Sábado, 21 de septiembre de 2019

Águedas, carnavales y ladronicios

5/febrero/viernes

Santa Águeda. “Las águedas”, la gran fiesta de invierno en muchos pueblos de Castilla y Léon. En Cañizo “las águedas” ponían el calor a los días fríos de febrero. Mandaban las mujeres, un poco más todavía de lo habitual, y eso llenaba el pueblo de vida y emoción. Fiesta entrañable y divertida que recuerdo sobre todo con el corazón. Tiempo de bollos y aceitadas que hacía mi madre con fruición de repostera.

    [Img #561626]Las mujeres se vestían con ropajes antiguos, de las abuelas, guardados con mimo en el baúl para evitar la polilla. El vestido de mi madre era negro, de gruesa lana, con ribetes amarillos bordados a mano, medias blancas también bordadas con diversas figuras y zapatos negros de diseño decimonónico. Mi madre había heredado esta prenda de estudio etnográfico de su madre, mi abuela Gerarda, que a su vez lo habría recibido de su madre. Y es que estas prendas, estos vestidos, pasaban de generación en generación, como un testigo familiar que envolvía vidas y sentimientos. Los utilizaban una o dos veces al año y después se guardaban bajo mil llaves.

   En “las águedas” nunca faltaba el baile. Primero la misa, y después el baile. Primero Dios y después todos los santos. El baile se hacía en una panera grande que tenía mi padre en la carretera que pasaba, y pasa, por medio del pueblo y que en febrero ya estaba vacía de trigo. Había un salón de baile en el edificio del Café del señor Delfín, pero no sé porqué en “las águedas” no se hacía allí, lo que era habitual todos los domingos y fiestas del año. Como la panera era mía, o sea, de mi padre, me dejaban entrar gratis al baile. Siempre estaba a rebosar y a la hora punta  sudábamos sin parar. No podíamos ni movernos, lo que más de uno aprovechaba para vivir el calor humano más de cerca. Había parejas que quedaban horas enteras sin moverse de una baldosa en alguna esquina, por falta de espacio y para lograr una mayor intimidad. Los niños nos dedicábamos a mirar, igual que las madres de las chicas que se sentaban en sillas alrededor del salón para ver el baile, o mejor dicho, para vigilar a sus hijas, no fuera que se pasaran de la raya.

    Los músicos solían ser agricultores, ganaderos o artesanos de algún pueblo cercano que añadían a sus humildes rentas el trabajo como músicos esporádicos. Era gente dispuesta a animar la fiesta ya desde la misa y la procesión por las calles del pueblo, momento que aprovechaban los mayores para tirar cohetes, la señal más determinante de que era tiempo de alegría. Los músicos eran muy versátiles y lo mismo nos hacían bailar piezas de folklore castellano y leonés que pasodobles o versiones libres y castizas de canciones del momento.

     De mi niñez a la juventud fui viendo, y viviendo, la evolución musical,  pasando de la dulzaina y el tamboril al acordeón, el saxofón, la batería, la guitarra eléctrica y otros instrumentos que enardecían a la concurrencia. Años sesenta en los que convivían Pepe Pinto y su “cocidito madrileño”, Farina y “su Salamanca”,   Manolo Escobar y “su carro” con Los Beatles o Los Brincos, producto nacional y extranjero de primera calidad. El proceso fue paralelo al éxito turístico de aquella España donde las suecas se mezclaban en la playa con Alfredo Landa y López Vázquez.

  A Cañizo llegó la modernidad absoluta con Pere, el hermano de mi amigo Poli, que se había ido a trabajar a Suiza. Cuando regresaba de vacaciones al pueblo, con pelo largo y camisas de grandes cuellos, nos ponía en el baile los discos del último momento. Se desgañitaba a cantar en inglés inventado y a bailar a ritmos alocados de un pop desconocido en aquellas latitudes. Eran años también de “guateques”, más o menos explosivos, donde nos juntábamos los jóvenes a beber limonada y bailar sin vigía de nadie con las chicas del pueblo, o forasteras y extranjeras que paraban esporádicamente en alguna casa del pueblo. Al principio músicas movidas para entrar en ambiente y después lentas, para aproximar nuestros cuerpos jóvenes, emocionados y atrevidos.

