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No sólo la piedra
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ECOS DE SEMANA SANTA, EN LA PALABRA DE ABRAHAM COCO Y EN LAS IMÁGENES DE PABLO DE LA PEÑA

No sólo la piedra

Publicado 20/04/2014

Impresiones después de vivir con intensidad la Pascua

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Entró Jesús Rescatado en la medianoche. Consigo llevaba, hacia el interior de San Pablo, cuanto había alcanzado a recoger durante casi cinco horas, que era todo. Promesas y plegarias para empapelar su camarín el resto del año. Su paso, una preciosa hemeroteca de ojos enrojecidos, de gargantas como embudos de saliva convertida en lágrimas al achinarse los párpados. No sólo la piedra. También la fe apuntalada por un cíngulo como péndulo en el que se resumían todas las horas del calendario. No sólo la piedra. También las pantorrillas hormigueadas por la espera; los pies doloridos por el acompañamiento. No sólo la piedra. También la certeza amamantada en la eclosión popular de la religión que se profesa.

Alguien, casi sin querer, me sirvió una ilustrativa metáfora: la plaza de Colón está inclinada hacia la parroquia porque es en la parte más cercana al templo donde en la tarde del Viernes Santo se vendimian oraciones. Porque en esa zona se amontonan las gratitudes devotas. Y son estas quienes decantan la balanza de la orografía piadosa del lado de Jesús hacia su templo.

No sólo la piedra. También los capirotes con forma de ciprés en el cementerio bajo un cielo de ceniza. Ahí comenzó todo. Porque los salmantinos, el Viernes de Dolores, vamos a buscar a Cristo al campo en el que algún día paceremos eternamente. Lo llevamos a la ciudad para que esté con nosotros hasta que resucite en la Vera Cruz. No sólo la piedra. También los árboles. Los del parque de los Jesuitas al agitar sus ramas para aliviar al Perdón. Los del parque San Francisco para ayudar a desenclavar a Cristo muerto. Los de la plaza de Anaya para mirar a un cabildo catedralicio desnortado. Los de la ribera del Tormes para soplar a favor del Amor y de la Paz. La secuoya de la Universidad para presenciar el rito ancestral con el azucarillo.

No sólo la piedra. También la gastronomía. Si la Semana Santa fuera sólo religión, no lo sería igual. Los barquillos que inauguran un Domingo de Ramos que supo cumplir con los cánones de lo que le habría de ser exigible a todo Domingo de Ramos: un sol lustroso en familia. El vino que riega los prolegómenos de un Martes Santo del que nunca nos cansaremos de presumir. Las torrijas que empapan el final de la procesión al amanecer el jueves. El chocolate con churros que debería ser de obligado cumplimiento al despertar el viernes tras la Dominicana. La hamburguesa importada que ayuda a sobrevivir por la tarde aunque se rompa el ayuno.

No sólo la piedra. También la campana junto al Doctrinos imparable hacia la cima; la voz de la clausura al regresar la Agonía Redentora al regazo de sus monjas; los tambores tras el Cristo de la Liberación en un cuarto de siglo que legaremos genuinamente; la cadencia emocionante de Culocorao al salir, resplandeciente, de su capilla; o la Dolorosa enorgullecida de su paisano zamorano al que acompañó en el Liceo. Otra Dolorosa, la de Montagut, madre ennoblecida que no comprende de qué se ha contagiado su hijo en el Prendimiento o ante Pilatos.

Esta mañana, en el andén desde el que Salamanca se aleja aunque siempre se viaje con ella en la maleta de los recuerdos, todavía se regocijaban de una Semana Santa inolvidable. No sólo la piedra. También las ganas colmadas de procesión. El camino hacia la Pascua izada desde nuestra Pasión hollada como pocas veces en la última década. No sólo la piedra. También el párrafo que cada uno, en silencio, escribirá y que puedes añadir ahora al final de este texto.

Abraham Coco / Fotografías: Pablo de la Peña y Ángel Holgado (La Soledad)

En las imágenes, estampas de las procesiones de La Soledad, Huerto de los Olivos, Vera Cruz (Descendimiento y Santo Entierro), Nazareno y Rescatado.

GALERÍA DE FOTOS: "Ecos de Semana Santa, en los ojos de Pablo de la Peña y Ángel Holgado"