Lunes, 18 de diciembre de 2017

Trescientos tigres no tan tristes de Tomislav Marijan Bilosnic

“Los incontables tigres de T. M. B. rugen fuerte y claro, al unísono, en Salamanca, como si estuvieran por siempre en su selva favorita en pleno mediodía de la ciudad dorada”

                                                                                                                        

 Allí donde hace tiempo estuvo el mundo

                                                                    hoy aparece el tigre.

                                                                                                                                                T. M. B.

El tigre ha concitado el interés del hombre desde el comienzo mismo de la humanidad: su andar pausado, felpudo; su elegancia y vistosidad, su donaire y fiereza han hecho que el tigre sea animal descollante de sagas, leyendas, fábulas y horóscopos. Los escritores no han sido ajenos a este deslumbramiento: Blake, Borges, Salgari, entre otros, dan buena fe de la relevancia del felino de marras en sus escritos; el croata Tomislav Marijan Bilosnic se suma a esta devoción literaria por el tigre, por sus innúmeros y personales tigres que recoge fieramente en libro que no podía llamarse de otra forma: El Tigre, finamente publicado en Salamanca por Trilce Ediciones en 2015, con traducción al castellano de la hispanista Zeljka Lovrencic, prólogo de A. P. Alencart y pinturas de Miguel Elías.

Muchos y variados son los tigres del croata tigre, del tigre croata, los hay para todos los gustos y propósitos, son tigres -  tigres que dejan de ser para dar paso a otros tigres originales e impensables. Marijan Bilosnic propone un gran zoo de un solo animal polisémico, plural y diverso, se regocija siendo tigre y creando tigres que no son de papel, sino que viven en el papel, compitiendo con los coloridos animales que Miguel Elías dibuja y pinta con los colores que los tigres gustan de portar en pelaje, laya y jaez.

El poeta rescata a su tigre personal e intransferible de las intricadas florestas, de la selva recóndita, del soto ajeno, para trasladarlo a su casa de la calle de la Paz, sita en su Zadar natal; el tigre del escritor prontamente se encuentra a sus anchas, al saberse protegido de trampas, embelecos y cazadores. Se aprovecha el tigre del poeta y éste de aquél para -  entre los dos, feliz y singular pareja – deambular tanto por lugares de realidad como de ensueño. Uno y otro viajan lejos y seguido, el poeta viste al tigre de otras indumentarias y rarezas para dejarlo volar en el tiempo y en el espacio. Visitan gozosos los talleres de pintores - naifs o expresionistas -  amantes todos del tigre y su figura; se trasladan igualmente a Bengala, Siberia y Borneo, al lejano Tigris para presenciar el origen mismo de la humanidad, cuando el trigo brillaba como el oro del tigre.

El tigre se guarece en versos propios y ajenos, se siente a sus anchas en las tapas duras de los libros que valora, se disfraza de luna para brindar un fulgor diferente a los versos del trovador, vaga libre, va y viene, sacia su sed de futuro y su hambre de prójimo, se disfraza de sí mismo, se convierte en mullida alfombra persa, aparece retratado como Zar imperial. En busca de hembra para aparearse seduce a la negra gata egipcia que le brinda placeres ancestrales y desconocidos como los que Cleopatra ofrecía al monarca en su lecho de amor.

En fin, los incontables tigres de Marijan Bilosnic rugen fuerte y claro, al unísono, en Salamanca como si estuvieran por siempre en su selva favorita en pleno mediodía de la ciudad dorada, porque como bien lo afirma el poeta: “El tigre es el hombre verdadero // El tigre es un gran poeta / sumergido en la luz del sol”.