Sábado, 14 de diciembre de 2019
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (15): Ángel Gómez Sánchez (In memoriam)

Ángel Gómez Sánchez nació el 6 de marzo de 1923 en El Bodón y falleció en Irún (Guipúzcoa) el 5 de julio de 2008
Ángel Gómez y Vicenta Barragués | Foto: cortesía de Ramón Gómez

La colaboración de Ángel Gómez en las labores de recuperación de la memoria histórica remonta a 2004, en los comienzos de la andadura memorialista. Ya era mayor entonces, y su residencia en el País Vasco reducía las posibilidades de encuentro al  paso veraniego por el pueblo natal, cuando el encuestador tampoco disponía de mucho tiempo. Por ello su aportación no fue copiosa, pero sí muy significativa, por tener ya experiencia desde 1979 en la lucha por el reconocimiento de las víctimas republicanas y por haber sido testigo en su localidad de aquella represión que, desde la sublevación militar, empezó a instalarse como base y sustento de la Dictadura, la cual, hoy más que ayer, sigue teniendo declarados valedores ante la Historia. Su testimonio, junto con el de su sobrino Eusebio Gómez, fue grabado aquel verano a la puerta de su casa (16/08/2004). En la información también colaboró su esposa, Vicenta Barragués. Para algunos datos biográficos ha sido necesaria la participación de uno de sus hijos: Ramón Gómez Barragués (31/10/2018), portador del nombre de su tío asesinado en 1936.

Ángel Gómez Sánchez nació el 6 de marzo de 1923 en El Bodón (Salamanca) y falleció en Irún (Guipúzcoa) el día 5 de julio de 2008. Fueron sus padres Saturnino Gómez Herrero (jornalero) y Virginia Sánchez Prieto (sus labores). Los abuelos paternos, Juan Antonio y Quintina, así como los maternos, Victoriano y Juliana, eran naturales y vecinos de “esta villa de Bodón”. El susodicho fue el primer hijo de este matrimonio que también tuvo una hija llamada Carolina (Carola), pero la fratría incluía un primer hermano, Ramón Gómez Ramajo, habido por Saturnino en sus primeras nupcias, con Asunción Ramajo Sánchez (V. “Archivos vivientes”, Eusebio Gómez Gómez, 22/11/2018).

De la situación socio-económica de esta familia es claro indicio la circunstancia de que quien era cabeza de la misma, Saturnino Gómez, fuera de los “labradores” que, para sustentar a los suyos, tenía que recurrir a “las tierras del común que arrendaba el Ayuntamiento”, pero también era jornalero (no todos “los labradores” araban tierras propias). Y para entender las raíces de esto mismo hay que retrotraerse a mediados del s. XVIII, cuando se elaboró el conocido Catastro del marqués de la Ensenada. El Bodón era “villa de señorío” perteneciente a la casa de Benavente. Entonces, descontada la superficie de las dehesas “propias” de la Nobleza o de la Iglesia (Aldea de Alba de Hortaces, El Tejadillo, Valquemada y El Collado de Malvarín; al parecer no se mencionan allí Melimbrazo y Pascualarina), quedaban para los vecinos de a pie (147 hogares) unas 4.000 fanegas (800 ha) de tierra desigual, en su mayor parte inculta. Al común pertenecían los holgados, o tierras útiles de unas 200 fanegas “que se arrendaban”.

Con las hazañas épicas de la Francesada los patriotas locales contribuyeron a reponer en el trono a un “rey Deseado” (que resultó un indeseable) y con la Desamortización (1836) algunos latifundios cambiaron de dueños, pero la situación de los lugareños, lejos de mejorar, empeoró a causa de aquellos u otros desbarajustes y, sobre todo, el progresivo aumento demográfico durante la Monarquía y la República (1.152 hab. en 1930). De tal modo que la mayoría de los vecinos, si no emigraba (vía muerta desde 1930), tenía que ocuparse como criado en las grandes fincas del término municipal o de otros pueblos vecinos. Para esto había que contar con el talante caprichoso de los señores de la tierra, quienes, contraviniendo las leyes de la República, procuraban encontrar servidores fieles a bajo costo, a veces gente foránea e incluso llegada de Portugal. Precisamente por esta razón prepararon y apoyaron la sublevación militar de 1936.

