Sábado, 18 de noviembre de 2017
Ciudad Rodrigo al día

La memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca: Mogarraz y Casas del Conde

El tupido velo del marianismo y el tipismo tradicional cubre en gran parte la cruda realidad vivida en la Sierra de Francia

El tupido velo del marianismo y el tipismo tradicional cubre en gran parte la cruda realidad vivida en la Sierra de Francia antes, durante y después de la guerra civil. Lo venimos repitiendo hace tiempo sobre todo a propósito de La Alberca (“Secuelas”, 30/03/2017). En consecuencia, los escritores conocidos y los eventuales cronistas de efemérides  folcloristas tampoco se han fijado en el devenir de los represaliados y de sus familias, que, por ser pobres y presumibles emigrantes, no aportaban gran cosa a la visión angélica de estos lugares (“Parientes pobres y burros viejos, lejos”). Sucede en otros pueblos serranos ferozmente castigados en la represión sangrienta, como Mogarraz y Casas del Conde, por no hablar de Miranda del Castañar y otros aledaños, ya fuera del actual partido judicial de Ciudad Rodrigo. Solamente se tiene datos fiables de los “exilios” provocados por los primeros zarpazos del terror militarista.

Eufemio Puerto Cascón describe con cierto detalle la saca fallida de Norberto Herrera Sánchez y Zacarías Maíllo Criado, tiroteados la noche del cinco de agosto de 1936 en el paraje de El Robledo, término de Herguijuela de la Sierra (Hernández 2004). Zacarías salió ileso y se convirtió por algún tiempo en uno de los primeros “topos”, escondido en el chozo de un guarda. Norberto fue herido en una pierna, pero consiguió esconderse en una viña, donde fue auxiliado a la mañana siguiente por un hermano de la informante Cecilia Bajo Cerezo (HS 2014). Procuró ser muy discreto sobre la identidad de sus agresores en sus manifestaciones para el esclarecimiento de los hechos:

“(…) Que el deponente fue llevado en una camioneta cuya matrícula de la misma ignora, así como también no pudo determinar quiénes eran los falangistas que le detuvieron [y] dispararon contra el declarante, que eran para él desconocidos y desde luego no era ninguno de ellos de este Partido [judicial de Sequeros]. Que el deponente no puede explicar el motivo de la agresión de que fue objeto, ya que nunca ha militado en partido extremista y fue siempre persona de orden y únicamente a una denuncia falta (sic, por ¿falsa?) pudo obedecer o a que lo confundieran con otra persona (Dil.Mog/36: f. 26).

La odisea carcelaria de Norberto Herrera duró diez años, sin ser condenado a prisión en los repetidos procesamientos durante la guerra, gracias a la pertinacia de sus adversarios locales, que, además de detestarlo por razones ideológicas, estaban celosos del cargo que ocupaba, pues era secretario del juzgado municipal. Algunos detalles de su persecución se han descrito en otra parte (Iglesias 2016: 120, 279, 325, 480).  A consecuencia de los disparos (efectuados “a más de tres metros”) le quedaron la rodilla derecha abultada y la pierna encogida, con inutilidad para el trabajo de agricultor, según el informe de un médico de Sequeros en 1936. Y en 1943 seguía solicitando que se le repusiera en el cargo de secretario del juzgado de Mogarraz. No hay constancia de que después recuperara el puesto ni el pleno uso de la pierna derecha. Tendría su residencia en Santibáñez de la Sierra, de donde era natural. Algún descendiente suyo se estableció en Valladolid (HS 2014).

El mismo Eufemio Puerto señala la detención de otros cuatro mogarreños en la misma fecha de aquel verano sangriento, aunque puede ser erróneo ese dato (Iglesias 2016: 280, nota 7): Alfonso Hernández Núñez, alias “Tunín” o “Bonino”, Manuel Barrado, alias “Tristrás”, y Atanasio Regaña, que fueron ejecutados extrajudicialmente, además de Gonzalo Chelitas, a quien soltaron en La Alberca. Los cadáveres de los tres primeros serían los que se hallaron en en el sitio de Las Datas, junto al camino de El Casarito, en el término de Maíllo, el día 17 de agosto de 1936 (C.464/37).  Unos días después de la inhumación de los cadáveres se presentaron en el pueblo tres señoras de Mogarraz que, por las señas que dieron, podían ser las viudas de las víctimas. Pero en el sumario no se consigna la identidad de estas personas (una de las cuales sería María Lucas Maíllo, esposa de Manuel Barrado, según el acta defunción, 17/08/36 y 18/12/81, ASMJ) ni después han dejado huellas conocidas de su paso por la Tierra. Tampoco se dispone de datos sobre el devenir familiar de Desiderio Criado Barés, de 24 años, natural de Mogarraz y vecino de Ciudad Rodrigo, soltero, que fue sacado de la prisión del partido judicial para la dehesa de Aceñuelas el 15 de septiembre de 1936, con otros vecinos mirobrigenses.

 Como se expuso en las “Croniquillas” (17/08/2016), la represión en Mogarraz afectó a veinte personas hasta ahora identificadas, pero los efectos que tuvieran en ellas o en su entorno familiar se desconocen en su mayor parte, por falta de información adecuada y de curiosidad de los escritores localistas, aparte del mencionado Eufemio Puerto.

Más o menos lo mismo puede decirse de los efectos que la represión tuvo en Casas del Conde, donde fueron afectadas 14 personas (“Croniquilla”, 15/12/16). Tampoco el libro de nuestro amigo J. L. Puerto Las Casas del Conde. Vida popular e intrahistoria (2016) aporta información específica al respecto. A pesar del subtítulo, lo más llamativo, como en otros libros análogos, es el silencio sobre la situación y el contexto histórico-social en el siglo XX, antes, durante y después de la Guerra Civil, la vida sindical, la represión y el corolario de todo ello, que sería la emigración, la caída demográfica y el envejecimiento de la población, aspectos apenas esbozados (p. 50). Así sucede con el problema recurrente de la villa señorial: la estrechez del término municipal (p. 59).  Esto repercutía en los conflictos sociales, debido al paro obrero, de modo que, como ya hemos señalado, los sindicalistas locales de la UGT en la primavera de 1936, además de las reclamaciones más o menos habituales en todos los pueblos, señalaron la necesidad de ensanchar el término (Iglesias, Represión franquista: 199, nota 15).

Así pues, poco o nada se sabe de las incidencias, dentro o fuera de España, que la represión tuviera en los represaliados y sus familiares, vecinos o naturales de Casas del Conde. Entre los más conocidos: Serafín  Hernández Fernández, vecino de Salamanca, labrador y sindicalista, casado, sin datos sobre su posible descendencia; Juan Antonio Santos, labrador y transportista, casado con la maestra de niñas Sofía Hernández Hidalgo, respectivamente acusados de ser “destacado comunista” y “extremista”, quienes tenían dos hijos, sin noticias; el secretario Isidoro Gil Núñez y otros convecinos, en su mayoría jornaleros sindicalistas, sin duda predestinados a la emigración.