En la atardecida del domingo veintidós de noviembre recorríamos uno de los muchos senderos de Miranda del Castañar, cuando contemplamos extasiados como el sol se acostaba entre embozos amarillos y tafetanes verdes.
Comentamos que, probablemente, en la ciudad de las tres colinas la tarde difuminaría la luz con tules de niebla y bálagos de melancolía, que enturbian cielos y desaniman estrellas.
Y cuando en un abrir y cerrar de ojos la oscuridad avanzase desde los descampados, o se alzase en las negras aguas del río, la noche se desharía en lágrimas que resbalarían mansas por sus árboles desnudos y sus piedras francas, arrastrando las últimas hojas para empedrar las calles de tristeza.
Mas los vecinos, antes de quedarse dormidos, apretarían los párpados y soñarían con ver la luna plateando penas, o jugar al escondite, delicada y numerosa, entre espadañas, torres, cúpulas, patios callados, o en la clandestina calle de las Úrsulas.
La luna, ensimismada y ajena, no mira la batalla.
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