En este contexto social creció el niño Ángel Gómez, que al menos pudo beneficiarse de la tutela de la República, para asistir a la escuela. Más tarde acudía a las clases nocturnas, después del trabajo. Era muy listo, se desenvolvía muy bien en matemáticas y escribía con soltura. En ese período entre la adolescencia y la juventud, no era plato de gusto para este feligrés la obligada participación en las celebraciones religiosas (misas, entierros y procesiones), sabiendo de vista y por la voz del pueblo que el párroco José María Corral (“el Tempranillo”, para los familiares de las víctimas) había sido perseguidor y seguía siendo denunciante ultra-católico de republicanos, sobre todo si tenían un pasado sindicalista. Sin embargo, Ángel, si no  practicante asiduo, fue creyente toda su vida.

En 2004, a sus 80 años corridos, más que las circunstancias de la ocupación del pueblo y la incautación de la autoridad legítima por parte de la Guardia Civil (19 de julio de 1936), todo ello por delegación de la Autoridad Militar golpista de la VII Región (Valladolid), el antiguo escolar (de 13 años) recordaba perfectamente la represión sangrienta, que se llevó por delante a su hermano Ramón y a él lo obligó a representar el papel de penitenciado inquisitorial en un simulacro de auto de fe.

Al cabo de 68 años, Ángel todavía sentía el desasosegado resquemor de haber sido instrumento utilizado por los represores en la captura de su hermano, que tuvo lugar en una vaguada a vista del pueblo, y él señala en el momento de la narración. Para detener a Ramón sin riesgo alguno de fuga, las autoridades militaristas mandaron al adolescente con el aviso de que “se presentara en el ayuntamiento”. Era la mañana del 11 de septiembre, después de las detenciones sangrientas y sacas domiciliarias o carcelarias de Ciudad Rodrigo, Robleda, Peñaparda y otros lugares. Habían sido asesinatos estentóreos y oficialmente anónimos, que formaban parte de una estrategia prevista y aplicada metódicamente conforme a la retórica del terror militar: las muertes (argumento principal) debían ser visibles para propagar el miedo entre presuntos oponentes, y la autoría ocultada para que el sentimiento de la propia impunidad incentivara a los victimarios en sus tareas macabras. Por ello, la futura víctima mortal, presumía cuál sería su destino y se lo hizo saber al mensajero (“me van a matar”), pero se entregó porque, además de considerar de que así ahorraba malos ratos a su familia, se sabía acorralado por las fuerzas militares (carabineros) y milicianos fascistas presentes en el pueblo.

La vejación del adolescente le llegó porque alguien de la familia le había regalado una camisa roja, un color tan detestado por los represores franquistas, que hasta habían proscrito el término de  su vocabulario, reservándolo exclusivamente para discriminar e insultar a sus víctimas y a quienes compartía con ellas el respeto a la legalidad y el ideario republicano (Rojos y Rojillos). Los falangistas locales, después de haberlo utilizado como mensajero para decir a su hermano Ramón que fuera al ayuntamiento, de donde salió para la cárcel Ciudad Rodrigo y la consiguiente saca para el matadero (11/09/36), lo convocaron a él (y a otros escolares sin duda) para aquel truculento remedo de auto de fe en la Plaza Mayor. Le pusieron dicha camisa roja en las manos, le prendieron fuego y lo obligaron a un ritual de abjuración. Ángel sonreía al contar que, paradójicamente, aquel simulacro tenía una parte de verdad, pues el maestro de ceremonias que le obligaba a recitar la fórmula de retractación del incipiente credo republicano, decía de sí mismo lo que realmente era, un verdugo: –Tú tienes que decir “así mueren los canallas como yo”. Él mismo iba diciendo lo que era (EB 2004a).

