Jueves, 27 de junio de 2019
Las Arribes al día

Paco Cañamero narra en ‘Aquella mañana de diciembre…’ la tragedia de Muñoz

En su interior, el escritor y periodista salmantino recuerda el dolor de treinta familias del Campo Charro que perdieron a sus hijos en el accidente ferroviario

Momento del homenaje celebrado en diciembre pasado promovido por el Ayuntamiento de La Fuente de San Esteban / ARCHIVO

“Este es el libro más duro que he escrito”. Así define el escritor, periodista y crítico taurino, Paco Cañamero, su última obra, Aquella mañana de diciembre…, trabajo histórico-biográfico de la tragedia ocurrida hace 40 años en el paso a nivel de Muñoz, localidad del Campo Charro en la que perdieron la vida 30 niños y un adulto al ser arrollado por el tren el autobús escolar en el que viajaban de camino al Colegio Público ‘Nuestra Señora de los Remedios’, de La Fuente de San Esteban. Desde aquel 21 de diciembre de 1978, las localidades de Carrascalejo de Huebra, La Sagrada, San Muñoz, Ardonsillero y Muñoz, lugares de procedencia de los niños, quedaron marcadas para siempre.

Paco Cañamero recupera en este libro, que será presentado en el Casino de Salamanca el 10 de abril a las 20.00 horas, la memoria de los que allí perdieron la vida, un homenaje a todos ellos y también a sus familiares, que quedaron marcados para siempre, “30 niños fallecidos y un adulto, y varios heridos graves, y eso en una zona de pocos habitantes y tan despoblada, la deja marcada para siempre, dejó un dolor tremendo. Aunque la gente trató de olvidar, fue imposible”, asegura Paco Cañamero.

Testigo directo de las lágrimas que encharcaron el Campo Charro, Cañamero entonces tenía 10 años y acudía al mismo colegio de La Fuente de San Esteban al que iban los niños del autobús accidentado. “Con diferencia este ha sido el libro más duro de los 31 que he escrito. Conocía prácticamente a todos, y ahora volver a revivir aquello…, aunque tengo los recuerdos muy claros de aquella mañana. Me quedó grabada. Vuelves a emocionarte cuando las familias te cuentan el momento en el que llegaban al paso a nivel y se encontraban con los cadáveres de sus hijos. Muy duro”.

Aquel suceso también dejaría marcado al autor. A partir de que se puso frente a una máquina de escribir, cada 21 de diciembre Cañamero tenía en su memoria el fatal accidente y dedicaba uno de sus artículos a quienes sufrieron en sus carnes uno de los episodios más duros al que se puede enfrentar un padre, y que no es otro que asistir al entierro de un hijo, “incluso algunos perdieron a tres hijos”, recuerda el autor, al mismo tiempo que reconoce que “los primeros años no caía bien, no querían que se recordara el accidente”.

Sin embargo, en el homenaje realizado en diciembre pasado por el Ayuntamiento de la Fuente de San Esteban, con motivo del 40º aniversario de la tragedia, “palpé allí muchísima emoción y era una antigua aspiración que tenía, tratar de reflejar esta historia en una obra literaria, así que empecé a trabajar”. Y lo que en un principio era desconfianza y pudor, se tornó en confianza y amistad, porque “cuando empiezo a escribir el libro, la gente se abre, la de San Muñoz, La Sagrada, Carrascalejo…, se abren en canal y te cuentan todo; me llevan a sus casas y me enseñan la ropa de sus hijos, sus cuadernos…; había también como una necesidad de reflejar ese momento tan duro para el Campo Charro”.

Dos episodios significativos

Entre los episodios más significativos recogido en esta obra, Paco Cañamero cita dos que “no podían quedar en el tintero”. El primero “es un poco la base del libro, sobre todo en un momento en el que la sociedad ha tomado unos caminos tan egoístas”. Sobre este episodio, Paco Cañamero narra que “aquel día, Muñoz y los pueblos limítrofes…, La Fuente de San Esteban, Boadilla, Aldehuela de la Bóveda, Buenamadre… se volcaron en una lección de solidaridad histórica. La gente iba con sus coches y sacaba a los niños heridos y los llevaban al hospital, y esa reacción inmediata, porque entonces los medios sanitarios eran muy precarios, hizo que se salvaran muchas vidas. Luego, cuando llegaron las ambulancias, ya solo quedaban allí los ilesos o los heridos leves. Aquel día el Campo Charro fue ‘Fuenteovejuna, todos a una’, una auténtica lección de solidaridad que no podía quedar en el tintero. Todo el mundo apoyó, ayudó, estuvo ahí”.

El segundo de los episodios se lo dedica al que a la postre es el prologuista del libro, entonces –con 33 años– primer gobernador civil de la democracia en Salamanca. Jaime Royo-Villanueva Payá “fue un hombre que se implicó mucho y vive aún muy vinculado con los damnificados del accidente”. Cañamero narra cómo llegó a protagonizar “actuaciones un tanto heroicas” al ordenar el levantamiento de los cadáveres antes de la llegada del juez desde Ciudad Rodrigo “para evitar el sufrimiento a los padres porque el juez no se presentó en el lugar del accidente hasta la una y media del mediodía, cuando el suceso había sido a las nueve de la mañana. Así que cuando llegó al lugar, se enfrentó a él por haber tardado tanto, a lo que le contestó preguntándole que quién era él para ordenar el levantamiento de los cadáveres. Entonces le contestó que era el gobernador y que lo había hecho por humanidad, porque no podíamos permitir que la gente viniera y sufriera tanto”. De aquel episodio, Cañamero narra cómo “la gente de los pueblos reconocía a sus hijos y se llevaba los cadáveres por orden del gobernador, que lo autorizó. Fueron unas escenas dantescas”.

Por último, Paco Cañamero quiere agradecer a los padres y familiares de los fallecidos y heridos que “se hayan abierto a mí para recordar el momento en el que también quedaron muertas sus vidas, se quedaron sin ilusión, se habían quedado sin sus hijos. Aunque veían cada mañana un nuevo amanecer, para ellos su vida ya les daba igual, sobre todo para aquellos matrimonios que perdieron todos sus hijos”. Recuerda cómo “un matrimonio de La Sagrada perdió a sus tres hijos, otro a dos, la actual alcaldesa de La Sagrada perdió a su único hijo…, y fue durísimo, así que la emoción y el dolor sigue vivo, y eso les acompañará para siempre”.

En esta primera edición de Aquella mañana de diciembre…, han sido publicados 2.500 ejemplares, 212 páginas sin ilustraciones, sí, pero llenas de dolor, un sentimiento representado en su portada con un nuevo amanecer y que pretende significar que la vida sigue, también después de una tragedia como la que dejó sin alegría al Campo Charro hace 40 años.