En pocos días como el Domingo de Ramos puede explicitarse tan bien la complementariedad entre la Liturgia, por la que Dios nos derrama su amor, y la piedad popular, desde la que a Él nos dirigimos confiados. Si en la Misa primero recordamos su entrada triunfal en Jerusalén y luego nos conmovemos con el relato de su Pasión, en las procesiones salmantinas contemplamos esa aclamación del pueblo a su Rey, luego cómo es despojado de toda vestidura regia y, finalmente, su clemencia divina desde el trono de la cruz, perdonando a sus verdugos, porque no sabemos lo que hacemos. Jesús que brinda su amistad a los niños, a los más pequeños, a los inocentes, a los que nadie tiene en cuenta. Jesús que entrega todo, se despoja de todo, se abaja hasta rebajarse a la muerte, que siendo rico se hace pobre para enriquecernos con su pobreza. Jesús que perdona a los enemigos hasta setenta veces siete, que tampoco condena y nos envía a no pecar más, que espera cada día para darnos el abrazo a nuestro regreso y hace una fiesta si volvemos a casa. Santo, Santo, Santo. Tres veces santo en el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor.
Tomás González BLázquez
Fotos: Miriam Labrador y José Fernando Santos Barrueco