   En “las águedas” lo más emocionante, además del baile, de la noche, era “correr la miaja”, una costumbre que reunía a las pandillas de amigos para ir de casa en casa a comer dulces y beber anís o ponche. Me juntaba con Tarito, Isidoro, Fidel, Nazario, Venancio, Miguel, Celes, Evaristo, Gonzalo, Teodoro, Sebito, Poli, Vidal, Guaguache, Jandro y Luciano y ¡hala! a cantar por las calles y a beber y comer dulces en las casas. Otras veces nos uníamos a las chicas de nuestra edad, o a las quintas, y envueltos, pero no revueltos, íbamos de un lado para otro llenos de alegría y compañerismo. A las chicas les llamábamos “las de la concentración parcelaria”, que estaba muy en boga entonces porque había ingenieros agrícolas y peritos que se dedicaban a juntar herreñales y pequeñas tierras dispersas por todo el término en grandes fincas para facilitar las labores agrícolas. A las chicas no les gustaba, pero no les quedaba más remedio que aguantarnos. MariLuz, Fidelia, Toñina, Lola, Paqui, Elenita, Milagros o Luisa, todas buenas chicas que disfrutaban de unos días especiales en el abúlico y cotidiano vivir.

      En una de esas bebí más de lo normal y el alcohol me dobló de tal manera que nunca me he olvidado. Las bebidas dulces son muy traicioneras, que fue lo que me pasó a mi con el ponche. Tendría 15 ó 16 años. Nunca más he vuelto a beber esa pócima. Recuerdo que estando en la habitación, retorciéndome de dolor y devolviendo sin parar, efectos de la intoxicación, mi hermano Gilio, al verme, me animó mucho: “para que aprendas”, me dijo. Ya lo creo que aprendí. Nunca más el alcohol me ha vuelto a coger por sorpresa, ninguna “juma” más. Aún recuerdo el sabor amargo de la boca, el color amarillento de los devueltos biliosos, los dolores de cabeza y estómago y la sensación de sed irreparable. El cuerpo borracho es más débil que un pelele de trapo, un trampantojo de nosotros mismos.    

   Aquellos eran tiempos de barro en las calles y plazas, de frío y sabañones en los dedos de las manos y los pies, de escasez de todo, cuando la luz se iba por alguna avería desconocida y no volvía en toda la noche, cuando no había agua corriente en las casas, cuando un pollo era un manjar que no estaba al alcance de todos, cuando en el corral de la casa todas las familias tenían una cabra para poder darle leche a los hijos, cuando en la escuela los maestros te enseñaban las letras a correazos o dándote con el palo en los dedos juntos, cuando si un mayor te decía que fueras a su casa a por algo que necesitaba corrías a hacer el recado volando, cuando en la iglesia tenías que oficiar de monaguillo alguna vez, cuando al entrar en la escuela y al salir se cantaba el “caralsol” o “montañas nevadas”, cuando en el invierno los mayores ponían las pajareras en las tierras para cazar palomas, cuando los niños jugábamos al “indoveo” o a “pico, zorro, zaina”, cuando el carnaval estaba prohibido y lo máximo que nos dejaban era ponernos una careta con la figura de algún monstruo en la cara y, sobre todo, cuando no nos preocupaba una palabra que se llamaba futuro.

   “Las águedas” para mi siempre serán el recuerdo de un tiempo ido, de unas emociones que no volverán, de unos sabores y olores únicos, de una mirada a mi madre, a mi padre, a mis hermanos, a mis amigos del pueblo. Y de un agradecimiento eterno a aquellos músicos entregados a la causa festiva que jamás desafinaron.  

