A la liturgia de los días se le han sumado niños con mochilas y padres apresurados, abuelos de paso lento y atardeceres más tempranos. Media septiembre y sigue alto el sol de la jornada que aún no sabe a rutina porque faltan las hordas de jovenzuelos a la puerta del instituto, con esa dejadez que es tan suya, esa mochila llena y ese móvil que ya forma parte de su mano. Se marcharán los pájaros que adornaban los hilos de la luz, las vigas de madera de sus nidos de tierra y se teñirá de ocre el otoño que dora las uvas y los membrillos.
Nos gusta ese tiempo de vendimia feliz, de vino en copas reposadas, recuperado el paseo, la chaqueta. El calor de un verano inclemente nos recluyó en la casa, en el frescor del agua, en la máquina que nos enfría las ideas y los sueños bochornosos, pero ya llega la mañanita de rebecas y calcetín ligero, llega el atardecer suave en el que apetece recogerse, llega la luz de una calidez y cualidad de oro y sentimos que la vida tiene gracia, tiene paz y bien, con esencia franciscana. La nuestra, sí, porque la otra, la del lado del hacinamiento, la falta, la desidia, se sigue viviendo en los márgenes del bienestar, en la tiendilla de campaña levantada a duras penas, en la morgue de los sin nombre, en las calles de quienes se sientan a esperar que pase el día sin esperanzas. A los desheredados de la tierra nuestras poéticas disquisiciones sobre el otoño y las odas de Keats, la liturgia de los días y la comunión del espíritu diario le suenan lejanas como ecos. No hay nada que hacer en las aceras camino de ninguna parte y en las colas del hambre no se ofrece más que la mano vacía de quien nada tiene que dar porque no queda.
El otoño y sus matices de belleza, la copa que rebosa en la riqueza compartida, el tiempo ordinario de nuestro gusto y hasta la vid generosa de los días nada tienen que ver con la gente que se afana en el barco que les trae a duras penas, en la arena que se gasta de puro paso descalzo de pisadas sin rumbo. No hay nada y no hay nadie. El mar no se afana en dar ni peces y los panes están aún más lejanos, allá donde se cierran las persianas y se agota la empatía de las gentes. Y no hay nadie a quien rezar ni en las ventanillas ni en las puertas de iglesias y mezquitas, esas que deberían abrirse para los hermanos de la desgracia compartida, esas que quizás no tengan ni una baldosa más que ofrecer a los cuerpos que reposan noche tras noche los días desde la tragedia. Y entonces, la impotencia se impone a la belleza de jornadas de cambio sosegado, de campo arado, de recién finalizada cosecha. Una impotencia que nos duele mientras la luz, ajena y protegida de toda perturbación, se empeña en cubrir el privilegio y la miseria, sin distinciones.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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