La condición humana, hace mucho, supo escoger de aliado la imagen adecuada que destaca su carácter viajero. El vocablo camino está adherido, íntima y connatural, al desplazamiento vital de cada persona. Camino es tiempo hecho paisaje, escena, torbellino, encuentro, lejanía, unidad y ruptura, sin que falten en su transcurso otras bondades y otros desajustes innumerables.
Alfredo Pérez Alencart es un caminante. No todos lo son. Muchos se avienen más a la precariedad del vagabundo; el poeta, este poeta, pertenece a la categoría del peregrino. No puede eximirse de los desbarajustes en el mundo; pero su palabra manifiesta un derrotero más alto.
Una decena de poemas?traducidos al bengalí, chino mandarín, griego e inglés-- reúne varias postales y actitudes, suficientes para el despertar de la palabra. Comienza por destacar poéticamente los hallazgos en el viaje, dispuestos por la naturaleza, para después acoger las significaciones afectivas de algunas presencias: aquellas con quienes el mundo y el tiempo se tornan habitables, unidos en el acto de querer y proyectados, en cada uno de los tramos, en la afección más profunda. Culmina en la denuncia de actitudes abominables y de condiciones adversas padecidas por los desdeñados de la fortuna.
Según voy de camino (Santiago de Chile, Hebel ediciones, 2016) deja en claro una posición axiológica en el vivir: la dignidad inmensa de lo pequeño y de lo personal. Según se expande el camino el poeta declara, recuerda, invita, considera, critica, contrasta, memora, exhorta. No hay tiempo que perder: la palabra se ciñe de mundo que, no por maltrecho, queda despojado de su primigenia condición de orden y de creatura: "Ser honesto/ es la debilidad/ que te hace fuerte".
Pero esa dignidad de ser no se atomiza en narcisismo mal concebido y peor practicado. La respalda Alguien; y en ese Alguien: luz y energía de ser presente perdurable, el gesto humano, el despertar de la conciencia, la admiración y el tesón de vivir quedan a buen recaudo. La palabra llana y no menos transparente del poeta confirman el inquebrantable sentido de caminar. Así, la recreación del humano vocablo corresponde, en imagen y semejanza, al Verbo originario y fecundo.
"A lo lejos,/ a la altura de las ramas estremecidas/ por el vuelo silencioso del colibrí/ ofrecen su buena nueva/ los presagios".
El camino despierta en el poeta un mundo. Más todavía: el poema es sendero donde se aloja el registro de los pasos y del asombro: ver y respirar admirativos. Por eso importa lo dicho a sí propio y a los otros. Y pues la palabra poética conoce tanto de soliloquio como de plegaria y de convivio, nada le es ajeno, precisamente porque aspira a replicar lo existente en una nueva cosecha de estar, de ser, de convivir.
(*) Comentario aparecido originalmente en 'La Prensa', diario de la región del Maule, Talca, 29 de septiembre de 2016, p. 7.