 Estas camisas rojas, que se mencionan en otros pueblos, habían sido cortadas y cosidas para los niños de la escuela con motivo de las fiestas conmemorativas del IV Aniversario de la República (14 de abril) o bien (o quizás también) en la Fiesta del Trabajo (1º de mayo de 1936). Obviamente, los portadores más entusiastas de tales atuendos emblemáticos eran los jóvenes sindicalistas. En El Bodón se ocupó de su elaboración una modista del pueblo, Juana García Silva, que también se encargó del bordado de la bandera sindical, e incluso quizá fuera ella misma la abanderada en aquel desfile, pues oficiosamente recibió el título de “madrina de la bandera”. Por todo ello fue la única mujer que tuvo el privilegio de ser ejecutada extrajudicialmente en la finca de Medinilla (propiedad de la familia Sánchez Arjona, en Bañobarez, cerca de San Felices de los Gallegos) con otros 14 vecinos bodoneses, entre los cuales iba Ramón Gómez (mayor).

Apenas salido de la escuela, e incluso antes, Ángel se inició con su padre, que por los años del hambre era jornalero en la finca de Casablanca (Ciudad Rodrigo), en las servidumbres habituales que permitían a niños y mozalbetes como él ganarse la cagada de lagarto: pinche, segador de un surco, atarique, trillique y acalcador de paja en las faenas del verano, cuidado de ganado,  labores, etc. No tardó mucho en ser mayoral en las labores agrícolas en la época en que se efectuaban a mano, y concretamente en la siega iba de manejero (el que abre el corte en la fila de segadores). Y era  capaz de tirar con  tres surcos, para echarle una mano a su sobrino Eusebio, nuevo en estas lides, el hijo huérfano de su hermano Ramón de quien “no ha podido olvidarse nunca”.  Dormían en los surcos, pero comían de caliente (“con cuchara”), porque los pinches les llevaban comida y cena.

Para los hombres hechos (y las mujeres viudas o huérfanas desamparadas) la actividad más lucrativa, aunque ilegal y dificultosa por ser casi de obligada nocturnidad, era el contrabando, tantas veces mencionado. Con aquel maestro, Ángel llegó a ser un águila en el tráfico de máquinas de coser, que se transportaban de El Bodón a La Puebla de Azaba (donde otros contrabandistas tomarían el relevo hasta la Raya portuguesa), lo cual exigía una caminata de unos veinte kilómetros por roderas y trochas medio montañosas, dando tropezones a la luz de la luna caprichosa. Cada una de aquellas máquinas pesaba unos veinte kilos, que bastaban para dejar harto de cansancio a cualquiera por aquellos malos pasos, pero él se atrevía con dos. En poco tiempo desarrolló un cuerpo adecuado a esta sobrecarga que los hombres pobres asumían en lugar de las bestias que no poseían. Obviamente, Ángel no pudo presumir de esbelto, pero sí de anchas espaldas, tanto que sus compañeros de fatigas le adjudicaron un nombre de guerra muy acertado: “el Talego”. Su portador lo aceptó por suyo. Y en el corro dominguero, que entre ellos formaban, en una taberna del pueblo, tenía reservado un sitio y una jarra marcada con su glorioso epónimo (su hijo Ramón guarda con celo esta preciosa reliquia).

