El hombre que camina, de espaldas a nosotros, no nos contempla. Vuelve de su labor, ensimismado, con el sacho al hombro, esa herramienta de cavar y conducir las aguas, rumiando para sus adentros algunos de los hechos de su vida. El asno ¿lo contempla o pierde su mirada en no sabemos qué laberintos? La vida en su máxima humildad se muestra ante nosotros, como
meditatio de un misterio, que no sabemos si se alberga en el alma del hombre y en la que teng
a el asno.