 

6/febrero/sábado

 

  Sigo leyendo a Pániker y a Plá, dos catalanes de distinto tiempo y diferente literatura. Tienen en común el Ampurdán, la Costa Brava y Barcelona. Dos estilos, dos diarios de muy distinto signo, pero los dos de una calidad  insuperable. Salvador Pániker, es el filófoso de la retroprogresión, un concepto suyo que viene a ser algo así como meter en la vida el pasado y el presente como un todo vital e indisoluble. Está constantemente preocupado por la muerte, mejor dicho, por la vida, y por eso es capaz de encontrar siempre un justificación positiva a sus actos. Por eso dice, por ejemplo, que “me convendría no perder el tiempo, pues lo relevante ahora es entrar con garbo en la recta final”. Acaba de cumplir los 76 años y considera que “es humillante ir envejeciendo”. Pero cuando le llega un pensamiento de tristeza, o negativo, lo supera con lo contrario. Así dice “el caso es que vivir sin generar novedad es quedarse estancado en un presente oxidado”. Vivir, siempre vivir, y dignamente. Por eso el director de cine Alejandro Amenábar le tuvo de asesor para su película Mar adentro, protagonizada extraordinariamente por Javier Bardem y Belén Rueda. La película ganó el Óscar a la mejor película extranjera y el Goya. Fue producida en 2004 y se basa en la historia real de Ramón Sampedro, un marinero que tras un accidente que tuvo en su juventud quedó tetrapléjico. Sampedro estuvo postrado en la cama 30 años y a causa de esa situación deseaba morir mediante la eutanasia, el suicidio asistido. Pero como es ilegal en España, lucha contra todos los impedimentos. Sampedro logró quitarse la vida con la ayuda de su amiga Ramona Maneiro en 1998. La película, que le reconoce su trabajo en los títulos de crédito, le encantó a Pániker.

   Las primeras páginas de “El Cuaderno gris” de Josep Pla se ciñen a descripciones inigualables del Ampurdán, de su familia, de sus amigos y de el mismo. Pla hace una literatura donde las palabras están al servicio de narraciones tan precisas que no hay posibilidad de igualarlas. Pla mete dentro también la socarronería, la ironía y un sentido del humor próximo a un cinismo muy buscado. De un amigo suyo dice que “debe hacer casi veinte años que estudia la carrera de farmacéutico”, de una vecina asegura que “es pobre, y los pobres no pueden tener la dispersión mental de los ricos: los pobres, como los caballos, llevan orejeras” y sobre los poco agraciados escribe que “en general, los hombres considerados feos son los que se encuentran más simpáticos.” En un retrato portentoso que hace de si mismo dice que “mis facciones conspiran en todo momento contra la estabilidad de mis sentimientos…,tengo la cabeza gorda, el estómago pequeño, la boca vulgar y el corazón variable…,me consideran un hombre volandero y huidizo, superficial, enigmático, inseguro y errático. De aquí ha salido la teoría de mi frivolidad cínica.” Pienso que nunca me he hecho un análisis detallado de mi mismo, ni física ni intelectualmente. Tal vez acierto; no sería capaz de ser tan sincero como Pla. Prefiero seguir sin inspeccionarme, que así me siento más seguro.

 

    Veo un reportaje en TVE extraordinario. Es lo mejor que hace ahora la televisión pública, mi antigua casa. La manipulación a la que está sometida la tiene medio desguazada. Siempre hubo manipulación por parte de todos los gobiernos, socialistas y populares, pero la diferencia estriba en manipular bien o mal. El PP manipula mucho peor que el PSOE, son burdos, zafios, torpes, se les ve a la legua; los socialistas en cambio saben tirar el canto y esconder la mano. Y cuando no sacan a pasear a los sindicatos. Y ahí ganan la batalla progresista siempre, aunque le metan unos meneos a la libertad de escándalo. Algún día recogeré aquí los diarios que escribí en los cinco años que trabajé como redactor en los Telediarios, en Torrespaña, escritos al calor del momento, allá en la década de los noventa del siglo pasado.

