¡Qué tiempo tan bonito este de la Navidad!, ¡Qué misterio de alegría y sorpresa, de Gracia y de paz! Dios nos ha nacido. He aquí la primera paradoja: Dios que nace. ¿Cómo Dios puede nacer?
Pero hay más paradojas: El Dios Omnipotente, Todopoderoso, Omnisciente, el Gran Dios Creador de todo cuanto existe, el Gran Dios que con brazo extendido liberó a su pueblo de la esclavitud de Israel, el Dios que ha ido conduciendo paso a paso a su pueblo hacia la esperanza. Ese Dios que desde siempre y por siempre ha estado cerca y pendiente de su pueblo, ahora, en esta etapa final de la historia ha querido entrar en la vida de la humanidad de una forma nueva, inaudita, imprevisible: desde dentro, desde abajo, desde las raíces más profundas del ser humano, desde un útero de una mujer, naciendo en un parto, siendo bebé, apareciendo en su porte con la debilidad y la fragilidad de un niño recién nacido; con la ternura y la piel suave de un bebé.
El Dios que todo lo puede se hace el Dios que todo lo necesita; el Dios que todo lo sabe se hace el Dios que nada conoce; el Dios que está presente en todos los rincones del mundo, aparece en un pesebre, envuelto entre pañales en un pueblo insignificante del mundo y de Palestina.
¡Cómo para no hacer silencio, callar, agradecer y gozar!