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Pequeña serie de desahogos agosteros

Pequeña serie de desahogos agosteros

OPINIóN
Actualizado 31/08/2015
Redacción

Pequeña serie de desahogos agosteros, donde intentaré plasmar mi opinión sobre temas generales de la cuestión política. Temas y conceptos que tienen mucho más calado del que este insignificante ciudadano les dará, pero que creo interesantes. Son mis opini

El final - tatatachán, tatatachán - del verano - tatatachán, tatatachán - llegó y tu partiras… Manolo y Ramón pusieron letra y música a los sentimientos encontrados, melancólicos y de tristeza al dejar atrás una época del año donde el sol invade nuestras vidas, nos inunda de luz y alegría, y además estamos de vacaciones, que todo influye. Aunque en esta nuestra tierra la época estival se estira entre casetas, pinchos y fuegos artificiales. Para el común de los mortales ya quedan atrás los días de playa, montaña, piscina, el pueblo del abuelo o de ciudad desierta, y yo digo adiós a esta serie de reflexiones sin pretensiones de una arena que me envenena por contagio, por puro vicio, por puro deleite, con la última de mis generalidades.

Y que mejor para terminar estos atrevimientos caniculares que especulando sobre la verdad, la verdad en la política, un bien escaso como uso puro y maltratado en función de las necesidades de uno y de otro.

Existen, aunque no lo crean, múltiples tratados, discursos, sesudos ensayos sobre la cuestión, unos más interesantes que otros. Recomendable es de Hannah Arendt con su inequívoco "Fíat veritas, et pereat mundus" (hágase la verdad, perezca el mundo), pero lo que así de improviso lo que me suscita el tema es que nuestra política tiene una concepción peculiar de la verdad, en sentido amplio.

Es una asignatura pendiente, por increíble que parezca y sin generalizar, de aquellos a quienes pagamos por mantenernos el jardín regado y rentabilizar con aptitud nuestros esfuerzos. Pero señores, aquí la verdad no la dice ni Dios, y perdonen la expresión, pero así son las cosas.

Ya desde pequeños nos corrigen continuamente apelando, y con razón, a que se debe decir la verdad porque eso no solo forja espíritu si no que es de ley, de persona respetable, de bien nacido. La realidad es muchas veces otra, y es que la veracidad se manipula en función de los intereses, vergüenzas y demás rendimientos, a pesar de lo que sea y de quien sea.

La política de los últimos años, y aún la actual, se nutre de medias verdades, de mentiras como la torre de la catedral nueva y alguna que otra verdad convenientemente maquillada. Fuera de nuestras fronteras también se apelar a lo falso, la diferencia es que cuando se pilla al cojo este abandona lo publico haciendo un Usain en toda regla. Debe ser el ADN patrio, ese Lázaro que llevamos dentro, que incluso pillados en el renuncio las posaderas siguen rozando poltrona y el arrobo se dispara. Aquí no valen hemerotecas ni plasmas, todo sigue igual, y únicamente el descalabro electoral o el precipicio judicial, y no siempre, sirve como tippex.

Nadie en su sano juicio puede pensar que quien gobierna acierta siempre, no comete errores. Es metafísicamente imposible que quien tiene en su mano la capacidad de hacer, de decidir, tenga un tino tan divino y una puntería tan prodigiosa digna del mismísimo Herácles, nada más lejos. Y lo mismo pasa con quien oposita al poder, donde a veces la realidad parece un universo paralelo, virtual, en el que solo ellos viven y cimentado en realidades marcianas. En cualquier otro orden de la vida, en cualquier otro ámbito existe el error, los grises. En política no hay más que el blanco marsellés del que rige y el negro zahíno de quien aspira.

Solo hay que leer, escuchar o ver, para darse cuenta de todo esto. No hace falta prestar demasiada atención para llegar al grado de iluminación necesario con el que pillar la jugada. La simplicidad argumental de nuestros dirigentes llega, en el mejor de los casos, a llenar el vaso de la verdad hasta la mitad. Quien gobierna lo ve medio lleno y quien no medio vacío. Esto es ley divina, y el sainete se escenifica así porque lo permitimos, porque ni a unos ni a otros les pedimos verdad con mayúsculas, explicación cuando se falla, reconocimiento cuando el otro acierta. Que ya estamos nosotros para aplaudir y sacar a hombros electorales a quien dé con el complementario del acierto. En definitiva, me parece que le falta mundanidad al hecho político, y eso es triste por no decir vergonzante.

A veces pienso, no sé si con razón, que la verdad es el oponente más virulento del estatus político y de las dedicaciones exclusivas, a la vez que su ausencia nos vuelve al geocentrismo más absurdo y es un insulto infame al ciudadano. Creo que un político debe de estar menos pendiente de cómo intentar rentabilizar personalmente cualquier cosa, de perder tiempo y recursos en vender la moto cuando no es más que un triciclo con ruedines, y más de hacer visible una humanidad, que por mucho la niebla nuble, algunos no han perdido y todos practican sin demasiado pudor cuando los focos se apagan.

Creo que la gente se ha cansado de la pose, que diferencia perfectamente quien dice lo que no es y hace lo que no siente. Fundamentalmente porque encima no se tapan, y recurren una y otra vez al artificio del vaho, la pose y el cine fantástico cutre, ese al que se le ven los hilos. Mi impresión es que los tiempos son otros, ya era hora, la verdad de las cosas, de los actos, de las decisiones, de los hechos debe ser un valor imprescindible en quien tiene en sus manos lo nuestro, lo de todos. La verdad tiene un solo camino y la política debe discurrir por él, porque no pasa nada por no cumplir expectativas, no es deshonroso, todo lo contrario. Disculparse por errar o no llegar es humano. ¿Cuántas veces han visto a un político pedir perdón sin el agua al cuello, dejar su cargo por decir una cosa y hacer la contraria, y lo peor, por no explicarlo? ¿Cuántas veces han visto lo de lo malo lo hizo el otro y lo bueno yo? Nadie es tan santo ni nadie tan malvado, simplemente falta verdad.

Esa Veritas, hija de Saturno y Virtus, o esa moralidad romana que cualquier ciudadano del imperio debía poseer, ha de ser un valor innegociable, porque cuando la verdad no aflora es debido a que la vergüenza es más grande y la mentira más rentable.

Dentro de siete días retomaré de nuevo la actualidad, el día a día de lo político de nuestra Salamanca, dejando de un lado la arena que me ha contaminado de gusto estos meses. E intentaré que la verdad, esa que a veces falta y nunca sobra, siga impregnando estos triviales renglones.

"Nada es más hermoso que conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad", Cicerón.

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