Sobrevivir con estas ocupaciones agropecuarias y transportes clandestinos de mercancías y productos de primera necesidad no dejaba mucho margen para el aburrimiento (es el principal privilegio de la gente pobre). Ángel, por naturaleza, no tendía a dejarse llevar por la vida. No esperó mucho para tener novia formal. A sus veinte años se casó con Vicenta Barragués Benito, cuya familia, sin nadar en la riqueza, había pasado y pasaba menos estrecheces. El padre, Eusebio Barragués Vicente, era molinero, cuando ella nació (1924), y la madre se ocupaba en “sus labores” (la cantinela de siempre). Cuando al cabo de 60 años de casado recordaba el noviazgo, bromeando delante de su esposa, decía  que se había arrimado a su ventana porque de aquellas rejas en la casa del molinero (“que maquila por su mano”) podía caer algún “cacho de pan”. Y Vicenta, por su parte, añadía testimonios sobre el enrevesado contexto social antes de la Sublevación militar. En sustancia se deduce de ellos que su padre no era propietario del molino, y el dueño se lo alquilaba a condición de que votara por los candidatos derechistas, lo cual obligaba a Eusebio Barragués a incómodos malabarismos,  para no sentirse fuera de juego con respecto a la solidaridad con sus compañeros de clase social. Ramón, un hijo de ambos, aclara que al “abuelo Eusebio” no lo mataron porque se llevaba bien con los guardias civiles, y éstos, que tendrían estómagos agradecidos, le sirvieron de escudo.

Ángel no tuvo que ir al servicio militar, lo cual facilitaría los planes de la mencionada boda, celebrada la víspera de la fiesta patronal de Santa Cruz  (3 de mayo de 1943). Él trabajaría de antes para su futuro suegro, como lo seguiría haciendo después, según fueron llegando los frutos de aquel matrimonio, hasta constituir una amplia fratría: Josefa, Ramón, Agustín, Serafina, Manuel y Ángel José. Todos nacieron en El Bodón y, al decir del informante Ramón, se criaron en una casa de 25 metros cuadrados. Algunos niños iban a dormir a casa de los abuelos maternos, que se portaron muy bien con ellos. Ramón piensa que sus padres se querían mucho y dieron buena educación  a sus hijos, como respetuosos y cumplidores católicos, que iban a misa todos los domingos. Pero este alimento espiritual no dispensaba del indispensable sustento corporal de la numerosa familia. Para ello, hasta 1960, Ángel se empleó en todo tipo de trabajos, en El Bodón o donde le llamaran: carbonero, leñador en el desmonte, poda de olivares en los pueblos del norte de Cáceres. Participó en la construcción de una carretera en Astorga. El empleo más duradero lo tuvo en Vegaviana (Cáceres), para la implantación del regadío con el embalse de Borbollón (1954). Él estuvo sacando piedra en La Muela (pedanía de Pinofranqueado), sin incidentes notables, a excepción de una huelga. Su mujer y sus hijos iban a verlo en las vacaciones escolares, y permanecían con él instalados en barracones.  

 A partir de 1960 la gente de El Bodón empezó a emigrar masivamente dentro y fuera de la Península. Ángel y su hijo Ramón (de 15 años) salieron en 1963, y éste recuerda que, aprovechando el apoyo de su tía Isabel (hermana de su madre), en cuya casa estuvieron de patrona, su padre se colocó de albañil y él mismo de pinche. Pero la aventura no empezó bien, pues el primero cayó enfermo de meningitis. Después mejoró la perspectiva, y el abuelo Eusebio costeó el servicio de una furgoneta para que la madre y los otros miembros de la fratría se reunieran con los dos emigrantes. A partir de entonces, todos los componentes del grupo familiar en edad de trabajar cooperaron en la economía doméstica, hasta la madre, Vicenta, que se ocupaba de tres pupilos en su casa. Y Ramón señala que él mismo entregó la paga a sus padres hasta diciembre de 1971, una semana antes de su propio matrimonio (08/01/72). Antes y después de casarse compartió los avatares laborales con su padre, y de ello se siente orgulloso.    

