Miércoles, 19 de enero de 2022
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El Palacio de Monterrey expone el primer acta oficial del reconocimiento del cuerpo de Santa Teresa
UN DOCUMENTO ÚNICO

El Palacio de Monterrey expone el primer acta oficial del reconocimiento del cuerpo de Santa Teresa

ALBA DE TORMES
Actualizado 20/08/2018
Félix Torres

Data del año 1586 y se trata del único testimonio escrito oficial, ante médicos y notario, del estado del cuerpo de la santa

Con motivo de la apertura al público del palacio de Monterrey después de su última restauración, la prensa salmantina se hizo eco (incluso mediante fotografía) de dos objetos que por vez primera se hallan expuestos allí: el cuadro con el juego de llaves del sepulcro de santa Teresa que detentan los duques de Alba como compromisarios (junto con la priora de las carmelitas descalzas de Alba y el superior general de toda la Orden Carmelita en Roma) en la guarda y conservación del mismo, y que hasta ahora se conservaba en la capilla del palacio de Liria en Madrid; pero también se aludía a un documento muy interesante, un folio manuscrito por ambas caras, que recoge la relación sobre el estado del cuerpo teresiano en enero de 1586, este documento procede del fondo Conde-duque de Olivares de la Casa de Alba.

Me llamó la atención la referencia a ese documento que, a primera vista, parecía ser un texto desconocido hasta ahora, como así es, aunque el reconocimiento del cuerpo que registra (Ávila, 1.1.1586) sí que era un hecho conocido, pero hasta ahora no debidamente documentado. Con este texto, que tiene todos los visos de ser como la copia del acta oficial de aquel suceso realizado en privado, se le da autenticidad y se determinan las razones y modos que lo justifican.

Agradezco al archivero de la casa ducal de Alba, Álvaro Romero Sánchez-Arjona, el gesto de haberme servido de inmediato no sólo la fotografía, sino además la transcripción paleográfica del documento.

Circunstancia y contexto de este reconocimiento (1586)

Ya lo decíamos, el hecho no era desconocido, se halla bien atestiguado por diversas fuentes del momento: los dos primeros biógrafos teresianos Ribera y Yepes, además del que fuera amigo y obispo de Ávila, Don Álvaro de Mendoza; también la sobrina americana de santa Teresa y monja de san José de Ávila; incluso hasta el cuñado albense de la Santa, Juan de Ovalle, que viajaba mucho a Ávila y lo sabía. Por una carta del obispo Don Álvaro de Mendoza (18.1.1586) incluso conocemos que se le había enviado una relación del hecho debida a su hombre de confianza en aquella ciudad, el canónigo Juan Carrillo. Pero esta relación nunca apareció ni se supo de ella (ni siquiera existe en el archivo conventual de San José de Ávila, lugar donde ocurrió), por lo que nunca se conoció ni se citó entre los estudiosos teresianos, y así tampoco aparece en el volumen precioso de "Fuentes sobre la muerte y el cuerpo de santa Teresa de Jesús, 1582-1596" (Roma 1982), aunque sí se habla de su existencia (p. 241, nota 1). Por todo lo cual consideramos que en este caso se trata del descubrimiento y recuperación de un documento teresiano importante.

Para entenderlo conviene situarse. El cuerpo de santa Teresa (sin la mano y el brazo izquierdo) ha sido trasladado a Ávila, por mandato de la Orden del Carmen, para satisfacer el deseo del que fuera obispo de allí, Don Álvaro de Mendoza, con el fin de enterrarla en la iglesia nueva que él estaba financiando; dicho traslado desde Alba se efectuó en forma secreta y hasta silenciada a posta el 26 de noviembre de 1585. Tanto es así que en la ciudad abulense, por temor a la reacción del duque de Alba, no se sabía de la presencia del cuerpo teresiano dentro de los muros del primer monasterio abulense de san José. Apenas las monjas y gente más allegada eran sabedores del asunto.

¿De dónde vino la iniciativa de hacer un examen y reconocimiento del cuerpo, que el entonces obispo abulense del momento quiso fuese ante médicos y notarios? Pues ésta vino de Madrid. Para satisfacer la devoción personal de dos personajes importantes de la corte: Pedro Laguna, del Consejo Real, y fr. Diego de Yepes, fraile jerónimo que era prior del monasterio de san Jerónimo el Real de Madrid, que fue el último confesor de Felipe II y, finalmente, obispo de Tarazona. Sin olvidar tampoco que a este fraile jerónimo se le considera el segundo biógrafo de santa Teresa, aunque se sabe que el verdadero autor de esa segunda biografía teresiana (Zaragoza 1606) fue el prior del Desierto de las Batuecas, el famoso carmelita Tomás de Jesús. Pues ellos dos habían conseguido en Madrid el conveniente permiso del provincial carmelita Nicolás Doria para efectuar tal visión y reconocimiento.

