Martes, 18 de enero de 2022
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La tienda 

La tienda 

OPINIóN
Actualizado 25/09/2020
Ángel Gómez

Los que somos de pueblo y hemos vivido nuestra infancia en él vivimos la experiencia de "ser educados por la tribu", o sea que todas las personas del pueblo estaban pendientes de los niños fueran o no de la familia.

De hecho éramos una familia sin serlo, todos se ocupaban de los demás con las diferencias lógicas de convivencia, no todos tenían "buena relación" con todos.

Si había (y hay) un lugar donde el cuidado de los vecinos se llevaba a diario era la tienda del pueblo.

Las nuevas generaciones veréis de vez en cuando en las redes sociales que alguien hace un homenaje a la tienda de su infancia, era ese lugar donde en épocas de escasez se podía comprar y pagar después: "que me ha dicho mi madre que me ponga usted medio de escabeche y que se lo apunte"

Los que nacimos en la segunda mitad del siglo pasado nuestra infancia fue con estrecheces debido a la situación tan larga de posguerra que padecimos, aunque en los pueblos quien más quien menos tenía unas gallinas algún marrano para la matanza, una pequeña huerta donde cultivar patatas, alubias, fréjoles, tomates, etc. la situación no era tan acuciante.

Aun así había productos que había que comprar y las tiendas estaban ahí. No eran un simple negocio, ni aun hoy lo son; cumplían una función social nunca reconocida. Eran esos héroes que adelantaban el dinero para que algunos de sus vecinos pudieran comer, no era la norma general pero desgraciadamente había casos.

Aquella situación pasó y hoy día escasez alimenticia no hay, hay otras necesidades que en una sociedad civilizada como la nuestra deberían ser anecdóticas o no existir, me refiero en concreto a las situaciones de los pequeños pueblos donde es más difícil que un negocio pueda subsistir, los clientes son cada vez menos, la despoblación hace estragos y no interesa ponerle remedio (por parte de nadie).

Una tienda de un pueblo pequeño no puede mantenerse con las cien personas que pueda tener como clientes, (si llegan) es imposible. Tienen el salvavidas del verano en que la población crece y pueden guardar como las hormigas en verano para el invierno, pero no es la solución ni forma de vida, y para colmo hay quien dice que abusan, que en el supermercado de su barrio es más barato, que los precios son más altos que en la capital, es lógico, poner el mismo producto en la tienda de mi pueblo es más caro que ponerlo en un supermercado de la capital. Los impuestos: seguros, luz y otros gastos que tiene la tienda del pueblo son los mismos que la de la capital, una de las soluciones que he propuesto en los foros de debate donde he sido invitado es la bonificación fiscal (junto con otras medidas) de cualquier negocio en el mundo rural, con densidades de población muy bajas, favorecería el asentamiento de población y el beneficio revertiría con creces en los ingresos del estado.

Pero no es la economía lo que quiero analizar, que es muy importante, es la función social que hacen las personas que están al frente de la tienda. En el estado de alarma que hemos vivido se ha comprobado con creces que se han puesto al servicio de sus vecinos procurando tener abastecida la tienda de productos para que no pasaran estrecheces. Desinfectando todo para evitar contagios, recordando que había que llevar mascarilla sobre todo a las personas mayores, que les costaba mas adaptarse a la nueva situación y aun dándole una para que pudieran ir con seguridad "no sé dónde la he puesto hija, no me acostumbro[ÁGC1] "

Llevándole la compra a casa para que no salgan y puedan contagiarse, sin importar la hora. "ahora no puedo pagarte hija, no ha abierto la caja (donde la hay) y no he podido sacar dinero"

Esa es la verdadera función de quien está detrás del mostrador, ahora en esta crisis y todos los días del año, porque se preocupan la salud de quien convive con ellos: "no deberías llevar esto que no te va bien para la tensión" "¿otra vez vas a llevar naranjas? Si llevaste dos kilos antes de ayer"

O ese encargo especial, que el domingo vienen los nietos y quieres tenerle preparada esa comida que tanto les gusta.

El verdadero mérito de quien regenta las tiendas de pueblo es su función social no reconocida, eso sale de cada uno, de los valores que se viven desde pequeño en el ambiente de pueblo, de una sociedad preocupada por sus semejantes, que están ahí y lo seguirán estando hasta que las circunstancias lo permitan o la jubilación llegue.

Y después, ¿qué? Los pocos habitantes que queden en los pueblos ¿qué harán? ¿Qué haremos, cuando los grandes mercados (el capital) haya acabado con la vida del mundo rural? Ahora que hemos visto que el mejor sitio para pasar un aislamiento es en el pueblo, que la población concentrada en grandes núcleos es perjudicial para la salud, no solo en esta pandemia, sino en cualquier época, contaminación, enfermedades respiratorias, pérdida de tiempo en ir al trabajo, soledad en medio de tanta gente, por no hablar de la desaparición de especies que controlan las epidemias: gorriones, golondrinas, aviones, vencejos, murciélagos acaban con los mosquitos que propagan enfermedades. Recordemos la enfermedad del Nilo en Sevilla.

La población del mundo rural es la mejor garantía que el mundo sea más limpio, más humano. Cuando la tienda del pueblo cierre podemos dar por acabado el ciclo de vida de un pueblo.

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