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La Casa Lis, poema de cristal y hierro
MUSEO ART NOVEAU

La Casa Lis, poema de cristal y hierro

CULTURA
Actualizado 14/07/2019
Charo Alonso

Casa asomada a la muralla y al río, fantasía de los viajes de un comerciante enriquecido por la industria de los curtidos. Porque Miguel de Lis era, como Luis Huebra, un salmantino seducido por la modernidad, que viajaba a Paris, a Viena y a Milán a embeb

Hubo un tiempo en el que la Casa Lis era un vetusto sueño decadente, una ruina gloriosa habitada por el parásito del tiempo y del olvido, allá donde la Catedral tejía su sombra sobre el río, barrio viejo de bajos, ocultos y profundos fondos ciudad sumida en el abandono de sus rincones? Imán, jaula de sueños/cruce de arquitecturas? le cantaba Aníbal Núñez, poeta de versos perdidos en el laberinto de los tiempos, los tiempos derruidos en los que la Casa de Miguel de Lis languidecía el sueño de los menesterosos?

Tan rica como había sido, tanto como para dejarse fotografiar, dama opulenta, por la cámara temprana de un Venancio Gombau fascinado. Casa asomada a la muralla y al río, fantasía de los viajes de un comerciante enriquecido por la industria de los curtidos. Porque Miguel de Lis era, como Luis Huebra, un salmantino seducido por la modernidad, que viajaba a Paris, a Viena y a Milán a embeberse de todo lo nuevo mientras Salamanca dormía su siesta no del fauno, sino de la provincia agraria, el retraso secular, la piedra aletargada que no letrada. El fin de siglo danzaba en Europa con la brillantez de la Belle Époque y el despliegue de la Exposición Universal de Paris en 1900 mientras en Salamanca, Miguel de Lis encontraba en Joaquín de Vargas al Gaudí a su medida. Cristal y hierro fundido de Moneo e Hijos, que para algo Salamanca surtía de raíles al tren recién estrenado por el que abogara el Senador Antonio Terrero, abuelo de Inés Luna. Una Salamanca de luz y de modernidad a la que llega el arquitecto jerezano tras pasar por Madrid y trabajar junto a Ricardo Velázquez Bosco, artífice del Palacio de Cristal del Retiro. Mimbres de hierro y cristal para un artista que venía a ocupar la plaza municipal de Secall, el arquitecto que levantara la casa exquisita de los Huebra, símbolo de modernidad en una ciudad adormecida tras el trabajo en el campo. La Casa Lis, poema de cristal y hierro   | Imagen 1

Fue Joaquín de Vargas un salmantino más, emparentado con familia ganadera, artífice de una plaza de toros de ladrillo visto, arcos de hierro, Glorieta exquisita para lucir ciudad de toros, de Mercado Central con aires de Eiffel. No podía elegir Miguel de Lis otro soñador de forja y curvas modernistas para la que sería la casa de sus deseos: techos de estalactitas, galerías acristaladas para un patio de gusto andaluz, nostalgia jerezana. Casa de piedra y ladrillo que aún exhibe en su entrada el 1905 de su finalización, casa de columnas y suelos de mármol de Carrara, casa de estucos floreados y puertas de ebanistería delicada. Casa adornada de todos los objetos del mimo y de la modernidad, aquella que a la señora de la casa quizás le pareciera excesiva y de la que se refugiaba en la capilla de sus amores a rezar a la virgen de Lourdes. Casa asomada al río de las tenerías que exhibe el poderío de una nueva clase social, la de los comerciantes adinerados, los Lis, los Luna, los Huebra, los Moneo? casa con el devenir del tiempo en las cunetas del olvido? la grandeza decadente de un palacete del que se enamorara Francisco Ayala en un paseo por Salamanca: Edificio del más refinado art nouveau que por allí había descubierto yo años atrás (?) deshabitado y ruinoso.

Salvada la casa por el empeño de un alcalde visionario, Jesús Málaga, quien la devolvió a la ciudad convertida en Casa de Cultura a la italiana, con todo y sala de baile, para que el teatro, la poesía y el cine la llenaran de luz y de renglones, de recitales y de cuadros para disfrute de aquellos que volvían a transitar el barrio más allá de la catedral, lejano y ajeno a la cuidad y el bullicio. Casa de repente detenida, su destino echado a la insólita apuesta de una jugada incierta. Porque se cierra la Casa de Cultura, porque se anuncia un Museo, porque los astros se conjuran para pronunciar un nombre que nadie conoce y que trae de nuevo a la Casa de los Lis el brillo del Art Dèco, la curva exquisita del Art Nouveau, sus mujeres en movimiento, marfil, bronce, cerámica, cristal y genio. Porque Manuel Ramos Andrade, el anticuario salmantino radicado en Barcelona, guarda en su piso modernista el tesoro del resplandor del tiempo al que pertenecía. Y nunca el guante fuera tan hermoso para la mano, porque la Casa de los Lis era el estuche perfecto para la joya del anticuario de Navasfrías. Y el quiebro del tiempo devolvió a la Casa Lis su esencia de modernidad y florecieron de cristales, los suelos hidráulicos, el techo que quiere ser gruta, el hierro que quiere ser tallo y sostener así el cáliz de la belleza.

