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Una patria de película

Una patria de película

OPINIóN
Actualizado 31/08/2015
Antonio Matilla

El verano es bueno, sobre todo si caluroso, para permitir vagar a la imaginación y dejarse sorprender por historias, sucedidos, sentimientos y nostalgias que, en el trajín de la vida cotidiana pasarían desapercibidos. Y ello es que en medio de la calorina me ha dado por pensar que nuestra patria es poco cinematográfica, que no le sacamos partido, que la vendemos mal, que nos tragamos a través de la pantalla hazañas de otras naciones y despreciamos las nuestras, tal vez porque las ignoramos, o porque nos creemos las leyendas negras que sobre nuestro pasado han diseñado otros a su conveniencia comercial y ello nos impide disfrutar de las nuestras. [Img #407528]Parece que nuestra historia nos da vergüenza y la escondemos, no le damos importancia, renegamos de ella, la despreciamos.

Han caído en mis manos varios libros de hechos de nuestro pasado reciente que bien merecerían una buena película que compitiese en condiciones de igualdad ?y a veces manifiesta superioridad- con Lawrence de Arabia, el doctor Livingstone, Amundsen, el acorazado Potemkin, Neil Armstrong o Yuri Gagarin. Uno de ellos es el libro de Javier Moro 'A flor de piel', que novela las vicisitudes de la Real Expedición Filantrópica de la vacuna. Entre 1803 y 1806, al mando del médico alicantino Xavier Balmis, secundado por el también médico barcelonés Josep Salvany y varios practicantes, reunieron veintidós niños huérfanos del hospicio de La Coruña en cuyos bracitos transportaron la vacuna contra la viruela y vacunaron a cientos de miles de personas en el Caribe, México, Centro y Sur de América, Filipinas y China. Y lo que es más importante, constituyeron Juntas de Vacunación en múltiples ciudades que, en pocos años, consiguieron erradicar la más terrible de las enfermedades de la Edad Moderna, la viruela. Personaje clave de la expedición fue la joven gallega Isabel Zendal, 24 años, a la sazón rectora del Hospicio de La Coruna, encargada de equipar, cuidar y querer a huérfanos hambrientos de cariño, difíciles, rebeldes, indefensos, creativos para trastadas crueles.

La Expedición Filantrópica no pasaría el más leve examen de la Ley del Menor ni de los Derechos del Niño. Eran otros tiempos. No se puede juzgar el principio del siglo XIX con criterios del siglo XXI, siglo este tan moderno y avanzado en el que, por cierto, cientos de miles de niños son explotados como soldados, mineros, esclavos sexuales, proveedores forzados de órganos para trasplantes?

En resumen: un alicantino, un catalán y una gallega, impulsados y financiados por el rey Borbón Carlos IV desde Madrid y La Granja de San Ildefonso, cuando el Imperio en que no se ponía el sol estaba disolviéndose como un azucarillo, lideraron la que ha sido, probablemente, la mayor hazaña filantrópica y médica de la Humanidad. ¿Alguno de los lectores la estudió en el Examen de Estado, o en el Bachillerato de Ruiz Jiménez o en la EGB, o en Primaria o Secundaria o en el Bachillerato de la LOGSE? Yo no, y vive Dios que hice un buen Bachillerato. En circunstancias de deshilachamiento del Reino supimos, pudimos y quisimos culminar grandes hazañas. ¿Queremos ahora?

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