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Señor, dales el descanso y que brille sobre ellos la luz eterna
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ORAR LA MUERTE, PENSAR LA MUERTE, VIVIR LA MUERTE

Señor, dales el descanso y que brille sobre ellos la luz eterna

OPINIóN
Actualizado 29/10/2014
Juan Antonio Mateos Pérez

Todo hombre pasa por la experiencia de la muerte, sobre todo la experiencia de los seres queridos, en la que el individuo anticipa su propia muerte. Las personas no se mueren, se nos mueren.

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Estos primeros días de noviembre, nos invitan a una mirada al más allá, a lo último, a lo penúltimo como gustaba Karl Rahner. El día de los difuntos conmemoramos en comunidad a nuestros muertos, la iglesia los encomienda a la misericordia de Dios, con la esperanza de la resurrección. En las fiestas de todos los Santos y la de los difuntos al día siguiente, se deben entender desde la trilogía del amor, la muerte y la vida. Hablar desde nuestro presente de estas novissimis, que proyectan al futuro, pero no olvidan el presente y el pasado lleno de sentido, también nos invita a vivir con esperanza, de manera individual y colectiva. Ya no vivimos en un suspenso existencial, sino en un futuro preñado de sentido y de vida.

Rezar por los difuntos cristianos, familiares y amigos viene de lejos, ya lo hacían los judíos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos veneraban a sus difuntos, posiblemente no de forma muy diferente a los judíos, de forma piadosa, ya que los cuerpos pertenecen a Dios y un día han de resucitar. Tan pronto como un cristiano había exhalado el último aliento, sus parientes más cercanos, le cerraban los ojos y la boca con sus propias manos y después se lavaba el cuerpo. Así consta en los sacramentarios hasta el siglo X. Posteriormente se embalsamaba el cuerpo y se cubría con aromas y perfumes. Tertuliano en su Apologética, afirma que el incienso con que los paganos veneraban a sus dioses, se lo gastaban los cristianos en la sepultura de sus hermanos. Se envolvía el cadáver en una sábana o faja de lino, y por encima de ricas ropas y vestidos, sobre todo los mártires. Más tarde aparecerá la costumbre de enterrar a Obispos y sacerdotes con sus ornamentos sagrados. Por último, el cuerpo se colocaba en un ataúd rodeado de luces. Las plañideras romanas, se sustituyeron por el rezo de cantos y salmos, se rociaba el ataúd con agua bendita, recordando su bautismo y se pronunciaban unas palabras de elogio del difunto.

Si la piedad con los familiares y amigos difuntos, se remonta a los propios orígenes cristianos, dedicarle un día después de los Santos es reciente. Esta fiesta seguida se debe a san Odilón, abab de Cluny, que la estableció en el año 998. La costumbre de que cada sacerdote celebrara tres misas, lo introducen los dominicos en Valencia en el siglo XV y desde el siglo XVIII se aceptó en la liturgia romana. No se fijan unas lecturas concretas en el misal, se ponen al servicio de la comunidad todas las que están en el apartado de exequias en el leccionario.

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Orar la muerte, pensar la muerte, vivir la muerte no ha sido nunca una novedad, se ha integrado tradicionalmente en la cotidianidad de la vida. Era la culminación de la existencia y en otras épocas, la línea entre la vida y la muerte era fina y delgada: Epidemia, guerras, crisis de subsistencia. Sin perder las ganas de vivir, el individuo se preparaba para el buen morir, despreciando todo tipo de banalidades. Así nos lo recordaba el Salmo: "Hazme saber, Yahveh, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy" (Salmo 39, 5). El "tiempo de la muerte" acompañaba al individuo desde la cuna a la tumba, así lo reflejaba Quevedo en su poema: "En el hoy y mañana y ayer junto/ a pañales y mortaja, y ha quedado/ presentes sucesiones de difunto".

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La muerte respetuosa y cortés, impregnada de serenidad cristiana, queda reflejada en el palentino Jorge Manrique, eran una danza de la vida que se contraponía a las "danzas de la muerte": No gastemos tiempo ya/ en esta vida mezquina/ por tal modo,/ que mi voluntad está/ conforme con la divina/ para todo;/ y consiento en mi morir/ con voluntad placentera,/ clara y pura,/ que querer hombre vivir/ cuando Dios quiere que muera/ es locura. Se contrapone con el aire burlón y macabro que nos lo presentaban las danzas de la muerte, una forma burlona y popular que servía de desahogo ante la muerte que todo lo iguala. En estas danzas macabras, la muerte, hace su entrada entre elegantes reverencias y a menudo pertrechada de variados y bellos instrumentos musicales. El pintor Durero la representa con corona, pero en general aparece como un mísero esqueleto montando un caballo de pura raza. Quiera atraer y seducir a todos, al campesino y al noble, a la doncella o la monja, al tejedor o al papa.