A finales de noviembre de 1964 Ángel y Ramón, por sugerencia de “un tío guardia civil que prestaba servicio en Fuenterrabía”, cruzaron legalmente la frontera (“porque en Francia pagaban más”), para trabajar en Biarritz-la-Négresse en el País Vasco francés, donde les alcanzó la crisis de 1984. Sin embargo siguieron unidos hasta la jubilación del padre (1988), con 63 años (en régimen de pré-retraite dos años, a causa del paro). El régimen de trabajo fronterizo tenía sus ventajas, porque les permitía mantener la residencia familiar en Irún, pero provocaba un sentimiento de injusticia comparativa con respecto a los trabajadores españoles residentes en Francia, ya que éstos cobraban las prestaciones familiares y ellos no. Para conseguir los mismos derechos recurrieron a una huelga dura, en la cual tuvieron que hacer frente a las CRS francesas en una sonada manifestación, a raíz del corte del puente Internacional de Santiago (¿en 1968?). No está claro si fue por entonces cuando fallecieron dos obreros al tirar un andamio.

En la brega sindical, Ángel era un hombre convencido y decidido, que no actuaba solo en defensa de sus intereses, sino en solidaridad con sus compañeros de clase, en pro de la justicia social. En España estuvo afiliado a las CCOO. En este marco se inscribe la actuación pionera en lo que después se ha llamado recuperación de la memoria histórica, que, paradójicamente, se pretendía enterrar en la negación y el olvido cuando se publicó el decreto-ley 35/1978, bajo la presidencia de Adolfo Suárez.

Dicho sea de paso, a este hombre habría que llamarlo Adolfo “el Bueno”, para no asociarlo con su homónimo nazi alemán y por contraste con la política del silencio y la negación de la memoria republicana practicada por quienes le sucedieron en el gobierno de la Monarquía (“se fue Melchor, y vino otro peor”). Así se pusieron las bases de la “historia consensuada”, en cuya “construcción” han participado algunos renombrados historiadores académicos. La política de aquel presidente traicionado por los suyos, al contrario de lo que vendría a continuación (gobiernos centristas, felipistas y aznaristas) y, después del bienintencionado J. L. Rodríguez Zapatero, ha sucedido en las últimas legislaturas derechistas del impávido M. Rajoy, al menos permitía la exhumación de los restos mortales de víctimas enterradas en fincas privadas o terrenos comunales, sin que los dueños se mostraran reacios o las autoridades locales hicieran de don Tancredo, por no hablar del vergonzante olvido de algunos descendientes.

El reconocimiento y desagravio de los bodoneses enterrados en Medinilla fue posible gracias a la buena voluntad de los entonces dueños de finca, entre ellos el alcalde en funciones de Ciudad Rodrigo (Manuel Delgado Sánchez-Arjona, UCD) y al ayuntamiento de El Bodón, pero la iniciativa partió de los familiares de los muertos. Entre los más diligentes estuvieron los Gómez emigrados al País Vasco, tanto los de Bilbao como los de Irún, con Eusebio y Ángel, respectivamente hijo y hermano de Ramón Gómez Ramajo, a la cabeza.

Estos bodoneses asentados en el País Vasco español se veían con frecuencia, entre tíos, sobrinos y primos, pero, cabría suponer, no respiraban exactamente el mismo ambiente enrarecido a causa del terrorismo, y no del nacionalismo en sí, con el que unos y otros se acomodaban, porque no habían salido de su casa para aprender vascuence, pero tampoco estaban allí para predicar el patrioterismo mesetario ni oponerse a una educación acorde con el entorno social. Los Gómez avecindados en Irún que se empleaban en Francia pasaban por las mismas vicisitudes laborales que sus compañeros de trabajo franceses. En principio, podían ver con cierto distanciamiento los enfrentamientos entre la Policía o la Guardia Civil y los activistas del nacionalismo extremo, como si no fueran con ellos (“había mucho jaleo, pero no se sentían en peligro”). Sin embargo, de hecho estaban inmersos en un conflicto que se les metía en casa desde los tiempos de Franco. Casi a sus puertas se produjo el asesinato del inspector Melitón Manzanas a manos de la incipiente ETA (2 de agosto de 1968). Había colaborado con la Gestapo. De él se contaba que, entre otras sutilezas, “quemaba los dedos con el cigarro y pinchaba con agujas las yemas de los detenidos”. Veinte años más tarde apareció en un bosque de Deva el cadáver de “uno de ETA”, un chico joven, Josu Zabala, cuya muerte se puso en la cuenta de las fuerzas del Estado. Las hazañas macabras de esta organización eran más aparatosas, y reconocidas por  ella misma. Pero los gobiernos democráticos no pueden calcar ocultamente los métodos violentos de quienes no lo son, sin perder su esencia (la grandeza de la Democracia, que conlleva cierta flaqueza,  reside  en el respeto de la legalidad y de la justicia).

