Martes, 13 de octubre de 2026
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Rituales nuevos
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Rituales nuevos

Publicado 28/09/2026 12:42

En la bruma desmemoriada de mi madre soy su hermana y de vez en cuando, la hija que aparece siempre apresurada y con la que hay que cambiar las rutinas que compartíamos y que ahora añoro. El café que se empeñaba en mirar a cada rato quemándose con la cafetera, el lento barrer de un pasillo siempre largo en el que uno de mis hermanos se rompió una pierna –aún oigo el chasquido de su pequeño hueso- y otro dejó un cochecito que pisó ella cayendo cual larga era y sin más consecuencia que el orgullo herido y el azote al responsable, porque en aquellos entonces las madres nunca, pero nunca, nunca se enfermaban ni accidentaban. Aquel pasillo estrecho en el que se abrían las puertas de un piso antiguo que no añoro, pero sí el ritual con ella de mirar el amanecer por un balcón privilegiado que fue su particular escenario de vida. Toda una vida.

Rituales como responder diez veces a la misma cosa con cansancio y enfado, ese que ahora procuro no tener porque es poco el rato que pasamos juntas y ya no hacemos la cama matrimonial donde alguien falta, remetiendo la sábana bajera del recuerdo. Al unísono de la tela que se extiende y se tensa bajo sus indicaciones. Una cama que ahora huele a hospital, a horario y a gentes que deambulan por otro pasillo de pasos perdidos. Sus rituales actuales son compartidos, y no conmigo, conmigo que llego con el corazón apretado, de ella a mis asuntos y de mis asuntos a ella, mientras su mente vaga por unas tierras que nunca fueron las nuestras, un cielo esplendoroso que se carga de nubes en un septiembre cálido.

Rituales que tenían el aroma del café, de la sartén abrasada, del pan quemado en un intento de que ella siguiera reinando en la cocina cada vez más peligrosa. Rituales de campo en los que se sentía perdida y solo alguna vez era capaz de captar el hilo del horizonte y recordar la tierra de su padre, el tiempo de la siembra y el espigadero compartido con el pastor de las cabras que llegaban solas a la casa para ser ordeñadas por la jovencita que aún no se había casado, aún no se había ido a la ciudad provinciana con su sonrisa plena y sus esperanzas henchidas. Tiempos de finales de los sesenta con pesados abrigos buenos, pelo cardado, pocas fotografías y un bebé que era como el premio de una tómbola, el progreso prometido en la calle de barrio, los domingos al pueblo en la decauve del negocio. Tiempos esperanzados.

El ritual que compartimos las dos tiene trenza y pinzas de depilar, crema de manos y palabras que giran ocultando verdades. Y afecto, caricia, mirada perdida. El suyo, cena temprana a la que se encamina de la mano de otros, amables y cómplices mientras yo regreso a los afanes que, de repente, han quedado suspensos. Porque es ella la que sigue latiendo en todos los instantes ahora vacíos de su eco.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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