Y es que desde la primera exhumación del cuerpo en Alba por parte del padre Gracián (4.7.1583), como también por parte de quienes hicieron el traslado a Ávila (26.11.1585), se había difundido la noticia del estado flexible e incorrupto del cuerpo, el olor que desprendía?, cosas harto maravillosas que llamaba la atención y que entonces se consideraban una prueba evidente de milagro y de la consiguiente santidad de la persona. Puede ser que en este caso los interesados lo hayan hecho desde Madrid con el fin de hablarle luego del asunto al mismo rey Felipe II, que conocía bien a la Santa, algo que anota el mismo Diego de Yepes, persona tan allegada al monarca.

Es hora, por tanto, de conocer dicha relación y comprobar el estado del cuerpo teresiano apenas 3 años después de muerta. El texto, modernizado en su grafía y puntuado de nuevo, dice exactamente esto:

Relación de cómo fue hallada la madre Teresa de Jesús al tiempo que la trasladaron a la ciudad de Ávila (1.1.1586).

En la ciudad de Ávila, a primero del mes de enero de mil y quinientos y ochenta y seis años, estando dentro de la portería del monasterio de San José, que es de monjas descalzas de nuestra Señora del Carmen, a las diez horas antes de medio día, el ilustrísimo y reverendísimo señor Obispo de Ávila, y los señores licenciado Pedro Laguna del Consejo Real de su Majestad, y el licenciado don Francisco de Contreras, Oidor de la Audiencia Real de Navarra, y el padre Fray Diego de Yepes, prior de San Jerónimo el Real de Madrid, de la Orden del glorioso San Jerónimo, y Fray Luis de Santa María su compañero, y Juan Carrillo, tesorero y canónigo de la Santa Iglesia de Ávila, y el maestro Gaspar Daza, racionero, y el licenciado Quijano, provisor de este obispado de Ávila, y el licenciado Don Juan de Porras, el licenciado Riesgo, visitador de este obispado, Julián de Ávila, capellán del dicho monasterio, Martin de Ybarguen, notario y secretario del dicho señor Obispo, y Juan de la Canal, su capellán, y Pablo Suárez, clérigo y notario público, Pedro Díaz Barruelo, notario y fiscal público del dicho obispado, y el licenciado Ramos, y el licenciado Luis Vázquez, médicos vecinos de esta ciudad, y Julio Bernardo de Quirós, contador de su Majestad.

Entraron en el dicho monasterio los dichos fray Diego de Yepes y fray Luis de Santa María, Julián de Ávila, y los licenciados Ramos y Luis Vázquez, y sacaron con mucha decencia el cuerpo de la Madre Teresa de Jesús, fundadora de la Orden y de todos los [monasterios] de la Orden de las Descalzas Carmelitas, que [en] 26 de noviembre próximo pasado se trasladó de Alba al dicho monasterio de San José; y puesto el cuerpo sobre una al[f]ombra, le descubrió el dicho Fray Diego de Yepes el rostro, pies y piernas, pechos y vientre y un brazo, porque el otro le faltaba, que parece habérsele cortado.

El cuerpo está entero, que no le falta nada, ni un cabello, y lleno de carne todo él, sin corrupción; y el vientre y el estómago como si en él no hubiera cosa corruptible; y tratable, de manera que se deja asir; y las facciones del rostro, de modo que se conoce quién es.

Está el cuerpo de color algo tostado, de la mucha cal que le echaron cuando le enterraron en el monasterio de esta Orden de Alba el día de San Francisco, el año de mil y quinientos y ochenta y dos.

Y mandó el dicho señor Obispo a los médicos que viesen muy en particular todo el dicho cuerpo y la carne por la parte que le cortaron el brazo; y habiendo tocado todo él, y visto con mucha atención, dijeron que era fuera de toda orden de naturaleza y cosa misteriosa estar el dicho cuerpo de la manera que estaba, por muchas razones / que allí refirieron; y habiendo olido el dicho cuerpo el dicho señor Obispo y todos los demás arriba contenidos, parece que el olor que de él sale es muy bueno y tan extraordinario, que ninguno de los que allí estaban supieron decir qué semejanza tuviese.

