Domingo, 8 de diciembre de 2019

Un lienzo muy grande con unas alas enormes

Apareció de repente encima de la plaza, allí, en toda la mitad. Igual que un elefante a la deriva tras haber sido soñado en algún sueño (soñadores vosotros que os dejáis los elementos, los paisajes enredados en la niebla y se os quedan perdidos en la bruma todo el día, con la esperanza de encajar en otro sueño) apareció así, igual que cuando alguien dice «de la nada» y, entonces, se sorprende. Era el laberinto. Una estructura de metal que cubría el suelo con su forma de gusano gigante en cuyo vientre te invitaban a entrar. Prometían bellezas. Pero qué cosa tan rara, pensé, y pasé de largo con la prisa que hace días me acompaña y que no logro espantar de mis zapatos.

(Aquí se hace necesario abrir este paréntesis para decir, rompiendo el marco del texto y dirigiéndome a ti, lector, a ti que has esperado, paciente, esta columna, a ti, cuya constancia arropa mis esfuerzos como un beso mullido y su dulzura, a ti, lector, quiero decirte que te hablo también cuando no salen las palabras y que llevo muchos días sin escribir. Alzada por las alas de la prisa, sometida al contratiempo de la lengua que se amarra y se queda pegada al paladar y se le hace en la boca este desierto. A ti lector quiero decirte que todavía hay tantas cosas que no sé, pero que aprendo, y que quiero tanto, quiero tanto, quiero tanto hacer lo que es correcto y dar / el paso a ciegas de entrar en esta bruma / de escribir sin desaliento porque a veces, en medio de lo oscuro, me da un miedo en las yemas de los dedos y, entonces, ya no encuentro la fuente, el lugar de donde vienen las palabras, y me pongo a deshojar las margaritas contándoles los pétalos.

Escribir es difícil. Se pone la piel de gallina cada vez y cada vez y cada vez, de nuevo. Se te cae la brújula y abres mucho los ojos —como platos— y ves un montón de noche detenida, tan muda, que tienes que abrazarte las rodillas porque castañean. Y no sabes el miedo de qué. O tal vez sí: de abrir la puerta, de entrar en ese hueso de alma que todavía no comprendes, de encajarlo sin daño entre los dedos. Te aquietas. // Te aquietas y aceptas la mordaza en el torrente de todo lo que suena y no quiere salir. Te aquietas y confías en el hilo. Un hilo igual que el rayo aquel que no cesaba. Un caminito de migas de pan color Hansel y Gretel, y sabes que está ahí, en tu memoria, la manera de volver a llegar. Escuchas lento: las alas que rasgan el aire, los susurros de la hierba que abre).

Había un gusano blanco, decía, parecido a un elefante, encima de la plaza. Decidí entrar: es una exposición sobre el cuadro El Guernica que relata, con imágenes, con cartas y otros documentos, la historia de su viaje. Allí está Picasso en esa foto que le hizo, sin que él se diera cuenta, Dora Maar. Picasso en su buhardilla diminuta de París 1937 en cuya «Exposición Universal» presentaría su gran lienzo.

De la foto se deduce que el espacio estaba lleno de la tela —la tela del lienzo cubre toda la estancia— y que sus manos (la bruma movida de sus manos) se concentran. El gesto de su rostro tiene forma de grito: Picasso pintaba ese desgarro del cuello de un caballo en la garganta de una guerra y de su horror. Poseído de futuro, Picasso está en la foto dejando un cuadro enorme para ti, para que te llegaran, ochenta años después hasta la plaza, esta foto, esta historia, el momento en el que él también descascaró la incertidumbre de la noche y encontró una verdad hasta la médula del hueso. Este pincel, este bullicio entre los dedos, este lienzo en el centro del sentido, vibrando todavía su oleaje.

El Guernica fue pintado en 1937 y estuvo dando muchas vueltas por el mundo. Un día de 1981 llegó, por fin, a España y no ha dejado de hablarnos desde entonces. Miles de personas lo visitan en su sala del Museo Reina Sofía y escuchan las manos desgarradas de Picasso, sus gritos, su rabia y su esperanza plasmados allí. Y cuentan esa historia en Salamanca, te la encuentras de repente una mañana. Qué maravilla de ciudad, piensas, que te pone estas cosas por delante para que no dejes de ver: la brújula, la fuente, los pasos, el camino. Hay belleza, lector mío, hay belleza y se abre paso en mayo en las semillas, en el sol que se prolonga en el buen tiempo. Ven a ver la foto de Picasso pintando su Guernica en la Plaza de Anaya, ven a recordar el horror que no puede repetirse y la belleza que florece, contra tanto. Hay una cifra allí que nos completa. Es un Aleph. Y están ahí, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

(La exposición que se menciona en estas líneas lleva por título «Picasso. El viaje del Guernica» y la puedes ver en la Plaza de Anaya hasta el 29 de mayo).

Salamanca, 17 de mayo de 2019