los sentimientos irracionales de atracción y simpatía en el populacho. Con esta realidad política, los ciudadanos se han infantilizado o desaparecido, ya no se comprometen en la vida pública y se han alienado trasteando con artilugios e imágenes. Al final tampoco existen los expertos a los que se acude cuando no tenemos respuestas.

La democracia se ha pervertido. De parece repente la vida imita a la ficción donde el mérito y el esfuerzo no existen. La gente parece que ha descubierto que muchos se labran una vida intelectual al compás de trastear con la imagen. Es la confirmación de que la apariencia y la seducción por la imagen es hoy el nervio social más poderoso y que la imagen manufacturada para algunos es todavía irresistible, a pesar de muchos de esos guapos y guapas de antaño marras, del corazón y papel couché de la década de los noventa están hoy arruinados, muertos, enterrados y olvidados.

Que alguno crea que todavía puede liderar imitando a la ficción, y que la gente no descubra que lo real va más allá de la imagen, es la confirmación de que la apariencia es hoy de nuevo el nervio social más poderoso y que la imagen manufacturada es irresistible apoyada por las nuevas tecnologías. La realidad queda a un lado, no existe y tampoco la libertad de conciencia y expresión al menos en voz alta frente al progresismo laicista imperante.

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