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De cómo el Lazarillo cayó al río y fue salvado in extremis (III)
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De cómo el Lazarillo cayó al río y fue salvado in extremis (III)

OPINIóN
Actualizado 02/09/2021
Luis Castro Berrojo

De cómo el Lazarillo cayó al río y fue salvado in extremis (III) | Imagen 1Pero ya relataré a Vuesas Mercedes, si les place, esotra historia de las roturas de la pesquera de Tejares, que tiene que ver con la caterva de gobernantes ineptos y mal beneficiados que asola nuestra patria España. Como venía diciendo, yo, por no tener que vérmelas una vez más con la justicia, que harto me había castigado ya, me alejé presuroso del lugar porque los guardias no me aprehendieran a mi también. Así que fuime corriendo, con tan mala fortuna que resbalé y caí al río por donde más profundo era. (Cierto es que el Tormes engaña, pues parece que se cruza a pie enjuto de un lado a otro, pero no faltan pozos peligrosos). Ya pensaba que allí acabarían mis días, pues nunca fui de nadar ni bucear corrientes y además me hallaba muy debilitado por el hambre y la dolencia. Braceando contra las procelosas olas del Tormes ya empezaba a rezar las que pensaba serían mis últimas oraciones cuando quiso la Providencia remediar mi situación.

Estaba, como digo, ahogándome y haciendo balance de mi vida y preparándome a ingresar en el mismo infierno o, siquiera, en el purgatorio de los pícaros, por la intercesión de la Virgen de la Salud y por las oraciones de mis amos, entre ellos el padre Putas (pues así le llaman, incluso en el cabildo, cosa que yo sé bien por haber sido servidor suyo y abastecedor de material, por así decir); y en ese trance, digo, se me aparesció de entre las aguas un bulto oscuro que resultó ser no un mostruo escupido por la ballena, como lo fue Job (o Jonás, que en escrituras no ando muy ducho), sino un vecino que se hallaba en medio del río pescando cangrexos, lampreas y rodaballos fluviales (que antes aquí se criaban buenos), el cual lanzó su anzuelo hacia mi, pensando que sería una buena pieza.

Y quiso mi suerte, o mi ángel de la guarda, como ya he dicho, o la madre que lo parió, que me llegara a agarrar con su gancho en las calzas por la parte del culo, con perdón, cuando ya estaba a punto de caer, empujado por las olas, entre las muelas pétreas del fondo del molino, que iban a moler fatalmente mis pobres huesos. De ese modo, un mismo lugar hubiera sido el de mi nascimiento y el de mi paso a la otra vida, que mejor hubiera sido que esta para mi. Pero el pescador me fue allegando a la orilla tirando de la caña y luego me echó una mano y me salvó, dando muchas muestras de alegría al reconocerme como Lázaro de Tejares o del Tormes. Y dijo entonces que mucho se deleitaba en cuidar de la pesquera y del río, y de sus florestas y animalias, pero que mucho más se congratulaba de salvar de las aguas a un espécimen como yo, que tanto bien había hecho por el renombre y fama del río, de Tejares y de Salamanca, que eran conocidos por todo el orbe gracias a mis aventuras.

Y luego me relató su vida y me dixo que aún podía sentirme aventurado, pues él mismo era aún más pobre que yo, ya que no solo no tenía dineros ni viandas, sino que ni aún dientes había con qué comerlas. Y yo, movido de compasión, rebusqué en mis bolsos vacíos y le entregué por el amor de Dios los últimos ochavos morunos que me quedaban.

Más adelante, cuando llegué a bulero y mejoró mi posición, este sujeto, al que algunos llamaban "el Hombre amfibio", pues se pasaba media vida metido en el río, me dió varios sablazos y una vez me pidió cien ducados para poder comer. Y le pregunté que qué viandas exquisitas tomaba, pues con un ducado podía hartarse de pan y tocino.

  • - Señor Lázaro, me respondió, advierta Vuesa merced que carezco de dientes, de modo que no podré comer ni eso ni nada si antes los médicos no me ponen algunas piezas en la boca.

(Continuará)

(Imagen: Dibujode Inocencio Medina Vera, en Wikipedia)

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