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Difícil de entender
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Difícil de entender

OPINIóN
Actualizado 06/10/2015
Toño Blázquez

A principios de los sesenta mi padre llegó a Salamanca del pueblo con una mano delante y otra detrás (gráficamente no se puede ser más claro ni explícito). Hacía colchones por las calles, vareándolos a palos. Tarea muy física y dura. Yo le acompañaba de niño, miraba y aprendía a coser a mano, a varear, a colocar la lana por vellones en el colchón, en el suelo. Llegué a hacer bastantes pero nunca me quedaban perfectos, como a él. El oficio y el interés por hacerlo bien le brotaba en las manos y los dedos una especie de magia suave que dejaba la superficie del colchón con una esponjosidad y una rectitud tal que parecía que hubieran pasado por ella un exacto nivel. Lo que hace Juan Tamariz es fantástico pero tiene truco, lo de mi padre era talento, sólo eso.

[Img #447755]Los toros eran su pasión, en el campo, en la plaza?un buen aficionado. Y nosotros (mi hermano y yo) bebimos de esa fuente. De niños toreábamos en la calle con sacas vacías de lana. Nos embestíamos uno al otro. Así y viendo corridas por la tele, aprendimos a torear de salón. Mi padre apenas nos decía nada pero yo sacaba mis conclusiones. Si aquello hubiera sido malo, él no lo hubiera consentido. Íbamos a las fincas de ganado bravo a hacer colchones y lo primero que pedíamos al llegar era ver las vacas, los toros. La naturaleza, el campo, las encinas, cómo crían los ganaderos a este bello animal durante tres, cuatro años.

Y la plaza. Mi padre era acomodador de La Glorieta. Se hizo para ver los toros de gorra (torpe no era). Y nosotros entrábamos como podíamos, con la entrada más barata o colándonos. Yo utilizaba dos sistemas. Uno al despiste. Consistía en estar en la puerta muy atento y cuando el portero y el inspector se ponían de cháchara pegaba un carrerón delante de sus narices y para adentro. Luego a buscarse la vida. El otro consistía en gatear por la pared, meter la cabeza por la verja y luego el cuerpo. Un día me quedé enganchado por la cabeza y creí que acababa allí mi existencia. No volví a hacerlo. En La Glorieta he visto a los más grandes: El Viti, Camino, Puerta, Capea, Robles, Manzanares, Juan José, Romero, Paula etc? He visto cogidas de toda índole, triunfos extraordinarios. Con calor, con lluvia, con nieve, con viento. Y he escrito mucho de todo ello. Mi padre nos decía cuando el torero lo hacía de verdad y cuando hacía trampa. En la plaza vi sinceridad, honradez, democracia, actitudes cobardes, miedosas, pánico, toreros con valor inaudito, faenas increíbles, toros muy bravos y muy mansos, profundas emociones e inspiradas y fugaces obras de arte que nunca olvidaré. Toreros entregados, gladiadores de la tormenta, toros indultados, ovacionados hasta la lágrima. He visto la sangre en los morrillos de los toros y me han parecido héroes legendarios porque aún así han luchado con nobleza o mansedumbre hasta el último hálito de su vida. He visto la plaza entera sobrecogida y enfadada con rabia. Yo supongo que mi padre me dejaba ver y sentir todo esto porque pensaba que era bueno para mí. Que no me haría daño. Nunca se lo pregunté.

Nunca se me ocurrió imaginar que había tortura allí. Amo al toro por su dimensión de héroe, porque tiene un perfil sobrenatural y la tormentosa presencia de la fuerza total. Y admiro al torero por su consagración física y mental a una doble misión: buscar y encontrar en esa tormenta luminarias estéticas, arte en la madriguera de la muerte y hacerlo en exclusiva con una pasión sin riberas ni meandros.

Escribo desde una experiencia de vida. Yo sé que esto es difícil de entender hoy, un tiempo en el que se visten a los perros con chaquetas y pantalones y quedan tan monos con una gorrita visera.

Mi padre ha sido, más o menos, un ciudadano ejemplar y yo ando lejos de ser un asesino en serie.

Foto: Javier Vegas

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