Viernes, 28 de enero de 2022
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Otoño pertinaz 
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Otoño pertinaz 

OPINIóN
Actualizado 01/11/2021

Aquí donde vivo no nos libramos del otoño; ya sea en su versión poética, de castaños, setas y bosques de todos los colores como en la terrible, de lluvias monzónicas que traen el frío del invierno antes de tiempo y alguna promesa de nieve temprana. En estos cambios de tiempo recuerdo siempre un chiste que hacían mis mayores sobre Salamanca y su falta de estaciones: decían que solo había dos, la del tren y el invierno. Pues en Bruselas nos sobran estaciones y trenes, pero el otoño, cuando se empecina, dura todo el año, y a veces incluso empieza en julio. El de este año me temo que es de estos últimos.

En Bruselas no lloramos por falta de agua ni tenemos que engordar cochinos en montanera, así que las lluvias otoñales nos importan poco, aunque nos traen mucho verde, eso sí; pero también mucha melancolía para quienes ya somos tendentes a ella. Es el momento en el que los días se acortan y la luz, esa que todavía es gratis, escasea y es oblicua desde el momento del amanecer, que también por mor de los cambios horarios (que nunca sabemos si consisten en adelantar o atrasar el reloj) es cada vez más tarde; y levantarse de noche para ir a trabajar pone de malhumor a cualquiera. Es el momento de arrancar las calderas y acordarse del señor del mantenimiento, que no vino cuando dijo que iba a venir; de guardar los pantalones cortos hasta el año que viene y de prepararse para un invierno al que, aparte del Coronavirus, la gripe y demás parientes, muy pocos dan la bienvenida.

Si la tierra se está calentando y se está convirtiendo en una señora madura con sofocos menopaúsicos, bien podría repartirlos mejor y regalarnos a los habitantes de estas latitudes un poco de ese "veroño" que disfrutan los del sur cuando ya están hartos de sol, de terrazas y de ir en sandalias. Al norte de Paris llevamos ya varias semanas con el plumífero puesto, aunque sea en su versión ligera; porque todos tenemos otro más grueso y con más y mejores plumas que reservamos para cuando llega el invierno de verdad que, insisto, muchas veces apenas se distingue del otoño. Los cambios de armario se inventaron para dar trabajo a las madres de familia y rebajar en cierta medida la carga psicológica que supone ir con el abrigo y el jersey de lana más de seis meses al año; aunque tengo amigos de varios países que me señalan que eso de cambiar los armarios es propio de climas del sur, e incluso quien asevera que es propio de españolas y españoles que tienen pisos pequeños y mucha ropa que almacenar en ellos.

De mis otoños en España, guardo como un tesoro de mi memoria la llegada de las castañeras, que estarán al caer; sus puestos hechos con tres tablas y sus calboches de brasas auténticas que me parece a mí que también han pasado a la historia, como las castañas contadas por duros y envueltas en papel de periódico. Solo en Italia he encontrado algo parecido en mis muchas vueltas por Europa, y ni que decir tiene que siempre fui consumidora habitual de aquellas inmensas castañas envueltas en las páginas rosas de La Gazzetta dello Sport. Como también sigo consumiendo castañas asadas cuando aparezco en Salamanca en mitad del "veroño", que no sé si es porque ahora te las dan en unas asépticas barquetas de cartón reciclable o porque la temperatura exterior muchas veces te pide horchata más que otra cosa, pero ya no me saben igual. Será también cosa de la edad.

A los habitantes del norte, donde las castañas están a quince euros el kilo, nos vale con que el otoño nos deje pasear por sus bosques y no nos amenace con vendavales ni inundaciones. El del año pasado, sumados los fenómenos atmosféricos a lo peor de la pandemia, nos dejó un cierre de restaurantes, hostelería y todo tipo de establecimientos comerciales que nos hizo ahorrar involuntariamente, engordar como si de verdad estuviéramos aprovechando la montanera de unas bellotas inexistentes en estos lares y sumirnos en una tristeza que si llegamos a saber que iba a durar hasta el mes de mayo a lo mejor hasta hubiéramos puesto pies en polvorosa. Pero el ser humano tiene una capacidad de adaptación ilimitada, a Dios gracias.

Y después de un año con pocos cambios de estación, y en mi caso, con el armario ya cambiado (sí, me acuso, yo también lo hago) aquí estamos otra vez, esperando a ver si el otoño nos trae algo bueno. No padeceremos la pertinaz sequía, pero padecemos, casi cada año, un otoño pertinaz; y para mi gusto, demasiado largo.

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