«La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.»
PAULO FREIRE
«La única persona que está educada es aquella que ha aprendido a aprender y a cambiar.»
CARL ROGERS
Bajo la sombra alargada del «Informe PISA», comienza un nuevo curso y, con él, vuelve una pregunta que quizá deberíamos hacernos con más frecuencia: ¿qué significa enseñar hoy? Después de muchos años en la enseñanza, desde mi humilde opinión, no basta con cambiar metodologías, incorporar dispositivos digitales, utilizar nuevas plataformas o aprender a convivir con la inteligencia artificial. Todo eso forma parte de la transformación educativa, pero quizá el mayor desafío al que se enfrenta hoy un docente sea mucho más invisible: Lograr que un alumno quiera detenerse, escuchar, pensar y permanecer el tiempo suficiente ante algo que no ofrece una recompensa inmediata. Conseguir su atención es mayor desafío de nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de estímulos. Las imágenes se suceden, las noticias duran unos minutos, las redes sociales reclaman continuamente nuestra atención y cualquier respuesta parece estar a un clic de distancia. Hemos construido una cultura de la inmediatez en la que esperar comienza a parecernos una pérdida de tiempo. Y esta transformación cultural ha entrado también en las aulas. El profesor puede tener delante a un alumno con acceso prácticamente ilimitado a la información y, sin embargo, con enormes dificultades para distinguirla, comprenderla, relacionarla y convertirla en conocimiento.
Aquí aparece una paradoja que debería hacernos pensar: nunca hemos tenido tantos datos y quizá nunca haya sido tan difícil aprender profundamente. La información está disponible, pero la atención no. Y sin atención no hay verdadero aprendizaje. Podemos encontrar una respuesta inmediatamente, pero comprender una pregunta exige tiempo. Podemos copiar información, pero pensar supone hacerla nuestra. Podemos recibir miles de estímulos, pero educarse significa aprender a elegir aquello que merece nuestra mirada.
Byung-Chul Han lo expresa de manera especialmente sugerente cuando afirma que «la crisis actual consiste en que hemos perdido la capacidad de demorarnos». Esta pérdida de la demora es también una pérdida pedagógica. Pensar necesita cierta lentitud. Leer un texto difícil, resolver un problema, equivocarse, volver a intentarlo, escuchar una opinión diferente o sostener una conversación que no termina en una respuesta inmediata son experiencias que necesitan tiempo. Pero precisamente el tiempo se ha convertido en uno de los bienes más escasos de nuestra cultura.
Por eso, el profesor se encuentra ante una tarea aparentemente contradictoria: debe enseñar a una generación que vive acelerada sin quedar él mismo atrapado en esa aceleración. Tiene que utilizar las nuevas formas de comunicación, pero también enseñar a desconectarse de ellas; debe aprovechar la tecnología, pero recordar que ninguna tecnología puede sustituir la relación humana; tiene que innovar, pero sin confundir innovación con novedad permanente.
John Dewey advertía que «no se puede enseñar hoy de la misma manera que ayer para preparar a los alumnos para el mañana». La frase sigue teniendo una enorme vigencia, pero quizá debamos interpretarla con cuidado. Cambiar la forma de enseñar no significa abandonar aquello que sigue siendo esencial. El alumno de hoy necesita aprender a manejar información, resolver problemas, comunicarse, trabajar con otros y adaptarse a un mundo cambiante; pero también necesita aprender a concentrarse, perseverar, tolerar la frustración, escuchar, esperar y pensar críticamente. La innovación pedagógica no consiste en hacer que todo sea más fácil, sino en encontrar nuevas maneras de acompañar al alumno hacia aquello que merece el esfuerzo.
En este sentido, el docente ya no puede ser únicamente un transmisor de contenidos. El conocimiento ya no está encerrado en un libro, una biblioteca o en la palabra del profesor. El profesor se convierte cada vez más en mediador: ayuda a distinguir, a interpretar, a relacionar, a hacerse preguntas y, sobre todo, a descubrir por qué merece la pena aprender. Su autoridad ya no procede de saber más que todos, porque ninguna persona puede competir con la cantidad de información disponible. Su autoridad nace de algo más profundo: saber acompañar al otro en el camino hacia el conocimiento.
Y ahí aparece la dimensión invisible de su trabajo. Un buen profesor no enseña solamente matemáticas, historia, literatura o ciencias. Enseña también una determinada manera de mirar el mundo. Enseña que no todo merece la misma atención, que no toda opinión tiene el mismo valor, que equivocarse no significa fracasar, que algunas cosas importantes necesitan tiempo y que existen conocimientos que no sirven para aprobar un examen, pero sí para vivir mejor.
María Montessori afirmaba que «la mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: los alumnos trabajan como si yo no existiera». La frase apunta a una de las grandes metas de la educación: formar personas autónomas. El buen profesor no pretende convertirse en el centro permanente de la vida del alumno, sino conseguir que este llegue a descubrir dentro de sí el deseo de aprender. En una sociedad saturada de estímulos, despertar ese deseo puede ser mucho más importante que conseguir unos minutos más de atención.
Por eso, quizá el gran desafío invisible del docente no sea competir con las pantallas, sino ayudar a recuperar aquello que las pantallas pueden hacernos perder: la capacidad de estar presentes. Presente ante un libro, ante una pregunta, ante un compañero, ante el silencio, ante una dificultad y, finalmente, ante uno mismo.
Educar siempre ha sido una tarea de paciencia. Cada persona tiene su tiempo, sus capacidades, sus heridas, sus posibilidades y su propio ritmo de crecimiento. No todos aprendemos de la misma manera ni llegamos al mismo lugar al mismo tiempo. El profesor lo sabe, aunque a veces el sistema educativo, las métricas y la cultura de los resultados parezcan olvidarlo. Como recordaba Zygmunt Bauman, «el apetito de conocimiento debería hacerse gradualmente más intenso a lo largo de toda la vida, a fin de que cada individuo continúe creciendo y sea a la vez una persona mejor». Educar, por tanto, no consiste únicamente en conseguir determinados resultados al final de un curso, sino en despertar una inquietud que permanezca cuando el profesor ya no esté delante, cuando termine el examen y cuando la escuela haya quedado atrás
Comienza el curso. Quizá el verdadero reto no sea conseguir que nuestros alumnos sepan más, sino ayudarles a aprender mejor, pensar más profundamente y vivir con mayor humanidad. En un mundo que les pide correr permanentemente, enseñarles a detenerse puede convertirse en una de las formas más revolucionarias de educar. Porque educar no es llenar una cabeza de respuestas, sino despertar en una persona el deseo de seguir preguntándose, de seguir aprendiendo y de seguir creciendo. Y eso, por ahora, ninguna máquina puede hacerlo por nosotros.
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