No era muy cómoda la vivencia de esta situación, como no lo era en el pueblo de El Bodón tener que convivir con quienes habían sido fascistas o practicantes del nacional-catolicismo y se negaban al reconocimiento de las víctimas. La profunda ruptura de antaño todavía se palpa, a pesar de lo cual, los primeros emigrantes volvían de vacaciones al pueblo con sus familias, y algunos de ellos lo han hecho definitivamente, después de la jubilación, como el mismo Ramón Gómez (menor), cuya voz ahora se empaña al recuerdo de Ángel y Vicenta. Él acompañó en todas sus peripecias laborales al padre, y éste, ya jubilado, se arreglaba para hacerse el encontradizo de mañana, cuando el hijo se incorporaba a su empleo municipal, satisfecho de verlo ocupar un cargo de cierta importancia en el ayuntamiento de Irún.

Ramón (menor) también fue testigo de un final que le llegó al padre por sus pasos contados. Éste conservaba de su juventud ciertos resabios de afición a la tauromaquia, que, para antiguos vaqueros y criadores de reses bravas en esta tierra, es como una segunda naturaleza. En sus vacaciones, satisfacía esa apetencia con los encierros del mes de agosto por san Lorenzo en El Bodón o san Bartolomé en Fuenteguinaldo, donde el encuestador lo encontró alguna vez. En el verano de 2006 su hijo Ramón decidió llevarlo a ver una corrida de verdad en Salamanca. Y durante el espectáculo le sorprendió un ictus, que se tradujo en forma de perplejidad ante los aplausos que el público dedicaba a un banderillero. Fue el comienzo de su declive final. Su hijo lo describe de forma lapidaria: “Puso las banderillas el Fandi. Preguntó [Ángel] por qué se levantaba la gente. Le había dado un ictus. Empezó a flaquear, y vivió dos años más, pero bajó mucho poco a poco”. Falleció cuatro años antes que su esposa en Irún, donde ambos descansan en paz.

Ángel Gómez Sánchez nos ha dejado una imagen  a la vez singular y compartida con otros “archivos vivientes”: un hombre serio y responsable, trabajador incansable, preocupado por su familia, buen esposo y padre, sacrificado por ellos y solidario en general con los demás. Desde niño guardó un recuerdo respetuoso para las víctimas del franquismo, entre las que se contaba él mismo, pero sobre todo volcado en el reconocimiento de los vecinos bodoneses y en especial de su hermano Ramón (mayor). Su testimonio nos llegó un poco tarde y por poco tiempo, debido a su fallecimiento. Sin embargo, por la importancia de su contenido y por su modélica conducta constituyó un acicate para la empresa memorialista.

Referencias: La represión franquista en el SO de Salamanca, II, 6: Citación en el ayuntamiento de Ramón Gómez por mediación de su hermano Ángel;  VI, 1.3.2,  y notas: detención, asesinato e inhumación en Medinilla, el 11 de septiembre de 1936.

En la prensa digital:

“Croniquillas del verano sangriento”:

https://salamancartvaldia.es/not/126903/saca-perfecta-necrologio-2a-tanda-vecinos-bodon/

 “Secuelas vigentes del franquismo”:

https://salamancartvaldia.es/not/146994/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-bodon/

https://salamancartvaldia.es/not/194971/contra-desmemoria-republicana-archivos-vivientes-12-eusebio-pais/