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La lámpara de la salud 

La lámpara de la salud 

OPINIóN
Actualizado 14/05/2021
Mercedes Sánchez

Esa mañana, a pesar del cansancio, se levanta con un nuevo impulso, añadido a su vocación de cada día, y su absoluta seguridad de hacer, siempre, todo lo mejor por sus pacientes.

Mientras prepara todo lo de diario, recuerda algunas cosas aprendidas hace tiempo sobre Florence Nightingale, aquella dama de muy acomodada familia inglesa, nacida en Florencia en 1820 que, muy joven, tuvo la clara intención de querer entregar su vida al cuidado de los demás. De su padre recibió grandes conocimientos de matemáticas y literatura, aprendió varios idiomas, algo muy inusual en las mujeres de su generación, pues en la época victoriana la norma era que se prepararan para llevar una casa esperando que un hombre las pretendiera y dedicarse en exclusiva al cuidado de su familia. En sus viajes a distintos lugares de Italia, Grecia, Alemania, Egipto? fue conociendo a diferentes personas que marcarían un hito en su vida futura, a la vez que iba formándose en diversas disciplinas relacionadas con la salud y el cuidado de los pacientes. A través de sus contactos, pudo ir a la guerra de Crimea con un equipo de enfermeras formadas por ella misma, y tratar a soldados afectados por distintas epidemias. Sus avanzados conocimientos de estadística le permitieron, además, realizar estudios pioneros en la representación gráfica de los datos para su mejor comprensión por parte de personas no formadas en este aspecto, haciendo ver las carencias que podían suplirse con las dotaciones sanitarias y el enfoque de las intervenciones, lo que produjo que, posteriormente, fuera nombrada miembro tanto de la sociedad de estadística británica como de la americana.

Sale de estos pensamientos cuando de pronto ella le llama al móvil, recordándole, sin ser necesario, que hoy recoge ella a los niños en el colegio ya que él tiene un pequeño acto en el hospital con los compañeros, todo muy breve y al aire libre por el dichoso virus.

Cuando cuelga, él continúa metiendo la ropa en la lavadora. Dedicarse ambos a la sanidad, él enfermero, ella médico, supone una metódica tarea de relojero en la organización familiar para compatibilizar horarios, turnos, guardias, y barajarlos con exactitud con las clases y demás actividades de sus hijos. A ver si baja la incidencia, y podemos tener unos días libres, piensa mientras se afeita, que ya llevamos más de un año de pandemia y estamos sobrecargados.

Mira de nuevo el reloj. Aún queda tiempo para pasar la aspiradora. Mientras, le viene a la memoria la cara de Germán, que a sus 72 años, recién vacunado de la primera dosis, se asfixiaba de estar tan recluido en casa y tenía tantas ganas de respirar, que se juntó con amigos pensando que tenía la inmunización total. Ahora se asfixia en la UCI, lleva varios días con respirador.

Desconecta la aspiradora porque de pronto le empieza a faltar el aire: no sabe si éste podrá salir adelante o si será otro paciente añadido a su experiencia diaria, a la de todos sus compañeros, al que finalmente habrá que dar de baja en el hospital por el maldito virus, ese David minúsculo que dispara su honda a su antojo, sin normas, sin fechas, sin respeto, tampoco, a edades, a situaciones, a agotamientos o cansancios de la población y de los propios sanitarios.

Durante sus insomnios, en los que revive una y otra vez la impotencia ante tantos pacientes irremisiblemente perdidos durante la etapa más feroz de la pandemia, recuerda a Florence, esa pionera que cambió el enfoque y la formación de la enfermería profesional a la que llamaron "la dama de la lámpara" por realizar las visitas a sus enfermos, en el turno de noche, acompañada de un candil.

A menudo vienen a su memoria los meses de aplausos y apoyo incondicional a la sanidad desde los balcones, hoy tan silenciosos. Tiene guardadas todas las cartas y dibujos que recibió en aquella época de quienes, con su ayuda, pudieron salir adelante. Revisarlas le da mucha fuerza, y piensa, con una sonrisa en la boca, en cuánta gente más podría ayudar si viviera 90 años, como aquella dama, fallecida en Londres el 13 de Agosto de 1910.

Innumerables personas, desde su vida cotidiana, rememoran a veces aquellos días terribles en que estuvieron ingresados con coronavirus. Siempre mantienen en sus corazones, llenos de gratitud, la sonrisa y los cuidados de este profesional de enfermería que les hizo la vida mucho más fácil y que fue la lámpara que iluminó su camino hacia la salud.

Recordando la fecha de nacimiento de Florence Nightingale, el 12 de Mayo se celebra el Día Internacional de la Enfermería.

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