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España, la primera globalización

España, la primera globalización

OPINIóN
Actualizado 01/11/2021
Antonio Matilla

España, la primera globalización | Imagen 1Ayer tuve la fortuna de poder ver este magnífico y bien rodado documental dirigido por José Luis López-Linares sobre una parte sustancial de la verdadera historia de España, en el que se desmonta, punto por punto, la Leyenda Negra que acompaña a todos los Imperios, también al nuestro.

La Leyenda Negra española tiene una peculiaridad que la distinguen de todas las demás: los españoles somos los únicos que nos creemos nuestra Leyenda Negra y la hacemos propia, creyéndonosla como si fuera palabra sagrada indudable, un dogma, vaya, cuando es en realidad una gigantesca mentira.

¿Por qué los españoles nos creemos la Leyenda Negra que inventaron otros por envidia o porque, simplemente, no podían derrotarnos militarmente? Una de las causas puede estar en el abuso que el franquismo perpetró con un uso ideológico de la historia imperial española, que ha venido seguido de otro uso ideológico, de signo contrario, el llevado a cabo por la izquierda y por los progresistas. Es lo que tiene, de una parte y de otra, el no atenerse a los hechos históricos y pretender juzgar hechos de hace más de quinientos años con criterios del siglo XXI.

Un paradigma, una idea-fuerza, que define el mundo del Siglo XXI es la globalización, una de cuyas manifestaciones últimas ha sido el acuerdo del G-20 de tener vacunado contra el SARS-CoV2 al 70% de la población mundial para mediados del 2022, según manifestó su presidente y actual Primer Ministro italiano Mario Draghi. Esta globalización de la vacuna vino precedida por la globalización de la investigación biomédica que, en pocos meses, consiguió secuenciar el genoma del virus y lanzar la producción multimillonaria de distintas vacunas, por todos conocidas, incluida una española, que está a punto de empezar ensayos clínicos masivos. Principios quieren las cosas: esta globalización positiva comenzó con la vuelta al mundo de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián de Elcano, lo que permitió además la primera globalización financiera, simbolizada en el real de a 8, acuñado con plata mejicana. Como todo lo humano, la globalización también está sometida al pecado original, como lo estaban los humanos de Atapuerca, capaces, a la vez, de lo más atroz y de lo más sublime: matarse entre sí o ayudar a llegar a la adultez a un miembro de la tribu enfermo, cuidando de él.

El pecado original, el egoísmo y la avaricia y, en general, la maldad propia de nuestra especie, tiene algunos antídotos, ampliamente desarrollados por el Imperio español: la educación, que llevó a fundar en América y en Filipinas treinta universidades, la primera de ellas la de Santo Tomás de Aquino en La Española, actual República dominicana, obtuvo la bula del Papa Paulo III en 1538, noventa y ocho años antes de que fuera fundada la primera Universidad norteamericana, la de Harvard, en 1636. Todas las Universidades fundadas en los Virreinatos americanos siguieron, por cierto, el modelo de nuestra Universidad de Salamanca.

Otro antídoto contra la mala globalización fue la Ley, las Leyes de Indias, desarrolladas a partir del momento en que la Escuela de Salamanca impuso la idea de que los indios tienen alma y que, por tanto, no se les podía esclavizar. Es lo cierto que algunos colonizadores siguieron la trampa más que la Ley, pero es también un hecho que en los países hispanoamericanos, o iberoamericanos, para incluir a Brasil, sigue habiendo indios, y que en muchas de esas repúblicas son mayoría, mientras que en los territorios colonizados por los anglosajones, los descendientes de los pobladores autóctonos fueron recluidos en reservas y llevados a la práctica desaparición, cosa que ahora intentan remediar, a buenas horas mangas verdes, en Canadá y Estados Unidos. Aunque quizá más importante que el respeto y la protección legal de los indios fue el mestizaje que se dio desde el primer momento en las provincias americanas del Reino de España, pues no solo no estaba prohibido el matrimonio de españoles con indias ?sí lo estaba en la mayor parte de colonias anglosajonas-, sino que estaba recomendado por las Leyes y, en el caso de que la mujer procediera de la nobleza indígena, sus hijos mestizos conservaban el título nobiliario de la madre, del padre, o de ambos. A modo de ejemplo contrario: la española Anita Delgado, que se casó ¡en 1908! con el maharajá de Kapurthala, ella y su marido, sufrieron discriminación porque el matrimonio mixto estaba prohibido en la India, a la sazón colonia británica.

Se ha desatado en los Estados Unidos de América del Norte y en Hispanoamérica un sarampión ideológico indigenista que, como todas las ideologías políticas, suelen construirse contra algún enemigo exterior. Y así el Sr. Presidente de México, López Obrador (AMLO), el dictador Maduro de Venezuela, el Licenciado Castillo, recién elegido presidente de la República del Perú, entre otros, culpan a España de todos los males patrios, sobre todo de los más pobres y, especialmente, de los indígenas. En USA, por su parte, decapitan estatuas de Colón y de San Junípero Serra, pero no se atreven a cambiar de nombre a Los Ángeles, San Francisco, San Diego, Santa Mónica, Sacramento y otros miles de topónimos españoles. ¿O es que estos cientos de ciudades y pueblos se llaman así, en español, por casualidad?

Es posible que no tengan en cuenta varios hechos: 1) Que España gobernó aquellos Virreinatos y provincias americanas durante trescientos años, pero que hace ya doscientos que no manda allí; 2) Que las burguesías y las élites "latinoamericanas" llevan detentando el poder en sus respectivos países más o menos esos doscientos años, a veces con "ayudas" externas, sobre todo de USA y de la URSS y de su discípula aventajada Cuba; 3) Que, en general, los indígenas lucharon militarmente a favor de España desde la conquista de México hasta las últimas batallas de sus procesos de independencia nacional. Los indios, cuando pudieron elegir entre el Rey de España y las élites independentistas, generalmente estuvieron del lado del Rey. 4) las guerras fratricidas del siglo XIX entre las diversas naciones hispanoamericanas o la misma Guerra del Chaco, tan cercana en el tiempo a nuestra Guerra Civil, que diezmaron a la población y destruyeron la economía ¿habrían sido posibles bajo la Corona de España? He aquí algunos motivos de meditación para los indigenistas?y para los españoles.

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