Cuando yo escribí “sollozo quedito”, un lector de poesía me sugirió cambiar por “sollozo quedo”.
Para exponer nuestro argumento, recurriremos a una característica del lenguaje escrito informal, las frases de cortesía “estimado”, “estimada…”, “querido”, “querida…”, etc. Apreciaremos un engaño en el discurso. Finalmente, propondremos una mejora para pulir y dar esplendor al idioma.
En la correspondencia escrita informal, existen fórmulas para establecer el contacto inicial, como las citadas (“estimado”, “estimada…”, “querido”, “querida…”). Las hemos usado desde siempre y probablemente las seguiremos usando hasta nunca también. Pero a la par, en ocasiones nos enfrentamos a circunstancias en las que si queremos decir algo lo decimos y punto. Eso no querrá decir que el trato carezca de tacto. Un mensaje breve puede ser “voy en camino, llego”; “qué tal, ¿conseguiste el puesto de trabajo?”. Más aún —saltaremos a la palabra oral, no escrita—, marcamos el número y llamamos.
Aquellas dudosas fórmulas de cortesía, melosas, arrastradas, no delatan más que peligro: servirán para introducir una petición que nos veremos comprometidos (sic) a responder.
Pondré un ejemplo, que ciertamente se distancia de las fórmulas de cortesía referidas, pero no por ello no deja de poner de relieve lo que queremos decir. “Ya se casó”, fue la respuesta cuando pregunté casualmente si una persona estaría en un equipo de trabajo. Luego, la misma persona me dijo “ella estará”, cuando me animó a entrar en el equipo.
No resulta difícil, para los lectores de Borges, recordar a Macedonio Fernández. La risa nerviosa, la palabra torcida, pone de manifiesto un interés oscuro. El silencio de Macedonio Fernández, en cambio, resulta elocuente y sincero.
¿Adónde pretendemos llegar? El mundo, por lo visto, se encuentra lejos de su mejor expresión. Para las personas encumbradas, resulta casi imposible darse por vencidos y reconocer sus errores —y granjearse de ese modo la benevolencia del prójimo—. Yo mismo he incurrido en circunstancias que no atino a enmendar.
Un adjetivo para referir el asunto es “afectado”, “lenguaje afectado”. De ese lenguaje, a otro de extremos chauvinistas, existe un abanico que excede la amplitud de la columna.
El lenguaje claro y preciso lo veo como una conquista. Mi librero mexicano y su cónyuge restauradora de libros lo han referido, me parece, como leña que prende y arde. No se ha podrido. A ese lenguaje no lo acompaña una risa intermitente.
Si me viera en la obligación de referir una imagen gráfica, en aras de exhibir el músculo lingüístico esperado en una columna, hablaría del anuncio de los escaparates “no tocar”. El lenguaje afectado toca, porque pretende contraer el bien propio a costa del ajeno.
Quien oculta, teje una palabra enredada. Quien habla claro, dice sí, no, pan, vino. Entonces, qué proponemos. Abogamos por una reforma lingüística, que parta de la conciencia y la moralidad. De ese modo, cuando hablemos o escribamos, en lugar de fruncir el ceño exhibiremos un talante digno. En términos de mascotas, no habrá gato encerrado.
torres_rechy@hotmail.com
Un apunte más. Cuando yo escribí “sollozo quedito”, un lector de poesía me sugirió cambiar por “sollozo quedo”.