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Don Marciano Sánchez, mi profesor

Don Marciano Sánchez, mi profesor

OPINIóN
Actualizado 05/11/2020
Valentín Martín

Sesenta años después, cuando he perdido la turbiedad de la palabra, la prosperidad vive en las UCIS y afuera los besos son delito, ha ocurrido un milagro. Un recorte de periódico apareció en casa. El recorte viajó por pueblos y mudanzas, durmió una larga indiferencia, y cuando no amanece sino todo lo contrario, se presenta como una virgen en los zarzales.

Este recorte de periódico que debería estar muerto, es el comienzo de todo. Resto que queda de El Adelanto, referencia centenaria de una Salamanca que se sumergió en el abismo de los tiempos, y con él vuelve don Gabriel Hernández, viejo director que iba para eterno al final de su castillo en la Gran Vía. Para firmar sus artículos, don Gabriel Hernández utilizaba seudónimo, debía de parecerle poco su nombre de arcángel y santo.

Este recorte de periódico de El Adelanto se debe al viejo director y sin duda a madre que debió de ser la primera albacea. Morir es cuestión de tiempo, sobrevivir a los avatares durante 60 años es sólo una posibilidad poco probable.

Porque este recorte de periódico de El Adelanto de don Gabriel Hernández sucedió mucho antes que Ullán, Requejo y otros merodeasen su paisaje. Por entonces, cuando ellos, El Adelanto era un periódico con las puertas y ventanas abiertas a la universidad, y a aquellos maestros nacionales que en los pueblos lejanos rumiaban su soledad literaria, y tal vez maldecían haber equivocado su profesión.

Este recorte de periódico de El Adelanto de don Gabriel Hernández se debe al tiempo chico de un niño en el que creyó más que nadie su profesor de literatura don Marciano Sánchez.

Porque fue don Marciano Sánchez quien atisbó la posibilidad periodística que había en aquel trabajo de clase de su alumno, lo pasó a máquina, lo envió al periódico, y ahí empezó todo: 60 años de pasión en los que cabe no lo mejor de una vida, sino la vida entera. El alumno convertido en escribidor ya no paró nunca.

Qué importantes los profesores de bachillerato cuando son de verdad, y no funcionarios que una vez acabada la clase se dedican a sus asuntos. Que tien madre como le decía la señá Rita al Julián. Pues claro. Y su corazoncito, como canta la habanera de nuestro paisano Tomás Bretón en "La verbena de la Paloma". Y también los médicos. Y hasta los periodistas, ya ves tú, que aquel alumno de don Marciano Sánchez cuando se dedicó a su oficio, lo vivió con la intensidad que exige, así que no estuvo al nacer ninguno de sus hijos. Y la muerte del dictador la vivió durante un mes durmiendo en la sala de espera de un periódico, por si se hacía oficial que el general había pasado ya oficialmente a cadáver.

Qué importantes son los profesores de bachillerato, repito. Y de todos ellos el mejor, don Marciano Sánchez. Los años de bachillerato dan para mucho. Para llenar el granero con el aprendizaje que procuraba don Marciano Sánchez, y así defenderte después en la universidad de enseñantes filofascistas como Vintila Horia, por poner un ejemplo. Con el riquísimo bagaje de don Marciano Sánchez resultó luego imposible desaprender.

Recuerdo la última hora del sábado tarde, cuando tocaba clase de literatura con don Marciano Sánchez. Y recuerdo aquellos sábados con la misma felicidad con que luego se viven las vísperas de las novias.

A don Marciano Sánchez le gustaba mucho Camilo José Cela. Y juntos sus alumnos y él gozábamos "El viaje a la Alcarria". Aquel extraordinario profesor de la sierra de las Quilamas tenía una convicción: que mejor que Cela era Álvaro Cunqueiro, sólo que este era mucho más vago. Yo me sigo creyendo todo lo que don Marciano Sánchez sostenía y en su nombre lo mantengo.

De don Marciano Sánchez aprendí los pilares del oficio de escribir. Un adelantado a su tiempo, él nos inducía a huir de lo abstracto como ha hecho ahora nuestra paisana Paz Battaner y parece que ha descubierto un mundo. Si queréis escribir un árbol, no os lo imaginéis: id y poneos frente al árbol -decía.

Sesenta años antes, don Marciano Sánchez nos enseñaba la técnica de Azorín con su prosa tan sencilla como profunda, rayando la perfección cuando para contar una casa por dentro, el de Monóvar que tantos vaivenes ideológicos padeció, nos situaba en una colina lejos de la casa y nos hacía bajar de la colina de luz hasta la umbría de la casa. Por el camino, el laboreo minucioso de escribir y describir todo lo que unía a la colina y a la casa.

Don Marciano Sánchez, la exactitud del idioma. Con él aprendimos la diferencia entre ver y columbrar, entre la metáfora y la imagen, cosas que estaban en la naturaleza del idioma y la literatura, herramientas que hay que conocer y sobre las que luego poder edificar esa instantaneidad que es un libro, un artículo, un trozo de papel enamorado de la tinta.

Entre aquella decisión de don Marciano Sánchez y hoy que se acaban los caminos ha pasado mucho agua bajo el puente.

Agua que lleva consigo al hombre que dejó de ser juventud y grito, con la herencia de soledades en barbecho, memoria que se resiste a ser exterminada del todo, la flor de ayer enamorada, y el vicio de las precauciones.

Porque el alumno de don Marciano Sánchez supo enseguida lo que todos en Estados Unidos de América conocen y no dicen: el 77 por ciento de sus soldados muertos en guerra han sido víctimas del fuego amigo, los mataron los suyos. Así que protegió su vida bajo el silencio más posible.

Don Marciano Sánchez, mi profesor que sigue horadando la huella de aquellos años de helechos, castañas y pájaros en su pueblo de Robledo Hermoso. De él bebo todavía los sueños literarios que me quedan.

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