    Ahora lo que quiero es desmenuzar ese reportaje, basados en programas de televisión enfocados al mundo rural. Dos sobre todo: “Crónicas de un pueblo” y “La España de los Botejara”. Antonio Mercero, gran director de cine ya fallecido, explicó en su día como hizo la serie que encandiló a más de 20 millones de audiencia durante casi cuatro años. La vida sencilla, las relaciones comunes y corrientes en un pueblo, eran el espejo de una realidad que ni “Bienvenido Mister Marshall”. Con pocos medios y mucho talento Mercero supo retratar la vida de los años sesenta en los pueblos, cuando todo eran penurias y se vivía del trueque vecinal. En “La España de los Botejara” habla el que fuera famoso periodista-presentador Alfredo Amestoy, que se centra en la emigración de una familia de Extremadura, una muestra de los cinco millones de personas que abandonaron en aquel tiempo el campo por la ciudad, recalando principalmente en Madrid, Barcelona y País Vasco. Imanol Arias habla del desalojo de su pueblo Riaño, para hacer el pantano que ahora cubre aquel hermoso valle, hecho que ocurrió en 1987 después de numerosos enfrentamientos de los vecinos con una policía que en muchos casos estaba formada por hijos de la tierra. Arias dice que “Riaño fue un error en el calendario motivado por los intereses de las compañías eléctricas”. El cantautor Luis Pastor recuerda con cariño su pueblo extremeño y asegura que de la sabiduría de los pueblos se puede aprender mucho. Y Alfonso Ungría, director de cine, expone las dificultades que tenían entonces los profesionales con la censura franquista. Aquella España era la del 600, la de la miseria y de la esclavitud, especialmente reflejada en “Los santos inocentes”, obra de Miguel Delibes llevada al cine con gran éxito e interpretada, entre otros, por Paco Rabal y Alfredo Landa, que realizaron dos interpretaciones monumentales que les valió el reconocimiento en el festival de Cannes. Delibes habla en el reportaje para recordar que fue cesado como director de “El Norte de Castilla” por hacer una campaña a favor del campo, que no gustó a los mandamases de entonces. Delibes dice que “la Castilla pobladora de un continente, como América, ahora ya no tiene fuerza para poblarse a si misma”. Lo decía hace veinte años. Pues la sangría sigue, Don Miguel, y no hay quien la pare.

   El reportaje termina con el cantautor aragonés José Antonio Labordeta: “somos/ como esos viejos árboles/mecidos por el viento…”. En fin, la película de José Luis Cuerda: “Amanece, que no es poco”.

 

8/febrero/domingo

 

    Eduardo y Manoli. Llegan desde Viñales, El Bierzo, a pasar unas horas con Violeta y conmigo en Valladolid. Eduardo quiere conocer el Canal de Castilla, la obra hidráulica más importante de Europa del siglo XVIII. Se empezó a construir en 1753. Intentamos navegar en el barco Antonio Ulloa que hace un recorrido por el canal de unos 6 kilómetros desde la ensenada de Medina de Rioseco. No puede ser porque ya estaban todos los viajes ocupados. Nos conformamos con visitar la ensenada de Valladolid. Eduardo se sorprende de la vida en el canal, donde bandadas de patos van y vienen, despegan y aterrizan en el agua. Hay buena vegetación en las orillas, lo que sirve a los patos y gallinetas para esconderse de las águilas que vigilan desde lo alto. También las plantas les sirven a los patos y a otras especies para anidar. Los azulones dan color a unas aguas limpias y claras. Eduardo es feliz viendo este paraíso en medio de la ciudad.

    Caminamos por la vera del canal que sirvió en su día para llevar cereales en barcas tiradas por acémilas desde las orillas hasta poblaciones en el norte de Palencia. El objetivo era acercar estos productos de los campos castellanos hasta Cantabria para embarcarlos. Pero la obra nunca llegó a terminarse. El ferrocarril acabó con un proyecto que era gigantesco, incluso se pensaba hacer esta labor desde tierras de Segovia. Le cuento a Eduardo y a Manoli que un viajero de los que venían a España en el siglo XIX dijo al ver el Canal de Castilla: “¡qué río tan bien hecho!”. Y es verdad, es artificial, pero después de más de dos siglos y medio ya es un río lleno de vida. Las esclusas son obras de ingeniería extraordinaria y los molinos en su entorno mantienen una belleza especial, la que genera la mezcla de máquinas del pasado en contacto con el agua que hoy sigue corriendo. En Valladolid el agua sobrante, antes de llegar al río Pisuerga, pasa por la vieja fábrica de harinas La Perla, que ahora es un hotel de cinco estrellas.

    Allí pudimos escuchar el estruendo del agua al pasar por las entrañas del el viejo molino hasta perderse a pocos metros junto al Puente Mayor de Valladolid. Admiramos la obra del Marqués de la Ensenada, nos preguntamos cómo se pudo hacer una obra así en aquella España tan convulsa, tan compleja y tan pobre y nos fuimos con las ganas aumentadas para embarcar algún día y hacer un recorrido turístico por medio de la estepa cerealista.

