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Dime quién eres

Dime quién eres

OPINIóN
Actualizado 26/07/2017
Manuel Alcántara

El tren avanza por la inmensa planicie azotada por el viento. Unas morosas colinas recortan el horizonte sirviendo de base a gigantescos molinos que mueven cadenciosamente sus aspas. La península de Jutlandia, como el resto del país, es rasa. El 75 por ciento de su superficie no supera la altitud de cien metros. Atrás ha quedado la isla de FanÆ y su multitudinario festival de cometas celebrado en una playa enorme que la carretera de unos 20 kms que une sus puntos más extremos atraviesa entre la arena. Los autobuses públicos que cadenciosamente van y vienen hacen el trayecto en tres cuartos de hora. Es difícil encontrar extranjeros en ese espacio aunque un andaluz regenta una tienda de artesanía de ámbar, Agavanza. Asomada al mar del Norte se llega mediante un transbordador desde Esbjerg, una ciudad en que todo parece nuevo, y cuyo puerto sirve a las plataformas de gas y petróleo de una nación que está inmersa en plena transformación de su matriz energética.

La visión desde el tren sorprende al viajero, abandonado ante el paisaje plano, por la celeridad que tienen las nubes proyectadas vertiginosamente hacia el oeste, en el mismo sentido de la marcha hacia Aarhus. El silencio se adueña del espacio gestándose una sinfonía con contrapuntos entre el exterior y el interior; solo se quiebra cuando periódicamente pasa el revisor o la megafonía avisa de la llegada a una estación. Aprovechando la permisividad reglamentaria una pasajera viaja acompañada de su perro que se acomoda sobre una toalla en uno de los asientos. Otros viajeros miran absortos sus móviles con ese gesto constante, tan característico, mediante el que todo se controla con una sola mano y la insólita agilidad del pulgar. Una mímica que en menos de una década se ha vuelto universal pudiéndose ver replicada en cualquier rincón del mundo. Las bicicletas ocupan ordenadamente el sitio que tienen asignado en el vagón.

La joven ha subido en una estación a medio camino. Por su atuendo y sus rasgos faciales es fácil suponer que es extranjera. Está sentada a mi altura al otro lado del pasillo. Al comprobar el billete el revisor le inquiere algo en un tono de voz más alto de lo habitual. Ella parece no entender, como tampoco entiendo yo. El hombre muestra su desagrado alterándose y pasa su prédica al inglés. Le pide una identificación, un carnet, una carta donde figure su nombre. Ella musita palabras confusas. Él vuelve a la carga cada vez más enfadado, "dime quién eres", le dice con aire amenazante, "o si no llamaré a la policía". La tensión se incrementa justo en el momento en que se anuncia una parada. Ambos abandonan el lugar del altercado. Nadie les sigue con la mirada, ninguno cambiamos la tarea que nos entretenía hasta unos instantes atrás. El tren reinicia su trayecto: las calles repletas de bicicletas de la ciudad que deja, los molinos de viento, las nubes raudas, el paisaje plano, el silencio, reconfortan la continuidad del día.

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