La serie de la inspectora Petra Delicado continúa después de treinta años de novela negra aplaudida por el público
Los lectores de las series somos auténticos adictos a las mismas, y nada nos gusta más que la publicación de un nuevo título. Nos pasa con la saga picoleta de Bevilacqua y Chamorro, cada vez más filosófica y anclada a la realidad, y nos deleita con cada libro de una lenguaraz y valerosa Alicia Giménez Barlett, cuyas entrevistas son un auténtico regalo en tiempos de paniaguados y represalias varias a quien piensa diferente. A ella, como a su personaje, auténtico alter ego, no le tiembla la mano, ni para decir que a las viajes se las aplaude en la prensa rosa y de colorín porque son las que tienen pasta para gastarse en moda, ni para verle las orejas a una época horrenda en la que la autora afirma “la bondad es revolucionaria”. Si hay algo que me gusta más que leer a Giménez Barlett o a Donna Leon es disfrutar de sus entrevistas. La norteamericana de Brunetti se lo toma ahora con calma, Giménez Barlett, por fortuna para nosotros, nos acaba de entregar un regalito, “Bajo el cielo infernal”, que nos sitúa tras la muerte, dolorosa, sorpresiva, fantásticamente narrada en el último libro de la saga, del marido de nuestra querida Petra Delicado. De ahí que más que un noir al uso, esta nueva entrega sea una reflexión sincera sobre el duelo.
Porque ambas, protagonista y autora, comparten viudedad reciente. Amor truncado. Y ambas se encabronan, se duelen, se rebelan. Siempre supe que había mucho de Giménez Barlett en la lenguaraz inspectora barcelonesa, solo hay que leer las entrevistas a las que se enfrenta la autora con su melena perfectamente recortada, su verbo inteligente, su rapidez, su sentido del humor, su descreimiento. Petra Delicado es así, la piedra que guarda ternura delicada, la quijotesca detective que forma una pareja cervantina con su Sancho Panza particular, un terrenal y buenazo Fermín Garzón que le ayuda a sobrellevar este duelo cruel. El mismo que pasa la autora en su casa del campo, dedicada a escribir y a desbrozar con saña su jardín. Ambas son peleonas y dicen verdades como puños ante el entrevistador y el lector, mientras tratan de encontrar respuestas porque eso es el duelo, una eterna pregunta. ¿Qué ha pasado y dónde está mi ser querido?
Treinta años dándole a la tecla para satisfacción de muchos lectores es una alegría para ellos. Alicia Giménez Barlett nunca fue acomodaticia, una de sus primeras obras estaba protagonizada por la criada de Virginia Woolf, “Una habitación ajena”. Aquella filóloga que se doctoró con una tesis sobre la escritura de Gonzalo Torrente Ballester no era cualquiera. Harta de las novelas policíacas llenas de testosterona, se imaginó una comisaria bronca, vestida con una gabardina, dada al jarro feliz y con subalterno amante de la comida y consciente de su machismo. Dos polis al acecho que dialogaban maravillosamente, lo resolvían todo y daban una perspectiva novedosa y llena de humor a la realidad que diseccionaba, sin reparo, una autora que nos alegró la vida siguiendo la serie, aunque ella se esfuerce en escribir otras cosas para no agotarse y agotar a la Delicado. Novelas y ensayos que muestran el talento lleno de gracia de una novelista de fuste a la que no le importa meterse en jardines, esta vez le da a la iglesia en toda la tonsura, y que tiene una visión muy clara de la vida que le ha tocado vivir. A ella y a sus personajes, toda una constelación de magníficos secundarios que, sus lectores, adoramos. Porque cuando una serie de libros se vuelve familiar para el lector, cada página es un regalo: queremos saber cómo evolucionan nuestros personajes, tan cercanos, y ya de paso, saber en qué caso complejo están sumidos.
Giménez Barlett dice que ahora escribe novela negra todo Dios, y qué razón tiene. Pero que se hace con ganas de sangre, dinero y reconocimiento. Casos hay, pero el lector es el que manda y sigue fiel a los que practican el género con sabiduría, con retranca, con voluntad de hacer crítica social, con conocimiento de la ciudad en la que se desarrolla la acción, con personajes inolvidables que dialogan con gracia. Y ese punto de originalidad que solo veo en la prosa policíaca de Rosa Ribas, otra catalana que esconde su infinito sentido del humor tras la extravagancia, pero a la que no falta genio. Ese genio que es, en Giménez Barlett ironía, sagaz crítica, sorpresa estructural, conocimiento del espacio doloroso, como el barrio de La Mina donde se mueve su víctima, aquella a la que la autora, pese a su dureza, lee con empatía. Porque también tiene su ternura y su corazoncito esta brava escritora, esta autora feroz a la que seguimos leyendo.