   Eduardo Keudell es un escritor de verdad. Tiene publicadas obras, como “Ese extraño cansancio”, donde alcanza una literatura sublime. Carmen Balcells, la gran agente literaria fallecida hace unos meses, siempre creyó en Keudell. Le pedía que escribiera más, pero él nunca fue partidario ni de las prisas ni de la presión. Ahora acaba de terminar otro libro, pero Carmen Balcells no podrá valorárselo. Eduardo escribió el prólogo de mi libro “Prosas de pan”, lo que le dio mucho caché a mi humilde obra. A Eduardo le suelo decir que “escribe tan bien que yo no lo entiendo”. Se ríe, y cree que es mentira, pero es verdad. Su nivel literario, su entendimiento filosófico y su compleja dialéctica me superan.

    Con Eduardo y Manoli hablamos de las informaciones falsas que se saltan a la sociedad de cuando en cuando y que acongojan a todos los ciudadanos. Viene a cuento del virus zica, que desde hace un mes se ha convertido en el nuevo ébola. ¿Cómo es posible que hasta hace unos días nunca hubiéramos oído hablar del zica y de repente todo sea zica? ¿ Qué pasa, ha nacido de pronto? Por cierto, del ébola ya prácticamente no se habla. Se encontró la vacuna cuando alguien, algún laboratorio, alguien, lo decidió. Recordamos el mal de las vacas locas y otras historias que generaron en su día desconcierto y miedo en la sociedad y que, como por ensalmo, un buen día se olvidó. Coincidimos que este mundo global es cada día más vulnerable. Cada noticia nos afecta, pase donde pase, como las subprime de Estados Unidos, que nos llevó a la crisis que aún padecemos. Eduardo dice que si una persona con poder, o una empresa de oscuros intereses, decide que debemos preocuparnos por la triquinosis, por ejemplo, lo consigue en dos días. Nada más tienen que organizar un book informativo alrededor de un caso de triquinosis y en muy poco tiempo la sociedad estará preocupada por la triquinosis. Parece que esos “inventores del caos” son personas etéreas, irreales, y no, son muy concretas, tienen nombres y apellidos, y obedecen siempre a inconfesables intereses económicos.

 

9/febrero/martes

 

   Martes de carnaval. Nunca me gustó vestirme de birria. Pero me parece bien. Las carnestolendas son una fiesta muy propia y muy lógica de la condición humana. Y es que el hombre, y la mujer, no están nunca contento de cómo son. A todos nos gustaría ser más altos, más guapos, más inteligentes y más ricos. Tal vez por eso, en busca de eso, durante el resto del año la calle se llena de chaqueteros. El disfraz es algo que llevamos todos puesto durante todo el año. No conozco a nadie que vaya por la vida de la forma que le gustaría. Las formas sociales, la educación y la urbanidad recibida nos conducen a mantener unas formas que en el fondo no aceptamos. Tanto, que no me gusta esa gente que te dice, sin que se lo preguntes, que ellos dicen lo que piensan y de una forma absolutamente sincera. Que no saben fingir y que dicen las cosas tal y como son aunque sean duras. Mentira, siempre habrá algún matiz, cuando no una genuflexión. Tanta sinceridad me abruma.

     La pregunta es si el hábito hace al monje o no. Se suele decir habitualmente, siguiendo el refrán, que no, que no lo hace, pero yo tengo mis dudas. Yo creo más en los italianos Virgilio Dolfes y Umberto Eco, que consideran lo contrario. El que anda como un pato, hace cuá-cuá como un pato y vuela como un pato, es un pato.

    Río de Janeiro, Sao Paulo, Venecia, Tenerife, Cádiz, Murcia, Ciudad Rodrigo, La Bañeza…y todos los pueblos y ciudades de medio mundo celebran por todo lo alto el carnaval. Hubo un tiempo en España que Franco no dejaba porque las dictaduras no son amigas de la diversión y el teatro excéntrico, que es lo que viene a ser el carnaval callejero. Por eso yo de niño nunca pude pasar más allá de una careta de cartón con el dibujo de Drácula, pero nada más. Tal vez por eso no se me fijó ni la costumbre ni la necesidad. Hoy el carnaval supera todas las previsiones y hay personas que se gasta lo que no tienen en vestidos espectaculares. Se ha convertido en un icono de la alegría, la modernidad y de la ruptura cultural.

