Tiene 23 años y ya suma cuatro veranos como voluntaria en el proyecto Ranquines de esta entidad social. A las puertas de iniciar su doctorado en Ciencia Política, la joven reivindica la importancia de romper los estigmas que rodean a la salud mental y a la exclusión social.
La salmantina Elena Heredero se prepara para iniciar este curso su doctorado en Ciencia Política en Madrid. Sin embargo, desde hace cuatro años, reserva sus meses de descanso estival para regresar a su ciudad natal y colaborar activamente con Cáritas Diocesana de Salamanca.
Su labor se desarrolla en el proyecto Ranquines, un centro de atención para personas con problemas de salud mental en situación de exclusión social. A través de esta entrevista, comparte cómo una vivencia personal la impulsó a dar el paso y de qué manera el voluntariado ha transformado su perspectiva del mundo.
¿Cuándo empezaste y qué experiencia tienes en el centro?
Pues llevo cuatro años. Solo voy en verano porque yo estudié un doble grado y eso suponía que tenía clase por la mañana y por la tarde. No podía tener un compromiso durante el curso, pero sí que podía adquirir ese compromiso durante el verano. Así que voy desde hace cuatro años todos los veranos.
¿Por qué diste ese paso? ¿Qué te motivó y por qué elegiste Cáritas?
Bueno, yo pasé por problemas de salud mental y, cuando ya estaba lo suficientemente recuperada para poder relacionarme con el otro y ayudar, me enteré del proyecto Ranquines. Me pareció una buena idea y una buena manera de cerrar ese círculo.
Dices que llevas ya cuatro veranos, así que puedes hacer un balance de las experiencias acumuladas. ¿Cómo ha resultado?
Es una experiencia muy bonita que creo que merece la pena, pero también es una experiencia dura. Uno tiene que ir preparado para saber que no todo es un camino de rosas y que te encuentras con casos que no salen adelante, donde sientes que la pérdida es tuya también. Sin embargo, en aquellos casos que sí que salen adelante, sientes que compartes un poco esa victoria. Siempre merece la pena.

Muchas veces desde fuera pensamos que el único beneficiado es el usuario, pero el voluntario también se enriquece. ¿Es una balanza a dos bandas?
Sí. Yo siempre digo que entré ahí pensando que les iba a ayudar a ellos y, al final, ellos me ayudaron mucho a mí. Haciendo balance de todo, recuerdas las pequeñas cosas en el día a día. Cuando pasa el invierno, no he ido en seis meses y vuelvo en verano, los usuarios me abrazan, se acuerdan de mi nombre y me preguntan qué tal estoy. Es una sensación súper bonita en la que te sientes importante, y eso forma parte de la retribución propia.
Cuando lo comentas en tu entorno de amistades, ¿la gente se anima o muestra interés por saber cómo es?
Sí, creo que es una experiencia que causa mucho interés. La salud mental es una cuestión que tiene muchísimos estigmas. Por una parte hay reacciones muy positivas de interés, y por otra hay gente que me dice: "Ay, Elena, pero qué miedo". Yo siempre digo que no he pasado miedo ni un solo segundo de todo el tiempo que he estado en el centro de Ranquines.
¿Sigue habiendo muchos tópicos en la sociedad en relación con la labor que se lleva a cabo en este tipo de programas?
Sí. Si la salud mental es una cuestión muy estigmatizada, cuando te encuentras con el tipo de usuarios que van a Ranquines, que son personas con problemas de salud mental en situación de exclusión, el estigma se multiplica por 20.

¿Le has recomendado a alguien hacer un voluntariado, ya sea en este programa o en cualquier otro?
Yo se lo recomiendo a todo el mundo. Es una experiencia que te queda para toda la vida. Yo entré sin saber muy bien cuánto tiempo me iba a quedar y ahora sé que todos los veranos vuelvo. Es algo que no me pienso, sé que es lo que me toca en verano.
Supongo que los voluntarios tenéis que estar muy coordinados con los profesionales que están de manera permanente allí, ¿no?
Sí. En Ranquines el ambiente entre los propios profesionales es un ambiente increíble, son como una familia. Son personas a las que les puedes contar tus problemas del día a día y nos tratamos como iguales. El ambiente es el de una familia totalmente.
Una vez que empieces a trabajar, ¿seguirás como voluntaria?
Es mi intención. Si no puedo desarrollarlo aquí en Salamanca, lo haré en Madrid. Me gustaría poder seguir viniendo a Ranquines en los veranos en Salamanca porque ya es mi causa después de tantos años. Mi idea es no dejarlo, desde luego.
Para terminar, ¿qué le dirías a alguien que no sabe si dar el paso de ser voluntario?
Yo le diría que se anime. Relacionarte con la comunidad es muy importante. Los usuarios necesitan sanar y uno no sana solo, sana en comunidad. Vivir estas experiencias de primera mano te da una visión del mundo mucho más realista, porque nosotros vivimos en un mundo más privilegiado y ver estas realidades te da otras perspectivas muy gratificantes.
Fotos de David Sañudo