Todo hombre pasa por la experiencia de la muerte, sobre todo la experiencia de los seres queridos, en la que el individuo anticipa su propia muerte. Las personas no se mueren, se nos mueren. La muerte, no tiene aspectos positivos, aunque Heidegger afirmara que en el anticipar la propia muerte, anticipamos nuestra totalidad, no hay nada de glorioso en ello. La pregunta por su totalidad, por ese "plus" que no es, que no ha llegado, nos abre a la temporalidad de la existencia, pero desplaza al individuo de su ser en el mundo. La muerte es inevitable, cuando empiezas a vivir, ya estamos lo suficientemente mayores para morir. Así la muerte no es sólo un fenómeno biológico, también ontológico, un modo de ser y poder ser. El hombre no sólo está atormentado por el dolor y la extinción, sino por el miedo a no ser.

El miedo a la muerte, es lo que más curva y doblega al individuo, lo mete en sí mismo y sólo tiene su propia referencia. Los místicos nos enseñan que la referencia a Dios es lo que nos hace olvidarnos y liberarnos de nosotros mismos. El que tiene sólo su propia referencia, hace tiempo que se ha olvidado de Dios. Nuestro exterior es nuestro referente, un buen concierto de música, una buena caminata con amigos, el amor de la esposa o los hijos, y, como no la referencia a Dios que libera y hace libre.

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Hoy aparecen nuevos miedos que el progreso de la medicina y la técnica han hecho crecer. En nuestras sociedades tecnificadas, nuestros seres queridos mueren a una edad muy avanzada, apenas en casa. La necesidad de tratamiento prolongado, las unidades de reanimación, etc., hace que el hospital sea el nuevo escenario del último adiós. Hemos aprendido a prolongar la vida, a descubrir las leyes de los acontecimientos, a desterrar muchas enfermedades y ser hacedores de nuestra vida y nuestro destino. Pero se atrofia la capacidad de sufrimiento, para ser más exactos, la capacidad pática del hombre, a reconocer los límites, aceptar la vida y ver que ésta tiene sentido en el dolor y la fragmentación. Todo se agota en la actividad, en el trabajo y en la producción, no hay tiempo para el sentido de la existencia. Con lo que no se vive todo su sentido dramático, el personal del hospital, la funeraria, se hacen cargo del difunto, con lo que es una muerte debilitada. Es una muerte que se disuelve en el devenir de la vida, en el grupo, en el silencio y en el fondo se superficializa. Se banaliza la muerte como si fuera una huida, un detener el tiempo. El familiar se comporta como si nada hubiera pasado, nada de condolencias, nada de hablar de ello. Se vive el duelo en la más absoluta soledad y dureza de corazón. Esto, claramente, no constituye una liberación.

Todo nos oculta la muerte, los poderes, la sociedad que exalta salud, juventud y la belleza, la enfermedad se esconde, lo cementerios se sacan de las ciudades. Todo empieza por perder los recuerdos y olvidar. Cuando pregunté a mis abuelos por sus padres, recordaban claramente el día y la hora que murieron, compartieron unos dulces con los que les acompañaron en el pesar y fueron a comer juntos amigos y familiares. Es muy importarte recordar la muerte, no para abatirnos sino para embellecer la vida y vivir cada momento con mayor conciencia y lucidez. En la mística de la muerte, Dorothee Solle nos recuerda esta historia:

En la noche en que Somoza fue derrocado y tuvo que abandonar el país en Costa Rica el país vecino se celebró una fiesta, y sus calles y parques se llenaron de júbilo. Sólo en el hospital debían permanecer médicos y enfermeras porque habían muerto cuatro personas, miraban desde la ventana al parque hasta que uno de ellos llamó a sus amigos y les pidió que le ayudaran a bajar a los muertos al parque para sumarlos a la fiesta. De esta forma ni los muertos impidieron a los vivos celebrar su alegría ni los vivos dejaron a los muertos abandonados allí estaban juntos cuando Nicaragua se liberó los muertos y los vivos.

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Orar y pensar la muerte nos abre al sentido de la existencia y compartir la alegría con los que no están, ya que nuestro anhelo va más allá, transciende el mundo. En la Eucaristía se recuerda la muerte de Jesús, se proclama su resurrección y se pide que venga a nosotros. El cristiano no muere solo, muere con Jesús, aunque el morir físico no pueda ser vencido, sí el miedo y el absurdo, con la confianza que esa muerte es vencida. Ya que la única muerte verdadera se dio en Él, como entrega de la vida, como perderse a sí mismo. Morir con Jesús supone un seguimiento no sólo en la vida, sino en los momentos últimos de la existencia. Se dio en la cruz, como un pan partido y repartido, como entrega, como gesto de amor. El morir, puede ser también la existencia amorosa para los otros, y así también a Dios.

Adelántate a toda despedida, como si la hubieras dejado

atrás, como el invierno que se está marchando.

Pues bajo los inviernos hay uno tan infinitamente invierno

que, si lo pasas, tu corazón resistirá.

Sé siempre muerto en Eurídice, cantando sube,

ensalzando regresa a la pura relación.

Aquí, entre los que se desvanecen, en el reino de lo que declina,

sé una copa sonora que con sólo sonar se rompió.

Sé, y sabe al mismo tiempo la condición del no-ser,

el infinito fondo de tu íntima vibración

para que la lleves al cabo del todo, esta única vez.

A las reservas de la Naturaleza en plenitud, a las usadas

como a las sordas y mudas, a las indecibles sumas,

añádete jubiloso y aniquila el número.

Rainer Maria Rilke, Soneto 13- II

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