Irisado esplendor de una casa convertida en museo que parece esperar las piezas curvando sus paredes, cubriendo el patio jerezano con el delirio colorido de un hombre visionario. Quiso Manuel Ramos Andrade hacer de la Casa Lis un prodigio de luz a la manera del modernismo barcelonés, vidriera gótica de colores donde se levantó el sol y se puso, haciendo de la noche no un largo poema, sino una estela de azules. Juan de Villaplana obró el milagro de cerrar el patio jerezano de Vargas, y lo hizo con los dibujos de Ramos Andrade, pájaros, nubes, lunes, soles, el cometa Halley como una mujer de larga cabellera, la flor de lis de los primeros moradores, la rana salmantina guardando el secreto de la portada, detalle secreto a la ciudad y a la universidad cercana. Casa acristalada, crisálida de luz donde estallan de nuevo los brillos de un tiempo en el que la belleza acompañaba a los objetos, los muebles se curvaban, las damas recibían de regalo muñecas de porcelana y joyas de Lalique mientras encendían lámparas de cristal para sentarse frente a su tocador a contemplar su belleza.

Porque es la belleza el habitante eterno de esta casa soñada en una siesta de modernidad, de música de Debussy, de afán y empeño de llegar más alto, más lejos? ahí donde no ha llegado nadie, hasta los cielos de la vidriera que cobija el sueño de los hombres que quieren atrapar el vuelo de la libélula? las mismas que flotaban sobre las aguas de Navasfrías cuando Manuel Ramos Andrade solo era el hijo pequeño del carpintero Manuel Carmona, aquel que nunca soñó con hacer las delicadas volutas de las puertas de los Lis, ebanistería fina en la capital de la provincia, tan lejos de donde el niño pescaba truchas en el pueblo de la raya de Portugal mientras soñaba él también caminos de la tarde. Porque la modernidad va en tren, el tren de los raíles de los Moneo, el tren de la miseria que emigra lejos, más lejos, aún más lejos, hasta llegar a ese Paris que sigue oliendo a hierro y a belleza, aunque le belleza a veces, como en el pintor Celso Lagar, sea pobreza y locura.

Casa que conjura todas las historias. La suya propia, que pasó del esplendor al tiempo en que la madera de sus marcos servía como hoguera de chabola, y las columnas y los suelos de mármol se cubrían de ignominia. La del pintor mirobrigense, el maldito de Montparnasse cuyos cuadros de payasos y paisajes compró Ramos Andrade porque en palabras de Pedro Pérez Castro, director del Museo, no podía concebirse tal cosa sin cuadros: cuadros de su colección privada en la que brilla el azul inquietante de Beltrán Masses, cuadros del pintor de Ciudad Rodrigo, hijo de una mujer de Navasfrías, que se fue a París con una beca de la Villa mirobrigense para pintar, pintar hasta la muerte, años de fecunda entrega a un arte cruel. Esa crueldad con la que pasa el tiempo de los hombres mientras el objeto permanece, intacto en la vitrina del Museo, detenido en un ejercicio de pura hermosura. Ecos de un tiempo en el que lo exquisito se curvaba a la medida de la necesidad de los hombres. Artes decorativas que vuelven la belleza, objeto cotidiano. Un tiempo al que dedicó toda la entrega y el talento un hombre enamorado de una época en la que aún éramos felices y creíamos en la modernidad que nos hace mejores. La Casa Lis, poema de cristal y hierro   | Imagen 2

Porque el fin de siglo es la metáfora de lo que pudimos ser y no fuimos, roto el cristal pintado con el estrépito de las guerras mundiales. Belleza que conjura el tiempo, la utilidad, la delicadeza. Colores que se mezclan entre caminos de plomo, vidriera irisada que imita las alas de los insectos. Libélula, cristal, saltamontes, pájaro, ala desplegada? hay algo leve y sutil en este Museo que se asienta, piedra, ladrillo, columna de hierro, en este balcón privilegiado junto al río, al amparo imponente de las catedrales salmantinas. Hay algo leve y delicado en este espacio improbable cuya memoria recuerda los afanes de la modernidad de Lis, de Vargas, de los hombres que hicieron el siglo y que asistieron al fracaso del empeño mientras la Casa Lis se volvía una ruina hermosa como la más bella de las actrices, sola en el escenario de su decadencia. Bella a pesar de todo, esperando la mano de nieve que la sacara de su abandono. Convertida en Casa de todos, voló sobre ella la sombra protectora de un destino de justicia poética. Y vuelve la belleza a la belleza, y el 6 de abril de 1995, se abre El Museo Art Nouveau, Art Déco para que vivan entre sus paredes las colecciones de Ramos Andrade: porcelanas, esmaltes, bronces, cristal, joyas, criselefantinas, muñecas, muebles y cuadros, abanicos y postales, delicadas muestras de aquello que nos hace trascender el tiempo y el espacio: belleza en movimiento a través de los siglos, los hombres y su empeño de atrapar la eternidad entre los dedos. Cristalizado eco del deseo allá en el lugar donde despliegan sus alas, las libélulas de Lis, este Museo.

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