Y habiéndole visto con mucha consideración tornaron a meter el dicho cuerpo a el lugar de donde le sacaron y luego se sacó un pedazo de trapo lleno de sangre, empapado, la cual está como helada y con mucho lustre, de manera que un papel de dos dobleces en que estaba envuelto le había pasado toda la sangre que estaba muy fresca en algunas partes del dicho papel. El cual paño le quitaron la priora y otras religiosas del cuerpo luego que se trasladó al dicho monasterio de la parte por donde se le fue mucha sangre a la dicha Madre Teresa Jesús al tiempo que murió. Así mismo se sacó una caja con unos papeles muy manchados y pasados a manera de aceite que estaban encima de la tierra, y otras cosas pequeñitas como lienzo podrido que está dentro en la dicha caja, que fue lo que se quito del dicho cuerpo por la dicha priora y otras religiosas cuando lo limpiaron y tiene el mismo olor que él aquella tierra, y parece por experiencia aquel mismo efecto de manchar como aceite en cualquier cosa que se ponga.

Lo cual todo, como dicho es, fue visto por el dicho obispo y por los demás, encargando tuviesen cuenta con lo que habían visto para cuando conviniese ponerlo en publica forma.

Lo crudo y detallista del relato no es exclusivo, pues en términos parecidos hablan otras fuentes antiguas. Pero la importancia del documento está en el interés por reproducir lo más fielmente posible el fenómeno que ellos consideran milagroso y que era de triple condición (incorrupción, olor agradable, óleo que desprende y mancha, igual que lo hace su sangre), como atestiguan los médicos allí presentes: "era fuera de todo orden de naturaleza y cosa misteriosa". Gracián añadirá que la novedad de esta ocasión era el poder comprobar el estado del hombro izquierdo sin el brazo que le había sido separado antes de trasladarlo a Ávila, "que nunca habían visto hasta entonces, que fue estar la cortadura del brazo fresca".

A pocos meses de esta exposición y visita del cuerpo hecha en el primer día del año 1586, el cuerpo teresiano (por mandato del Nuncio papal) tendrá que volver á Alba de Tormes (23.8.1586) y podemos presumir que se hallaba en idénticas condiciones a como se describe aquí.

Autor y valor histórico de esta relación

El texto que damos a conocer sí es del siglo XVI, pero está sin firmar, cosa harto rara si se tiene en cuenta el valor que tiene de acta oficial. Por lo que nos inclinamos e pensar se trate de una copia antigua del acta oficial que, naturalmente, debía estar firmada y sellada, y cuyo original se debió enviar o depositar en sitio a nosotros desconocido. De ahí el problema de la autoría de este documento que, ciertamente, ha tenido que ser de uno de los allí presentes. No creemos se deba al fraile jerónimo Diego de Yepes, puesto que él lo hubiera dicho en las varias ocasiones que menciona este dato del reconocimiento y hasta hubiera reproducido su contenido en la famosa biografía teresiana que se le atribuye. Pensamos más bien la haya redactado el canónigo abulense Juan Carrillo, que había asistido al traslado de Alba a Ávila y presenciado el estado del cuerpo unos meses antes, como también había hecho ya una relación del viaje, entrega en Ávila y estado del cuerpo (27.11.1585) con destino al antiguo obispo abulense don Álvaro de Mendoza. Entre los allí presentes, junto a Julián de Ávila, era quien estaba en mejores condiciones para hacerlo, y es que el acta en algo se parece a la relación anterior.

Pero lo importante es que se trata del primer acta oficial que se haya hecho de un reconocimiento del cuerpo (hasta entonces han sido casos privados y, por eso, sin dejar un testimonio), con el fin de quitar toda arbitrariedad al acto y hasta poderlo usar de cara a un futuro proceso de beatificación. En aquella ocasión obraron legítimamente, y otros autores atestiguan que desde entonces fue imposible mantener el secreto y la discreción respecto al traslado abulense. Pero también subrayó el obispo a todos los allí presentes que "tuviesen cuenta con lo que habían visto, para cuando conviniese ponerlo en pública forma". Es decir, no interesaba sólo el examen médico (que se hizo) sino la repercusión que aquello podía tener en el futuro para el reconocimiento de la santidad de la Madre Teresa.

Estamos pues ante el único testimonio de la relación escrita del primer reconocimiento oficial (ante médicos y notario) del estado del cuerpo de santa Teresa en enero de 1586, hasta ahora desconocida. Un importante documento teresiano que ya se puede contemplar durante la visita al Palacio de Monterrey de Salamanca.
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