    Me encanta ver a esa gente por la calle, desinhibida, con ganas de fiesta, pero sigue sin gustarme participar. Y siento repulsión cuando alguien se pone vestimentas ofensivas, especialmente religiosas. Además de mal gusto demuestra nula sensibilidad y muy mala educación. Se puede hacer todo, desde la libertad, pero sin quitar esa libertad a los demás. La bebida excesiva suele hacer estragos en este sentido.

      Mañana será el entierro de la sardina. En Murcia, donde viví dos años, de 1982 a 1984 era un día grande, con un desfile lleno de color y alegría, como se hace todo es esa tierra entrañable.

 

11/febrero/jueves

 

    Bodega de Cañizo. Les debo una comida a Belisario Almazán, Fabriciano Luengo y José Luis Ávila. Les encantan mis pochas con codorniz escabechada. Pero en una bodega no puede faltar la parrilla. En brasas de encina que he ido haciendo a lo largo de la mañana les preparo morcilla de León y Burgos, para que comparen, y lechazo de la carnicería de mi amigo Gonzalo Sinde, de calidad extraordinaria. Ya van quedando pocos lechazos de raza churra, pero algunos quedan. La bodega es un lugar de encuentro único. A la tranquilidad se une siempre un gran vino y una mejor conversación. Hoy he puesto un Toro elegante y la conversación ha sido de esas de quitarnos la palabra.

    Repasamos la vida y milagros de algunos políticos y convenimos que piensan de otra forma, como si tuvieran un circuito cerebral distinto. No profundizamos en la actualidad, tan caótica, porque se nos nota cansados por lo que pasa en Madrid, en Barcelona, en Valencia y en todos los lugares. Del ladronicio general hoy vuelve a la palestra Jordi Pujol y su mujer, Marta Ferrusola, que han tenido que declarar en la Audiencia Nacional. Ya va siendo hora que se haga justicia a esa gente que tanto daño ha hecho a Cataluña y a España entera.

    Otra del PP: el juez de la Audiencia nacional, Eloy Velasco, ha pedido registros a la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil dentro de una operación contra la financiación ilegal del Partido Popular. Esperanza Aguirre, la presidenta de los populares madrileños, dice a los medios, titubeante, con poca convicción, que a ella no le consta ninguna financiación irregular. Lo que le faltaba a Rajoy; le crecen los chorizos, y eso que este año, debido a las temperaturas benignas, están curando con dificultad. Después de investigar a todos los concejales populares de Valencia, menos, de momento, a la excaldesa Rita Barberá, ahora senadora, le toca el turno a Madrid, como si el “caso Bárcenas, Gürtel y Púnica” fuera poco. La corrupción, definitivamente, está fulminando al PP.

     El político siempre tiene la mirada puesta en otros intereses, que pueden ser, y suelen ser, los del común, pero pasados por un colador especial, el propio, el de ellos, lleno de matices. Entrar en el cerebelo, en el pensamiento de un político, es labor imposible. Todos juegan a ser Maquiavelo, pero como les falta talento dan en simples y vulgares pensadores de la nada. Hay excepciones que lo único que hacen es confirmar la regla. En cuarenta años dedicado al oficio de periodista he conocido a muchos políticos, de todos los partidos, de todas las épocas, de toda condición y de toda laya. Nunca pude entrar en la mente de ninguno. Bueno, sólo en la de dos un poco.

   Al final de la comida, como todos los que peregrinan a la bodega del abuelo Antonio, escriben en el libro en blanco que tengo para dejar constancia de los amigos por allí pasan. Las palabras de los tres son muy cariñosas y muy bien trazadas, no en vano son periodistas y escritores brillantes. A todos nos gusta que nos regalen el oído, somos muy vanidosos; yo mucho.

   Les gustó tanto la cita, se encontraron tan bien, que me emplazan para la primavera. Aceptado, así podremos dar también un paseo por El Raso, ese monte de Cañizo tan desconocido.