Hay que tenerlos muy bien puestos para dejar atrás casa, familia, terreno propio, idioma, costumbres, olores y sabores y la tranquilidad que da lo conocido. Si para ello, además, hay que meterse en un bote de goma con un motor que falla y sin saber nadar, o nadar cerca de un acantilado con los documentos enfundados en un sobre de plástico, o cruzar descalzo un desierto o sobre una camioneta conducida por traficantes de personas, entonces ya no solo hay que tenerlos bien puestos: hay que querer irse de un lugar donde por muy propio que sea, la palabra esperanza no se conoce, el hambre es algo más que una punzada en el estómago y las posibilidades de acabar muerto y olvidado en cualquier rincón, son muchas.
Y estas personas a las que no siempre tratamos como tales, se van de estos sitios donde han vivido y de donde no se irían si no les quedara otro remedio; y son las que dicen los tertulianos y voceros que van a provocar caídas de gobierno y resurgir de gritos y soflamas que ya pensábamos que no volveríamos a oír. Que en un año 2027 repleto de elecciones de las grandes democracias, son estos desheredados, y lo ágiles que estemos para expulsarlos, lo que van a decidir quién gana y quien pierde…Como si ya no tuviéramos suficientes males y culpas que achacarles.
La cosa es que de estas gentes y, sobre todo, de esas mujeres que cruzan desiertos y abordan pateras, a veces salen campeones del mundo de fútbol, y entonces todos nos interesamos por sus historias y alabamos su coraje y sus ganas de comerse el mundo. En esos mismos desiertos y en esas mismas pateras, se quedan muchas veces sepultados en arena o ahogados en un Mare Nostrum traicionero muchos de esos que podrían ser futuros campeones del mundo de lo que sea o, simplemente, honestos ciudadanos dispuestos a ganarse la vida haciendo una serie de trabajos que nosotros no queremos. Por ejemplo, cuidar de todos nuestros mayores que son muchos y muy mayores; no olvidemos que somos, junto con el Japón, uno de los países del mundo con mayor número de centenarios.
Yo también me fui de mi lugar, cómodamente sentada en un avión (o probablemente entonces en un tren, que era más barato) con una mochila (¿o era una maleta?) llena de ilusiones que, para mi suerte, en buena mayoría se han cumplido. Son muchos años ya y por el camino he perdido amigos de aquí y de allá, un abuelo al que no llegué a enterrar y un padre al que enterré demasiado pronto. No soy de ese aquí ni de aquel allá y no es algo que me preocupe especialmente, aunque esta vida de expatriada que yo he elegido y de la que no me arrepiento la han sufrido en muchas ocasiones mis seres queridos y sus consecuencias probablemente perdurarán hasta la generación siguiente. No es decente compararme con quienes se van con una mano delante y otra detrás, pero tengo la impresión de que mi condición de haberme ido me acerca sentimentalmente a quienes lo han hecho acuciados por el hambre o empujados por una guerra civil. Eso no me lo van a discutir.
A mi me queda el remedio de volver, que es más fácil decirlo que hacerlo. Para los que dicen que van a ser los que determinen el resultado de unas elecciones en los que ellos ni siquiera van a poder votar, volver es un verbo que ni saben ni podrán nunca conjugar. A mi me faltan los churros de la mañana, las nieblas levantándose por el puente romano y el sol y la luz de mi tierra; y a todo ello le pongo remedio varias veces al año. A estas otras pobres gentes solo les hace falta un permiso de trabajo, un techo que no se les caiga encima y un salario mínimo del que ahorran las tres cuartas partes para enviarlas a sus países de origen. Yo soy una afortunada, aunque a ratos me pueda la melancolía; ellos, un cúmulo de miserias superpuestas. Yo voy y vengo a mi aire y por el aire; ellos vienen como pueden y a veces ni llegan porque, lo repito por si no quedó claro en la primera frase: hay que tenerlos muy bien puestos para irse como lo hacen ellos.
Concha Torres
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